El misterio del nacimiento de los dioses griegos: arqueología y textos revelan un pasado común con Oriente

La imagen que hoy tenemos del Olimpo —con sus dioses majestuosos, sus tronos de nubes y sus conflictos tan humanos— no nació de la nada. Antes de Zeus y Atenea, antes de Apolo y Artemisa, hubo un vasto legado de relatos, símbolos y divinidades que viajaron desde las orillas del Tigris y el Éufrates hasta el Egeo, modelando lentamente lo que hoy reconocemos como mitología griega. Lejos de surgir en aislamiento, estos relatos se forjaron en el cruce de culturas, en un Mediterráneo oriental donde Oriente y Occidente no se oponían, sino que dialogaban, comerciaban y compartían sus miedos más antiguos y sus preguntas más esenciales.

Cuando pensamos en los mitos griegos como la cuna de la civilización occidental, olvidamos a menudo que su verdadero origen se encuentra más al este. Las tablillas cuneiformes de Mesopotamia, los textos de los sarcófagos egipcios o los cantos hititas ya hablaban, miles de años antes de la era clásica, de diluvios, castraciones divinas, héroes en busca de inmortalidad y descensos al inframundo. Los griegos, herederos y reformuladores de este gigantesco corpus simbólico, no inventaron los mitos: los adaptaron a una nueva sensibilidad, les dieron un rostro local y, sobre todo, los convirtieron en relato político, religioso y social.

Es allí donde entra Hesíodo, con su Teogonía, a ordenar un universo en disputa. Lo que antes era caos —en todos los sentidos— se convierte en una genealogía de dioses, en una justificación cósmica del orden social emergente. Y lo que antes eran monstruos primigenios y dioses erráticos, se transforma en figuras con nombre, rostro y propósito. Los dioses griegos nacen, mueren, luchan y se aman con la intensidad y las contradicciones propias de un pueblo que está gestando la polis, la ciudadanía y la razón. Pero ese parto simbólico se alimenta de semillas orientales: de Enuma Elish, del Gilgamesh, de Isis y Osiris, de Baal y Anat.

En este contexto, uno de los aspectos más fascinantes que explora el libro Mitología grecorromana, coordinado por Rubén Buren y publicado por la editorial Pinolia, es precisamente esta pre-historia del mito heleno, en la que el Caos, Tiamat, Mot, Gea, Cronos y tantos otros se entrelazan en un tapiz común. A través del análisis comparado de relatos sumerios, babilónicos, egipcios y griegos, el texto ilumina un mundo antiguo más conectado y sincrético de lo que solemos imaginar.

Ahora, en exclusiva, te dejamos con el primer capítulo, escrito por la Dra. Helena Domínguez del Triunfo, profesora de Historia Antigua en la Universidad Rey Juan Carlos, y parte del volumen Mitología grecorromana. Un fascinante recorrido por los orígenes compartidos de nuestros dioses más conocidos y nuestros miedos más antiguos.

Antes del Olimpo, el origen de los mitos griegos. Escrito por la Dra. Helena Domínguez del Triunfo

La cultura occidental, de tradición judeocristiana, hunde sus raíces en Oriente: no es casualidad que la iconografía de la Virgen María con el Niño encuentre paralelos con la de Isis-Horus o, más cercana en el tiempo, Afrodita-Eros.

En Mesopotamia encontramos las primeras evidencias literarias en el III milenio, que se transmitió a través de consolidadas escuelas de escribas, donde, a lo largo de los siglos, se fueron copiando en tablillas mitos y epopeyas. Tras adaptar de los fenicios el alfabeto, las primeras historias que ponen por escrito los griegos son los mitos sobre los orígenes del mundo y la creación de los dioses, con gran influencia del mundo oriental. Pero, hasta el siglo VIII, la época de Homero, había primado la tradición oral como medio de transmisión. Esta característica, y la ausencia de una tradición literaria propia, haría que los primeros poetas estuvieran más receptivos a adoptar rasgos de otras culturas.

El encuentro entre Oriente y Occidente

Los contactos comerciales entre el mundo griego y el mundo oriental se intensificaron a partir de la Edad del Bronce tardía, entre los siglos XIV y XIII a. C. El Mediterráneo oriental fue entonces lugar de encuentro entre las civilizaciones minoica y micénica, los pueblos de Anatolia, las ciudades de la costa sirio-palestina y Egipto.

A partir del I milenio, los griegos llevarían ya sus productos al Levante mediterráneo, donde conocieron el Imperio Asirio. También a través de intermediarios fenicios recibieron en su tierra manufacturas de Chipre, Próximo Oriente o Egipto, configurándose un arte «orientalizante» que impactó también, seguramente, en su concepción de lo místico. Otro espacio privilegiado para esas transmisiones fue la península de Anatolia (actualmente Turquía), donde multitud de pueblos habían ido dejando un intenso poso cultural, como el gran Imperio hitita que, si bien contaba con una mitología propia, incorporó también elementos de la mesopotámica. Mucho más adelante, los griegos establecerían ciudades en la costa anatolia, lo que les dio acceso a ambos mundos.

Explorando las conexiones entre los mitos griegos y mesopotámicos
Explorando las conexiones entre los mitos griegos y mesopotámicos. Foto: Istock/Christian Pérez

El origen

«Cuando en lo alto del cielo aún no había sido nombrado y bajo la tierra firme no había sido mencionada por su nombre, del primordial Apsu, su progenitor, y de la tumultosa Tiamat, la madre de todos, las aguas se confundieron en un solo conjunto». Así describe el Enuma Elish, poema babilónico, el origen del mundo a partir de dos elementos primordiales: Apsu, el océano de agua dulce y Tiamat, el mar de agua salada.

Para explicar este fenómeno en la mitología griega contamos con la Teogonía de Hesíodo, del siglo VIII a. C. Como en la cosmogonía (la creación/ordenación del mundo) mesopotámica y egipcia, en la griega lo primerísimo que existió fue el Caos, el «vacío» y, enseguida, Gea (la Tierra), donde se establecería el Olimpo.

También para los egipcios el principio de todo se encuentra en una masa acuosa. Así, en los textos de los sarcófagos es el dios Nun, quizá símbolo de la crecida anual del Nilo, que al retirarse propicia la vida. También aparece el Aire (Shu), que alza a la diosa del Cielo (Nut) desde la Tierra (Geb). En la cosmogonía fenicia, un «aire opaco y ventoso» y un «caos fangoso» se mezclaron para crear el deseo, origen de todas las cosas. De aquí nació Mot, el limo o una mezcla de aguas. Y, de Mot, el sol, la luna y las estrellas.

El combate entre dioses jóvenes y viejos

Después de la creación del mundo se crearon los dioses, que se dividen en generaciones. En Mesopotamia, después de Apsu y Tiamat aparecería la tríada cósmica de Anu (dios del cielo), Enlil (viento) o Enki (agua/tierra). En la Teogonía, Gea alumbró a Urano (el Cielo) y ambos concibieron a varios hijos.

En el mundo hitita, un poema narra las aventuras de Kumarbi, el tercer dios de los cielos, que castra a su predecesor Anu (como Cronos a su padre Urano), devora sus genitales y queda embarazado de un río y de Tesub, futuro dios de la Tempestad. Tesub detiene la cadena de destronamiento, desterrando finalmente a los dioses primordiales y, en el mundo griego, equivale a Zeus, el hijo al que Cronos no devora. De él nace Atenea, y según el orfismo, otra corriente religiosa, Zeus es «de quien todas las demás criaturas habían crecido», ya que queda embarazado y engendra a más dioses y a los ríos.

Una vez Zeus derrota a su padre y lo arroja al Tártaro, se convierte en rey del Olimpo e inaugura la dinastía de dioses nuevos. Entre los fenicios circulaba un mito similar transmitido por el historiador Filón de Biblos, que se refiere a un dios «El», equivalente al Cronos griego y, en la mitología ugarítica, Baal Hammón, donde nos es más desconocida la línea de sucesión.

Un elemento común en estos mitos es la separación de la tierra y el cielo para que pueda existir el mundo, normalmente tras una castración divina, fruto de la que nacen otras divinidades. Luchas y sustituciones de dioses que se explican por el cambio mismo de las creencias a lo largo de las generaciones.

Otro de los mitos fundacionales es el de la guerra a escala cósmica entre los doce Titanes, dioses antiguos hijos de Gea y Urano y los doce dioses olímpicos. De forma similar, los Anunnaki de Mesopotamia, hijos de Anu (el Cielo) luchan contra los dioses jóvenes, los Igigi: en el Enuma Elish Marduk incluso desmiembra a Tiamat y surge el mundo ordenado, del que él es el dios principal.

Tras el episodio de Zeus, se establecería en el mundo griego un panteón olímpico y organizado en el que los dioses son ya perpetuos, a diferencia de los humanos. La religión mesopotámica es más caótica, con luchas continuas entre los dioses, en una concepción cíclica del mundo, muy relacionada con el propio ciclo agrario. Pero en el panteón que presenta Hesíodo se concibe a las Horas (las diosas Eunomía, Diké y Eirene, el buen orden, la justicia y la paz), que son el reflejo divino de la creación del orden social en el mundo de los mortales, el de las primeras ciudades-Estado, con las primeras asambleas que, cada vez más, se regirán por la participación ciudadana y la progresiva igualdad jurídica.

El héroe civilizador

El héroe por excelencia de la literatura sumeria es Gilgamesh, rey semilegendario de Uruk, cuya tradición llegó a Anatolia e influyó en la creación del héroe homérico: el lamento de Aquiles ante la muerte de Patroclo se compara con la tristeza de Gilgamesh al morir su amigo Enkidu. Estos héroes se mueven entre el reino humano y el divino, de sueños y profecías. Pero Gilgamesh es sobre todo un héroe civilizador que trae a la prosperidad a la ciudad de Uruk, abriendo rutas comerciales mientras libra batallas contra monstruos extranjeros. Además, recibe un castigo ejemplificador de los dioses por su carácter tiránico. De la misma manera, Heracles es forzado por los dioses a llevar a cabo doce trabajos como penitencia por matar a su esposa Mégara. Y ambos, movidos por la hybris, ansían la inmortalidad.

Así se convirtió Zeus en el rey del Olimpo. Foto: Midjourney

El origen de la humanidad

Y tras los dioses vienen los hombres. En la epopeya acadia de Atrahasis, los dioses Igigi trabajaban sin descanso y habían cavado los ríos Tigris y Éufrates hasta que, agotados, se declararon en huelga, lo que llevó a los dioses a crear al hombre para aliviar su carga, al que hicieron de arcilla, mezclada con carne y sangre de Nintu, diosa madre.

En Hesíodo, la separación definitiva entre dioses y hombres la llevó a cabo Zeus, introduciendo las edades del hombre. En tiempos de Cronos los dioses habían creado una estirpe de hombres mortales que vivieron una edad dorada, sin preocupaciones, fatiga ni miseria. Pero progresivamente el hombre se fue desvirtuando hasta llegar a la edad de hierro, la «actual» y más desaventurada, que debe sus penurias a la traición de Prometeo por robar el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres. Como castigo, Zeus encomienda a Hefesto modelar con tierra y agua a la primera mujer, Pandora, que liberará los males a la humanidad. En textos posteriores es Prometeo quien modela a la raza humana con barro, al igual que en Egipto el hombre es también «barro y paja».

El diluvio

Pronto los dioses mesopotámicos comenzaron a quejarse de que los hombres eran muy ruidosos, por lo que deciden acabar con ellos enviando un diluvio de siete días. El dios Enki le encarga a Atrahasis a través de un sueño que construya un barco y lo cargue con animales y a su familia para salvar a la humanidad. El mito del Diluvio en Grecia está motivado por el enfado de Zeus ante el comportamiento humano, su maldad y su impiedad. Ayudado por su hermano Poseidón, envía un diluvio que asola toda la tierra menos el monte Parnaso, donde viven Deucalión y Pirra, un matrimonio piadoso que desciende de Prometeo. Ellos mismos arrojarán unas piedras que llevan el espíritu de la diosa madre Gea y que, junto con el barro del diluvio, constituyen los huesos, la carne y la piel de una nueva generación humana, resistente a las adversidades. Prometeo, por su parte, le otorga las cualidades de la decencia y la justicia, en consonancia con el desarrollo cívico griego en el mundo real.

El descenso al inframundo

Uno de los mitos más importantes en Mesopotamia fue el del descenso de Inanna, diosa del amor y de la guerra, a los Infiernos, para visitar a su hermana Ereshkigal. Enki, que conoce el «alimento de la vida», la hará volver, a cambio de que Inanna le entregue a alguien a cambio, que será el pastor Dumuzi. En su versión acadia, Istar (equivalente a la Astarté fenicia o la Afrodita griega) desciende a los infiernos y los animales dejan de procrear («el toro no monta a la vaca, el asno no se acera a la burra») hasta su regreso. Este motivo tiene su reflejo en el mito ugarítico de Baal y Mot, dioses relacionados con la fertilidad y la esterilidad. En las versiones hititas una multitud de dioses causan una situación similar, como Telepinu, dios de la tormenta, que se marcha y el grano deja de crecer, y los animales y humanos pasan a ser estériles. La situación no se resuelve hasta que una diosa madre, Hannahanna, manda a una abeja a buscarle y reestablece el orden.

En la versión griega Perséfone, la hija de Deméter (diosa madre de la agricultura), es raptada por Hades, dios de los infiernos. Según qué tradición, su madre desciende a buscarla o se refugia apesadumbrada en la ciudad de Eleusis, y en ese tiempo la tierra pierde su fertilidad, causando desastres. El trato al que llegan explica el ciclo de la muerte y la resurrección, trasladado a la producción agrícola: el medio año que Perséfone esté en el Inframundo será otoño e invierno y, el otro medio que esté en la tierra, brotarán los campos. De forma paralela, encontramos a héroes como Gilgamesh, Heracles, Odiseo u Orfeo visitando también el Inframundo.

La vida en el Más Allá es una idea común en las religiones antiguas. Además de la versión oficial del «infierno» olímpico regentado por Hades y Perséfone, conocemos a los dioses «infernales » por la religión órfica, en la que Dioniso muere y resucita, transmitiendo información sobre aquel lugar. Un paralelo es Osiris, dios principal del panteón egipcio desde mediados del II milenio y cuyo culto generó una gran producción literaria con instrucciones para esa segunda vida. En el Libro de los Dos Caminos se muestra, por ejemplo, un mapa del Inframundo y los dos caminos para llegar a él, el «terrestre» y el «fluvial». Entre los hititas se habla del gran viaje del alma por dos vías: la fácil, a través de una pradera con un río y un estanque y la difícil, a través de un mar de penitencia. Estos paralelos sugieren que, quizá, el orfismo recuperó rasgos de una religión mediterránea muy antigua, anterior a la olímpica, que se enmarca en este mundo de contactos.

Cortesía de Muy Interesante



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