De Top Gun a Maverick: “si piensas, te mueres”

En 1983, el director Tony Scott hizo un comercial para la campaña publicitaria “Nada en la Tierra se le acerca” del auto Saab 900 Turbo. Dado que esa empresa es la división de coches de la compañía de aeronáutica y defensa sueca, el vehículo aparecía junto a un jet de combate 37 Viggen. Ese anuncio llevó a los productores Jerry Bruckheimer y Don Simpson a contratar a un reticente Scott —quien quedó muy frustrado por el pobre recibimiento crítico y de taquilla de su debut en largometraje, El ansia (The Hunger, 1983), que tiempo después se volvió una obra de culto.

El nuevo proyecto se inspiraba en un reportaje (“Top Guns”, de Ehud Yonay)1 y una foto en una revista de modas (dos pilotos con chamarras de cuero y lentes de sol posando frente a un avión); trataría acerca de jets y aviadores de combate. Scott aceptó el desafío de lanzar al estrellato a Tom Cruise (quien acababa de protagonizar Leyenda, de su hermano Ridley), un joven actor muy ambicioso y calculador en el papel de Peter Maverick Mitchell, un piloto virtuoso, cretino, arrogante e indisciplinado que disfruta rompiendo las reglas, provocando a sus superiores y presumiendo su “necesidad de velocidad” (need for speed). Scott contaba con un guion ridículo, simplón, predecible, repleto de líneas torpes y una trama tan insulsa que resultaba difícil entender de qué trataba la película. A eso se añadía el interés romántico: la astrofísica e instructora de vuelo Charlotte Charlie Blackwood (Kelly McGillis), una actriz demasiado madura para el papel (comentaban en el set que parecía la mamá de Tom) que debía jorobarse y retorcerse para no poner en evidencia que era más alta que el héroe y que parecía perdida navegando identidades contradictorias en un papel pésimamente trazado.

ASÍ NACIÓ TOP GUN, la película más exitosa de 1986 y probablemente la cinta más emblemática de la era Reagan; un artefacto que es la definición misma de la estetización de la guerra, la fetichización de las armas más poderosas y de la celebración de los rituales bélicos como si se tratara de coreografías. Esta cinta llegó al entonces novedoso video casero en 1987, cuando comenzaba a ser un mercado importante para el consumo de cine y este vehículo propagandístico adquirió el estatus de un objeto semidevocional en el mundo. Fue el momento en que el cine dejó de ser algo que se proyectaba en una pantalla y se convirtió en un modo de vida debido al merchandising feroz (un fenómeno que debemos en gran medida a Steven Spielberg y George Lucas). Contar historias quedó trenzado de manera inevitable con vender baratijas y memorabilia. Sólo que en este caso también era una atractiva invitación a ser parte de la maquinaria armamentista.

Desde las primeras escenas a bordo del portaaviones se establece un ritmo de videoclip: los movimientos manuales y corporales de la tripulación a cargo de los despegues y aterrizajes en cubierta, que viste chaquetas y chalecos coloridos, se sincronizan con los desplazamientos de los aviones en una danza macabra, al ritmo de “Danger Zone”, de Kenny Loggins. Las siluetas del personal y los jets recortados contra el amanecer se marcaron en el inconsciente colectivo; su relevancia es enfatizada en Top Gun: Maverick, la secuela-remake de 2022, que las repite como si se tratara de la introducción de una serie.

Desde las primeras escenas
a bordo del portaaviones,
los movimientos de la tripulación se sincronizan con los desplazamientos de los aviones en una danza macabra .

Las secuencias de acrobacias aéreas de los F-14, imaginadas por Tony Scott y filmadas por el legendario piloto y camarógrafo aéreo Art Scholl (quien perdió la vida en un accidente cuando filmaba esta película en 1985 y a quien está dedicado el filme), se convirtieron en el estándar de la glamurización de las tomas aéreas. No resultaba nada fácil crear secuencias en donde aviones que viajan a velocidades supersónicas interactúan en el mismo fotograma, sin que se vean como dos puntos en el cielo. Scott imaginó ese vertiginoso ballet aéreo como si ocurriera en espacios comprimidos y de esa manera logró crear una sensación de peligro y tensión.

El sello de Tom Cruise comenzó a surgir a partir de este papel y de su actitud de mentecato encantador que usaba tácticas no ortodoxas para lograr sus objetivos, se negaba a ser parte del equipo y lanzaba máximas pedantes del tipo: “Allá arriba no tienes tiempo para pensar” o, mejor aún, la frase que es emblemática de toda esta aventura fílmica y de la militarización de la sociedad en la vida real: “Si piensas, te mueres”.

MAVERICK, EL PERSONAJE, es un engendro que haría suspirar a Ayn Rand. Su narcisismo es una forma de expresar su individualidad y de rebelarse contra la deshumanización institucional. Y sin embargo, a pesar de ese mensaje subversivo, la película fue determinante para promover el reclutamiento voluntario a un ejército que eliminó el servicio militar obligatorio en 1973.

La marina ofreció material, acceso, asesoría y recursos sin límite a la producción, a cambio de poder revisar y modificar el guion para garantizar no solamente que no hubiera errores o críticas, sino para insertar propaganda a su gusto. Afuera de los cines donde se exhibía, a menudo había infantes de marina tratando de reclutar adolescentes sobreestimulados. Según la propia institución, durante los años posteriores a su estreno esta película tuvo como efecto que los nuevos reclutas aumentaran en un quinientos por ciento.

Top Gun tiene la singularidad de ser una historia casi totalmente higiénica, en la que el único muerto es el mejor amigo de Peter, su compañero Goose (Anthony Edwards). Esta pérdida es la motivación para que Peter aprenda la lección y “juegue en equipo”. Más que una película de guerra, está plantada en el territorio del filme adolescente, con pandillas y dinámicas escolares, donde el vértigo de la velocidad funciona como el estímulo que acompaña los bares estridentes, a las chicas decorativas y los números musicales, comenzando por el patético ejercicio de seducción que lleva a cabo Peter al cantar con sus compañeros “You’ ve Lost That Loving Feelin’”, de los Righteous Brothers, a una Charlie muy abochornada. Aparte de la música diegética, están las piezas no diegéticas como “Take my Breath Away”, de Berlin, que se volvió distintiva de ese momento y marcó a varias generaciones.

LA LÓGICA MILITARISTA se resumía en 1986 en la frase: “Aunque no estamos en guerra tenemos que actuar como si lo estuviéramos”. Luego de 36 años, Estados Unidos vive un estado de guerra permanente. La cinta original era una respuesta al síndrome de Vietnam, a la humillación que llevó al país entero a una década de introspección que se manifestó en obras como Johnny tomó su fusil (Johnny Got His Gun, Dalton Trumbo, 1971), El francotirador (The Deer Hunter, Michael Cimino, 1978), Apocalipsis ahora (Apocalypse Now, Francis Ford Coppola, 1979), Pelotón (Platoon, Oliver Stone, 1986), Nacido para matar (Full Metal Jacket, Stanley Kubrick, 1987) y Nacido el 4 de julio (Born on the 4th of July, Oliver Stone, 1989), entre otras cuyo tema era el daño psicológico, físico y moral de la guerra en el frente doméstico.

Con su llegada al poder en 1981, Ronald Reagan trató de borrar el legado y el aprendizaje de esa guerra con su optimismo frenético y una nueva actitud beligerante. Así volvieron las invasiones (a países indefensos): la isla caribeña de Granada en 1983 y, bajo el liderazgo de George Bush padre, a Panamá en 1990. Poco después llegaron incursiones militares de mayor alcance (y riesgo muy bajo) en forma de la Guerra del Golfo Pérsico en 1990, la cual dejó a los halcones militaristas con apetito para seguir bombardeando e invadiendo naciones lejanas.

La oportunidad de oro para un despliegue total fue cuando el grupo de neoconservadores (llamados neocons) en el gobierno de George Bush junior aprovechó los ataques del 11 de septiembre de 2001 (“Como un evento de la magnitud de Pearl Harbor”, en la definición del Project for the New American Century) para adoptar una política centrada en la guerra, sin autorización del Congreso. El objetivo era establecer un geoposicionamiento estratégico a fin de imponer un nuevo orden mundial que contuviera a China y Rusia. Esto en la práctica significó la destrucción de regímenes de estados hostiles a la Pax Americana: más de dos décadas de guerra en Afganistán, Irak, Siria, las regiones tribales de Paquistán, Yemen y Libia.

Top Gun: Maverick debía describir ese arco de tres décadas y media en que la paz del mundo se desmoronó… cuando la Unión Soviética se colapsó, mil conflictos estallaron en todo el planeta

ORIGINALMENTE, LA CINTA de Scott iba a comenzar en los cielos cubanos; sin embargo, prefirieron un entorno menos polémico y conflictivo, no por no irritar al régimen de Castro sino para emplear rivales amorfos, sin fecha de caducidad, seres casi alienígenas, sin historia ni ideología (aparte de odiar la libertad estadunidense), ni referencias que distraigan al espectador de la lucha maniquea entre el bien y el mal. Siempre habrá un enemigo y las lealtades siempre están cambiando, como en 1984, de George Orwell. Scott se situaba casi en el territorio de La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977), con villanos de utilería y un héroe aparentemente huérfano de un padre guerrero, con obvios ecos a Luke Skywalker.

Top Gun: Maverick —muy esperada por algunos— debía por fuerza describir ese arco de tres décadas y media en que la frágil paz del mundo se desmoronó entre guerras innecesarias y pasmosos crímenes militares, cuando a pesar (o a consecuencia) de que la Unión Soviética se colapsó, mil conflictos estallaron en todo el planeta. Dirigida por Joseph Kosinski, en la secuela reencontramos a Peter Maverick Mitchell, quien a pesar de un servicio distinguido, de ser uno de los mejores pilotos de la historia de los Marines y de haber derribado tres aviones enemigos (siempre en la ambigüedad de no especificar de qué nacionalidad) se ha vuelto piloto de pruebas.

Su rival, Iceman, es un respetado almirante cuya salud está en serio deterioro (con lo que la realidad de Val Kilmer, quien padeció de cáncer en la garganta, se funde con la ficción de su personaje), que sigue protegiéndolo de sí mismo al intervenir cada vez que sus violaciones a la disciplina lo meten en líos. Pasan las décadas, Mav sigue siendo capitán y evita ser ascendido para no dejar de pilotear aviones. Por cierto, la condición de Kilmer fue revelada en el popular documental Val, de Leo Scott y Ting Poo (2021), y en gran medida su escena aquí es uno de los únicos momentos del filme con un peso emocional importante, que a la vez ofrece una verdadera noción del cruel paso del tiempo.

Los jóvenes pilotos que años atrás babeaban ante la posibilidad de enfrentar al enemigo, cualquier enemigo, ahora tendrían amplias posibilidades de mostrar su destreza si los rivales en turno contaran con fuerzas aéreas medianamente competentes (o en el caso del Talibán, con aviones de cualquier tipo). Además, si algo era importante para los neoconservadores era establecer la hegemonía planetaria a un costo mínimo. Por lo tanto las herramientas más caras y contundentes del arsenal, los aviones caza y bombarderos, debían ser paulatinamente sustituidos por opciones más baratas, en particular por drones de todos tipos y configuraciones.

De esa manera se reemplazaba a los gallardos pilotos por joystick jockeys (jinetes de la palanca de control del videojuego), jugadores o gamers para quienes asesinar en función de representaciones en una pantalla pixelada es totalmente normal. Resulta una paradoja que Top Gun sea en parte responsable del desarrollo de una estética del videojuego en el cine de acción contemporáneo.

DE LOS AÑOS OCHENTA a las primeras décadas del siglo XXI pasamos del sueño de gloria de Top Gun a la realidad digitalizada del mundo dron: un tiempo en que los conflictos, en gran medida, se pelean a control remoto. El contraalmirante Cain (Ed Harris) lo expresa de forma contundente: “Estos aviones que estás probando, pronto no necesitarán pilotos. Los pilotos necesitan dormir, comer, mear… El futuro está llegando y tú no estás en él”.

Si el primer filme era una competencia entre pilotos, lo que parecía lógico es que aquí tuviéramos una competencia entre pilotos e inteligencias artificiales. No obstante, el dilema real de los pilotos hoy se ignora por completo. Este tema específico es tratado con inteligencia en Máxima precisión (Good Kill, Andrew Niccol, 2014), en la cual un piloto (Ethan Hawk) se ve obligado a continuar su carrera dirigiendo drones sobre Afganistán, desde la caja de un tráiler acondicionado como cabina en una base en Nevada.

De los años ochenta al siglo XXI pasamos del sueño de gloria de Top Gun a la realidad digitalizada del mundo dron: un tiempo en que los conflictos, en gran medida, se pelean a control remoto

La extinción del piloto heroico queda pospuesta en la nueva entrega, aunque la dronificación de los aires y las ejecuciones por misil Hellfire son ahora la rutina en las zonas de combate y fuera de ellas. Una interesante analogía se establece entre una estrella de cine como Cruise y los pilotos, el primero, al correr el riesgo de ser reemplazado por nuevos y abundantes superhéroes en películas cada vez más estándar y aparatosamente obtusas y los segundos, al ser reducidos a matar en pantallas de video.

CON TODA SU CUESTIONABLE carga militarista, Top Gun y su secuela forman parte de la mejor tradición hollywoodense del cine bélico. Si bien en las dos la forma es el único fondo y el estilo es la esencia, Top Gun: Maverick tiene una elegante manufactura, fotografía de Claudio Miranda que ronda lo sublime (las elaboradas tomas aéreas de la primera son superadas aquí en todos sentidos), edición impecable de Eddie Hamilton y una pista sonora extraordinaria (que incluye a The Who y Lady Gaga).

Tuvo un costo de 150 millones de dólares y comienza con Peter destruyendo un prototipo de avión hipersónico al que debía probar hasta llevarlo a una velocidad de Mach 9, pero en lugar de eso lo empuja más allá de diez veces la velocidad del sonido. Su castigo por plagiar a Sam Shepard en el papel de Chuck Yeager en Los elegidos de la gloria (The Right Stuff, Philip Kaufman, 1983) es convertirlo en figura de autoridad al asignarlo como instructor de vuelo en la academia Top Gun, a fin de preparar y seleccionar a un equipo para una misión prácticamente imposible, que consiste en destruir una planta secreta de enriquecimiento nuclear en un país sin nombre que muy probablemente sería Irán.

Por supuesto que Peter nunca cuestiona la sensatez o legitimidad de un ataque semejante, sino que acepta la decisión estratégica de los mismos mandos militares que desprecia y de los que se ha burlado siempre. Se nos cuenta que se ha pasado la vida desafiando a sus superiores, no obstante ha participado en las infernalmente mal concebidas y crueles guerras de Bush, Obama y Trump, poniendo en evidencia ­—una vez más— que lo suyo no es pensar ni tener una actitud moral sino entrar en acción.

Paradójicamente, los requerimientos de la misión que debe preparar (navegar un cañón a muy baja altura y a gran velocidad, ascender y descender casi en vertical, destruir un blanco de tres metros de diámetro con dos precisos disparos de misil, para luego escapar a baterías de misiles y aviones cazas de quinta generación) parecen implicar que la única forma de llevarla a cabo sería con ánimo suicida o con vehículos aéreos no tripulados, un recurso cada vez más frecuente en diversos países en las últimas décadas. Con lo cual esta aventura que parece sacada de un juego de video resulta un argumento más a favor del uso de drones.

Las secuencias de preparación de los pilotos, con esos nerviosos cortes de edición y su ir y venir entre las cabinas de los aviones y el salón de clase son extraordinarias. No cabe duda de que la velocidad y el brutal efecto de la gravedad en los pilotos al filmar en auténticos F-18 imprime un vértigo inescapable y un realismo intenso. Asimismo, la tercera parte del filme, en que tiene lugar la misión, es efectiva y hace una brillante evocación del ataque de la Estrella de la muerte de La guerra de las galaxias. Incluso después de décadas de ver innumerables persecuciones y cacerías aéreas, estas secuencias, en las que se evitó al máximo integrar imágenes computarizadas o de archivo y donde nuevamente Cruise hizo sus propios doblajes, resultan todavía sorprendentes.

AUNQUE EL EJE de la historia es el trabajo en equipo, la película se titula Maverick porque se trata de él, y todos los demás actores resultan unidimensionales. Al margen de tener que cumplir con el objetivo, Peter se encuentra con Rooster (Miles Teller), el hijo de Goose. En una actitud paternalista de culpa y responsabilidad, Mav no quiere arriesgarlo a una muy probable muerte. Pero Rooster no sólo siente que Peter ha saboteado su carrera al impedirle avanzar, sino que también lo considera parcialmente responsable de la muerte de su padre. “Puede que no regrese, pero si no lo mando nunca me perdonará. De cualquier manera podría perderlo para siempre”, dice Peter. Esta añadidura cursi de un drama intergeneracional es el tipo de requisitos inútiles para cumplir con los clichés dominantes y dar el elemento pretendidamente humano a la historia.

Igualmente irrelevante y superfluo es el romance de Maverick, a sus casi sesenta años, con la dueña de un bar, Penny (Jennifer Connelly, terriblemente desperdiciada) con quien ha tenido varios episodios amorosos. Charlie, así como Meg Ryan, la viuda de Goose, no han sido requeridas en un filme que no puede funcionar con más dos mujeres en el reparto.

Top Gun pertenece a una época en la que era normal la ausencia de diversidad racial o de género, así como la misoginia (Maverick acosa a Charlie, persiguiéndola hasta el baño de mujeres) y la explotación homoerótica gratuita (el juego de voleibol de playa). Una secuela contemporánea parecía una invitación a reconsiderar actitudes y hegemonías en la era del post #MeToo. La primera fue una celebración del culto al macho alfa; la nueva, a pesar de incluir una discreta muestra de la diversidad de la población (hay una mujer, un latino y varios afroamericanos entre los pilotos), no se refiere al tema. La secuela no es una cinta sobre justicia social sino sobre nostalgia y últimas oportunidades. De ahí que muchos derechistas hayan querido verla como una película antiwoke (en contra del movimiento de igualdad que ha caracterizado al activismo estadunidense del siglo XXI), patriótica y promilitarista, además de celebrar una épica completamente irresponsable en términos políticos.

El guion, coescrito por Ehren Kruger, Eric Warren Singer y Christopher McQuarrie, busca establecer una continuidad con el mundo del primer filme y mantener un cerrado enfoque en Maverick, el personaje y su desarrollo, siempre como una extensión del propio Tom Cruise. A final de cuentas se trata de un trabajo promocional de la excitante capacidad de la tecnología para matar desde los cielos. Ahora bien, quienes corran a reclutarse como pilotos de la marina después de ver el filme tienen muchas más probabilidades de terminar conduciendo drones para matar sospechosos y sus familias en países remotos y regresar por la noche a cenar con sus propias esposas e hijos, que de despegar del suelo para tener combates aéreos.

Tanto la derecha fascista como liberales
y progresistas están igualmente frustrados.
Por eso Top Gun: Maverick ha roto récords
en taquilla, al ofrecer un tipo de consuelo
a una nación dividida irremediablemente 

CON SU INCREÍBLE FAMA, lo que resalta en la primera película es que está repleta de descuidos (varios sitios en internet hacen el recuento minuto por minuto de cada error de continuidad y lógica aeronáutica, de falsificaciones, diálogos absurdos, sinsentidos que se lanzan sin pudor o con toda solemnidad), además de cierta holgazanería: ¿a quién se le ocurre algo tan obvio como dar al héroe rebelde el call sign (señal de identificación) de Maverick o inconforme? Seguramente al mismo guionista que nombra Iceman a un piloto porque bebe agua con hielo.

A pesar de que Top Gun: Maverick puede considerarse el filme de jets de guerra más excitante de la historia, el guion revive compulsivamente escenas familiares de la primera: la moto que compite contra un avión (con fervor masturbatorio se insiste en la escena que se inspira en el anuncio de Saab), los reiterados regaños por el desafío a la autoridad, el número cantado de “Great Balls of Fire!”, de Jerry Lee Lewis, el grupo de jóvenes pilotos que es un claro eco del de Top Gun y, una vez más, sólo una mujer en la base tiene líneas de diálogo, primero fue Charlie, ahora es la muy competente Mónica Barbaro. La secuela trata de mostrar su originalidad al reemplazar el juego de voleibol playero por uno de futbol americano de playa. La reiteración se percibe como una búsqueda del confort de lo familiar. Importa notar que en una era de cinismo, en que lo posmoderno en la cultura popular ha sido definido como cualquier paráfrasis o cita burlona del pasado, la cinta de Kosinski está completamente despojada de ironía.

MAVERICK, COMO TOP GUN, ha tenido un éxito atronador, tanto en taquilla como con la crítica. El caso de la película de Scott tal vez se pueda explicar al considerar que se estrenó casi una década después de la llamada Caída de Saigón, en un tiempo en que el público buscaba elementos de optimismo. En contraste, la segunda se estrena al término del régimen más polarizante de la historia reciente, tras una pandemia que ha durado más de dos años, una crisis económica mundial y la guerra en Ucrania.

La experiencia de Trump vino a cristalizar décadas de debilitamiento del Estado y resquebrajamiento de la democracia. Si a principios de los años ochenta el público estadunidense estaba deseoso de revivir el orgullo y la confianza en su país, hoy está dividido entre media población que idolatra a Trump y quiere “Hacer grande a América otra vez”, y la otra mitad que está horrorizada ante el hundimiento del país en una cloaca de odio, nepotismo y corrupción, con la amenaza de que el trumpismo está más vivo que nunca.

Estados Unidos es una nación que está en clara decadencia, con un grave estancamiento económico, una industria que ha perdido la delantera de la innovación que cultivó durante más de un siglo, con mercados saturados de productos chatarra y la dependencia de combustibles fósiles. Es un país que ve acercarse su propia irrelevancia política como un tren bala (y que es incapaz —por razones políticas— de construir un tren bala) y que es testigo del colapso de las instituciones democráticas, como pusieron en evidencia tanto los ataques del 11 de septiembre (que sirvieron a los sectores más conservadores para embestir las libertades y dejarlas en ruinas) y la invasión del Capitolio, el 6 de enero de 2021. Es un país que ve la imposibilidad de continuar con un modelo político racista que favorece a los poderosos, se sostiene en monumentos a la ilegalidad, como el colegio electoral, y a la vez sabe que nada puede cambiar. Es la potencia mundial que lleva casi cuatrocientas matanzas masivas en siete meses de 2022 y es la nación que ante el calentamiento global sucumbe a los rancios intereses que protegen a las grandes empresas.

Lo irónico es que tanto la derecha fascista y conservadora como los liberales y los progresistas están igualmente frustrados. Todo el mundo se ha vuelto un perdedor, a pesar de sus triunfos. Por eso Top Gun: Maverick ha roto récords en taquilla, al ofrecer un tipo de consuelo, que no unidad, a una nación dividida irremediablemente. “Si piensas, te mueres”, repite el héroe, queriendo decir que en una situación de vida o muerte a velocidad supersónica no hay tiempo para dudar. Es claro que para disfrutar esta película es necesario suspender la incredulidad y no pensar, pero ante la situación de vida o muerte que padece el mundo (cambio climático, militarización, desplazamiento de poblaciones) será necesario pensar y entrar en acción.

Nota

1 Ehud Yonay, “Top Guns”, California Magazine, mayo, 1983, disponible en http://www.topgunbio.com/top-guns-by-ehud-yonay/

Cortesía de La Razón



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