
“El poder se ha introducido en el cuerpo, se encuentra expuesto en el cuerpo mismo”.
Michel Foucault
El machismo permea todas nuestras instituciones, espacios de trabajo y relaciones personales. Lo presenciamos todos los días, pero pocas veces somos capaces de reconocerlo y nombrarlo cuando aparece en espacios que presumen compromisos públicos con la justicia.
En septiembre de 2025 entré a trabajar como pasante en un despacho penal de renombre. Trabajaba en la célula de un socio que era mi jefe directo, y en paralelo formaba parte del área de género del despacho.
Ahí dentro, me topé con una contradicción clara: mientras el despacho se comprometía públicamente con proteger y acompañar a mujeres en situaciones de riesgo, al interior persistían dinámicas que reproducían la violencia que pregonaban combatir.
La confianza profesional se convertía con facilidad en un recurso de poder, y la supuesta “hospitalidad institucional” se traducía en un ambiente donde las mujeres debíamos adaptarnos, guardar silencio o agradecer espacios que nunca debieron condicionarse.
El 5 de noviembre recibí una llamada de mi jefe directo invitándome a una cena con un magistrado, “una oportunidad para conocer otro ángulo del litigio penal” [SIC]. Acepté pensando que sería una experiencia académica y profesional. La reunión, integrada únicamente por hombres, pronto se transformó en un espacio donde los miembros se sintieron con la libertad de opinar sobre mi vida personal y mi relación sentimental.
Horas después, cuando los demás asistentes se retiraron, la situación escaló. Mi jefe propuso continuar la noche en un cuarto de hotel, con una botella de champaña “para conocerme mejor”. Ignoró mis negativas, insistió repetidamente y me colocó en un punto donde decir “no” ya no se sentía seguro.
Tras diversas artimañas y una presión que me es difícil describir, terminó por llevarme a su departamento, donde volvió a insistir en que me quedara otro rato. Esa mezcla perversa de admiración profesional y vulnerabilidad jerárquica es el terreno donde opera el acoso sexual.
Un despacho que presume tener un área de género tan visible no pudo garantizar mi seguridad ni respeto. Cuando tomé la decisión de irme, hubo quienes me dijeron que lo hiciera en silencio, con la cabeza abajo, sin nombrar la razón de mi partida. Irme de esa manera implicaría aceptar mi derrota, asumir que el acoso sexual que sufrí era responsabilidad mía, y mi castigo era cargar con mi silencio y la culpa de lo sucedido. Hoy opto por nombrarlo.
No alzar la voz en defensa propia implicaría una dicotomía, una contradicción de mi propia valentía. ¿Cómo podía ser lo suficientemente valiente para ir a las fiscalías y a los reclusorios sola, pero no lo suficientemente valiente para alzar la voz en contra de una injusticia cometida en mi contra? ¿Cómo podía condenar la injusticia y dedicarme a combatirla, si no era capaz de defenderme cuando soy yo la víctima?
Esta experiencia pone en evidencia que la violencia no siempre se presenta como la estudiamos o la leemos: se manifiesta en prácticas cotidianas, en silencios institucionales, en dinámicas que se repiten sin cuestionamiento. Lo que ocurrió no es una excepción sino un recordatorio de que muchas instituciones siguen normalizando conductas que deberían ser inaceptables, y que prefieren minimizar la violencia antes que enfrentar las estructuras que la hacen posible. Estamos tan acostumbradas a dejar pasar estas conductas que muchas veces el miedo a denunciar pesa más que el hecho mismo.
Nombrar lo que viví no es un acto personal, sino una forma de señalar lo que muchas mujeres enfrentan en espacios profesionales que insisten en ver la desigualdad como un problema privado y no estructural. Lo nombro como exigencia de que mi valor provenga de mi rigor como futura abogada y de que el respeto que reclamo me corresponda por todo lo que soy, y también por ser mujer, no a pesar de serlo.
Albert Camus dijo que si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo. Yo deseo y exijo un mundo en el que pueda ser libre con la justicia a mi lado. Un mundo donde la valentía sea una elección, no una reacción obligada frente a la violencia.
Cortesía de El Economista
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