La historia de los neandertales es, al mismo tiempo, la historia de un gran malentendido. Durante buena parte del siglo XX, se les representó como figuras torpes, brutales y condenadas a desaparecer frente al avance inevitable del Homo sapiens. Pero bajo esa caricatura se ocultaba una especie fascinante, moldeada por cientos de miles de años de evolución en los paisajes más duros del planeta. Para comprender a los neandertales, primero debemos enfrentarnos a una cuestión más compleja de lo que parece: ¿de dónde vienen?
Desde las primeras excavaciones en la Europa del siglo XIX —en lugares como Engis, Neander o Gibraltar—, los científicos comenzaron a reconstruir las piezas de un rompecabezas evolutivo que aún hoy sigue planteando enigmas. Con cada nuevo hallazgo fósil, desde la mandíbula de Mauer hasta los restos de la Sima de los Huesos en Atapuerca, se ha ido perfilando una línea temporal que sitúa a los neandertales no como un paréntesis evolutivo, sino como una auténtica estirpe humana, con raíces profundas y ramificaciones insospechadas.
El origen de los neandertales implica enfrentarse a una maraña de datos genéticos, morfológicos y arqueológicos, que los sitúan como protagonistas de una historia que no solo se escribió en Europa. Próximo Oriente, la península ibérica, el corazón de Alemania o las cuevas francesas ofrecen pistas sobre una evolución humana que fue todo menos lineal. ¿Fueron los neandertales descendientes directos de Homo heidelbergensis? ¿O hubo, como defienden algunos expertos, una especie madre en el Corredor Levantino que dio lugar tanto a los neandertales como a los humanos modernos?
A medida que la paleogenética avanza y los modelos climáticos se refinan, nuevas respuestas comienzan a emerger. La clave está en la intersección de múltiples disciplinas: desde la geología al análisis de proteínas dentales, pasando por las tecnologías de datación más avanzadas. Lo que está claro es que la historia de los neandertales es también la historia de cómo la ciencia se enfrenta, una y otra vez, al vértigo de mirar hacia nuestros orígenes.
En exclusiva, te dejamos ahora con uno de los capítulos más reveladores del libro Neandertales, una obra coral coordinada por Ignacio Martín Lerma y publicada por la editorial Pinolia. El capítulo que sigue, escrito por José María Bermúdez de Castro, aborda con claridad y profundidad el fascinante enigma del origen de los neandertales.
Origen de los neandertales, escrito por José María Bermúdez de Castro
La paleoantropología inicia su recorrido en el siglo XIX con el hallazgo de un cierto número de restos fósiles humanos en yacimientos del continente europeo. La mayoría de los hallazgos fueron realizados por naturalistas, médicos, aficionados…, que desconocían por completo la naturaleza de sus descubrimientos. El primer hallazgo se produjo en el yacimiento belga de Engis, donde en 1829 se recuperaron los fósiles de un adulto y un individuo inmaduro. Pronto seguiría el descubrimiento de otros fósiles, como los hallados en Gibraltar (1848), Valle de Neander (Alemania, 1856), Spy (Bélgica, 1886), La Ferrasie (Francia, 1896), Krapina (Croacia, 1899), Le Moustier (Francia, 1908), La Chapelle-aux-Saints (Francia, 1905), etc.
En 1864 y tras varias décadas de debate sobre la identidad de todos estos fósiles, el geólogo William King pronunció una conferencia en la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia en la que mencionó por primera vez la necesidad de incluir los restos encontrados en el yacimiento del Valle de Neander en una nueva especie humana, que debería denominarse Homo neanderthalensis. A partir de ese momento, los sucesivos hallazgos de restos humanos de aspecto similar fueron engrosando el hipodigma de esta especie. Ahora sabemos que la población a la que pertenecieron esos fósiles vivió en Europa y Próximo Oriente hace entre 150 000 y 40 000 años. Todos los especímenes de esa población presentan rasgos morfológicos muy característicos y distintivos en el cráneo, los dientes y el esqueleto postcraneal. La denominación «neandertales clásicos » puede encontrarse con mucha frecuencia en la literatura científica para referirse a esta población humana.
No tardarían en surgir preguntas sobre la relación entre los neandertales clásicos y otros fósiles más antiguos encontrados en Europa durante todo el siglo xx en yacimientos como los de Bilzingsleben, Mauer, Petralona, Pontnewydd, Steinheim, Swanscombe, Tautavel o la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca. Todos estos fósiles datan de hace entre 600 000 y 200 000 años y, durante la década de 1970, fueron conocidos como preneandertales o anteneandertales. Estas denominaciones remitían al hecho de que con anterioridad a los neandertales vivieron en Europa otras poblaciones humanas, quizá relacionadas con ellos. Se llegó incluso a proponer que algunos de esos fósiles europeos podían formar parte de la población que dio lugar a nuestra especie. A finales de la década de 1950 se acuñó el término «presapiens», en particular a raíz del hallazgo en 1933 del cráneo de Steinheim en Alemania. Algunos autores sostuvieron entonces que tanto las raíces de los neandertales como las de nuestra especie se encontrarían en Europa.

Un ancestro compartido por dos linajes hermanos
Durante algún tiempo, los neandertales fueron considerados como una subespecie de Homo sapiens: H. sapiens neanderthalensis, una propuesta que no duró mucho tiempo. Puesto que los neandertales y los humanos recientes compartimos rasgos claramente derivados hacia una modernidad de la que carece Homo erectus, a principios de la década de 1980 se sugirió la existencia de un ancestro común para los dos linajes. El momento y lugar de esa supuesta divergencia quedaban en el aire y no era sencillo decidir qué fósiles conocidos —si es que ya se habían encontrado— podían representar de manera confidente al ancestro común de Homo neanderthalensis y Homo sapiens. El hallazgo en 1994 de fósiles humanos en el yacimiento de la Gran Dolina de la sierra de Atapuerca fue clave en esta cuestión. La particular combinación de caracteres de estos fósiles humanos condujo a la propuesta en 1997 de una nueva especie del género Homo: Homo antecessor. ¿Podía ser esta especie la madre común de los dos linajes?
Esta hipótesis no encontró apoyo en la comunidad científica, entre otras razones por la antigüedad de aquellos homininos, que vivieron hace 850 000 años en un lugar remoto del extremo más occidental de Europa. Además, la paleogenética estaba dando ya un gran salto en el cambio de siglo. En 2001 se publicó el primer borrador del genoma humano, y nueve años más tarde el primer borrador del genoma de los neandertales.
A partir de ese momento, fue posible realizar estimaciones temporales sobre el proceso de la separación genética y geográfica de los dos linajes. Se barajaron fechas con un rango temporal muy amplio de entre 300 000 años y 800 000 años. Demasiada incertidumbre. Homo antecessor parecía quedar fuera de juego, si bien la comunidad científica aceptaba que la especie de la Gran Dolina podía tener una relación muy estrecha con ese ancestro común. Esta hipótesis quedó reforzada con la extracción de proteínas dentales en Homo antecessor. La información obtenida y publicada en 2020 postuló que Homo antecessor sería una especie hermana y muy próxima al clado formado por neandertales, denisovanos y humanos modernos.
Espacio y tiempo para la madre común
Pero ¿dónde y cuándo vivió ese esquivo ancestro común?, ¿se puede identificar con algún fósil conocido? Modelos teóricos sobre su aspecto no faltan en la literatura, pero quedan muchos interrogantes. Puesto que ninguno de los fósiles del Pleistoceno medio de África muestra rasgos neandertales, me inclino por descartar este continente como origen de los neandertales y de sus ancestros.
En mi opinión, Próximo Oriente —y en particular el Corredor Levantino, que representa la conexión entre los dos continentes— pudo ser el lugar más apropiado para encontrar la especie/población madre que dio origen a los dos linajes. Las oscilaciones climáticas del Pleistoceno afectaron de manera moderada al clima y el paisaje de esa región, mientras que el reverdecimiento del Sahara y de la península de Arabia de manera intermitente durante largos periodos de tiempo —cada vez mejor conocidos y datados— permitió el movimiento migratorio de poblaciones entre África y Eurasia. Homo antecessor pudo haberse originado en Próximo Oriente hace casi un millón de años y habría sido la primera, pero no la última, de las poblaciones originadas de aquella especie/población madre en llegar al extremo más occidental de Europa.
Desconocemos qué sucedió con Homo antecessor durante la transición entre el Pleistoceno inferior y el Pleistoceno medio. Existe un vacío de 200 000 años sin registro arqueológico, por lo que solo cabe especular con su desaparición, su reemplazamiento, o su hibridación y asimilación por otra población llegada a Europa bien iniciado el Pleistoceno medio, que muy posiblemente aportó la tecnología achelense.
La mandíbula de Mauer, encontrada en 1907 en los arenales del río Neckar a pocos kilómetros de la ciudad alemana de Heidelberg, fue durante casi 90 años la evidencia más antigua de la presencia humana en Europa. La antigüedad de esta mandíbula se ha estimado en 600 000 años en base a la bioestratigrafía y a una datación relativamente reciente (2010) realizada mediante la combinación de los métodos de ESR y las series del uranio en mamíferos hallados en el yacimiento. La mandíbula de Mauer es muy robusta y su morfología se aleja de la que conocemos en los neandertales clásicos. La dentición, sin embargo, de dientes anteriores grandes y premolares y molares reducidos, muestra algunas similitudes con los neandertales.
Otros restos europeos más recientes, como los fragmentos craneales de Bilzingsleben (Alemania) o los restos hallados desde la década de 1970 en la cueva de Arago, en Tautavel (Francia), presentan rasgos primitivos que recuerdan a la especie Homo erectus. Sin embargo, también muestran caracteres derivados que sugieren una relación de parentesco con los neandertales. Aunque existe una diversidad apreciable en esta población europea, algunos autores propusieron que todos ellos deberían ser incluidos en la especie Homo heidelbergensis, la denominación que Otto Schoetensack propuso en 1908 para la mandíbula de Mauer.

Las claves de la Sima de los Huesos de Atapuerca
En 1997, los 7000 fósiles humanos recuperados en la Sima de los Huesos de la sierra de Atapuerca fueron también incluidos en Homo heidelbergensis. Las últimas dataciones sugieren que los homininos a los que pertenecieron esos fósiles vivieron hace unos 430 000 años, aunque el programa de dataciones continúa y esa cifra podría rebajarse de manera significativa. Algunos de sus caracteres pueden encontrarse en otros especímenes del Pleistoceno medio de Europa, pero también comparten muchos rasgos con Homo neanderthalensis. En particular, la morfología de la dentición es indistinguible de la de los neandertales.
La obtención de ADN mitocondrial y ADN nuclear confirmó la estrecha relación de los homininos de la Sima de los Huesos con los neandertales y los denisovanos. Tras un estudio detallado de la morfología de todos los restos humanos de la Sima de los Huesos, los homininos de este yacimiento fueron separados de Homo heidelbergensis en 2014 y quedaron en una suerte de limbo taxonómico. Sin embargo, numerosos autores piensan que estos homininos representan por excelencia el origen del linaje de los neandertales en Europa. De este modo, la especie Homo neanderthalensis podría ampliar su rango temporal y hundir sus raíces hasta hace —al menos— 300 000 años, para incluir no solo a los humanos de la Sima de los Huesos, sino a los de otros yacimientos como Steinheim (Alemania), Swanscombe o Pontnewydd (Reino Unido).
Entre los escenarios evolutivos que se pueden proponer para la evolución humana en Europa durante el Pleistoceno medio el modelo más simple supondría una llegada a Europa de Homo heidelbergensis, posiblemente originada de la hipotética especie/población madre de Próximo Oriente. Homo heidelbergensis pudo haber evolucionado de manera lineal —anagenética, sin bifurcaciones o divergencias— y, mediante un proceso de progresiva neandertalización (según la opinión de algunos expertos), habría dado lugar a los primeros representantes de Homo neanderthalensis. Procesos como la deriva genética o el aislamiento prolongado de alguna de las poblaciones europeas habrían culminado a finales del Pleistoceno medio con la aparición de los neandertales clásicos. Todo sigue abierto.

Cortesía de Muy Interesante
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