Enero y la culpa alimentaria ¿Por qué empezamos el año castigándonos?

Enero nunca empieza con todo lo “sano” que hay en el refrigerador, empieza en la cabeza. Tras semanas de comidas abundantes, celebraciones y ruptura de rutinas, muchas personas entran al nuevo año con la sensación de haber “fallado” en algo. El resultado suele ser inmediato: dietas estrictas, eliminación de grupos de alimentos y una relación tensa con el cuerpo y la comida.

La culpa alimentaria no surge de manera espontánea. Está profundamente ligada a una narrativa cultural que asocia el autocontrol con virtud y el placer con exceso. En enero, esa idea se intensifica: comer ligero se vuelve sinónimo de portarse bien, mientras que cualquier desliz se vive como retroceso.

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El problema de las restricciones extremas

Especialistas en nutrición y conducta alimentaria coinciden en que este enfoque punitivo rara vez funciona. Las restricciones severas suelen generar ansiedad, episodios de atracón y una desconexión progresiva con las señales reales de hambre y saciedad.

Desde el punto de vista fisiológico, el cuerpo no funciona bajo calendarios simbólicos. El organismo regula, adapta y compensa cuando se le permite comer con regularidad. El problema aparece cuando se interrumpe ese equilibrio con castigos prolongados.

Nuestra relación con la comidaFreepik

Volver a la estructura, no al castigo

Hablar de comer mejor en enero debería implicar recuperar orden y constancia: volver a horarios, priorizar alimentos frescos, hidratarse y cocinar más en casa. No se trata de eliminar, sino de reorganizar.

Más que preguntarnos qué quitar en enero, quizá conviene revisar por qué seguimos asociando el inicio del año con penitencia. Comer no debería ser un acto de redención, sino una práctica cotidiana que se ajusta y se sostiene en el tiempo.

La industria del “reset” de enero

Buena parte de esta culpa alimentaria se alimenta —literalmente— de una industria que capitaliza el inicio de año. Planes detox, retos de 21 días, dietas milagro y promesas de transformación rápida aparecen con fuerza en enero, reforzando la idea de que el cuerpo necesita ser corregido después de diciembre. 

Este discurso no solo simplifica procesos complejos, también ignora el contexto real de las personas. Cambiar hábitos no es un interruptor que se prende el 1 de enero, sino un proceso gradual que requiere tiempo, flexibilidad y, sobre todo, paciencia.

Además, iniciar el año desde la culpa suele tener un costo emocional alto. Cuando la motivación parte del castigo, cualquier desviación se vive como fracaso, lo que puede generar frustración y abandono temprano de cualquier intento de cambio. En lugar de construir hábitos sostenibles, se refuerza una relación tensa con la comida y con el propio cuerpo.

Comer mejor no es hacerlo perfecto

Hablar de alimentación en enero no tendría que centrarse en hacerlo “perfecto”, sino en hacerlo posible. Comer mejor no implica eliminar todo lo que da placer ni imponer reglas rígidas, sino aprender a integrar variedad, regularidad y disfrute en la vida cotidiana.

Dietas restrictivasFreepik

Pequeños ajustes —como respetar horarios, incluir más alimentos frescos o cocinar más en casa— suelen tener un impacto más duradero que cualquier dieta extrema. 

Enero puede ser un buen momento para observar hábitos, identificar excesos y hacer ajustes, pero no para declararle la guerra al cuerpo. 

Al final, la pregunta no es cómo compensar diciembre, sino cómo comer mejor el resto del año sin vivirlo como una lucha constante. Ahí es donde empieza el verdadero cambio.

Cortesía de El Economista



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