Entender cómo el cerebro logra interpretar un olor en apenas milésimas de segundo siempre ha sido un desafío para la ciencia. Ahora, un equipo de investigadores de la Universidad de Tokio aporta una respuesta clara: el cerebro humano procesa los olores en dos momentos distintos, cada uno con una función concreta y medible. Este hallazgo abre una ventana prometedora para comprender cómo funciona el olfato y refuerza la idea de que nuestra percepción es un proceso más ordenado de lo que parece. Lo relevante es que el cerebro no mezcla información: primero identifica y luego interpreta.
El olfato ha sido considerado durante décadas como el sentido más difícil de descifrar, en parte porque no sigue las mismas reglas que la vista o la audición. Mientras en otros sentidos se conocen rutas cerebrales bien definidas, el olfato parecía más disperso y menos comprensible. En este nuevo trabajo, los investigadores buscan cerrar esa brecha examinando qué ocurre exactamente en los primeros milisegundos tras inhalar un olor.
Para ello, los autores trabajaron con voluntarios que inhalaron una serie diversa de olores mientras su actividad cerebral era medida con electroencefalografía. Esta técnica permite ver cómo cambia la señal eléctrica del cerebro con gran precisión temporal, un requisito indispensable para estudiar procesos tan rápidos. El objetivo no era solo registrar qué áreas se activaban, sino descifrar qué tipo de información se procesa en cada momento, desde las características físicas del olor hasta la experiencia subjetiva que genera.
Además del registro cerebral, los participantes realizaron pruebas diseñadas para medir su capacidad olfativa real, como la discriminación entre olores similares o la identificación de sustancias. También completaron cuestionarios que evaluaban la importancia emocional que daban a los olores en su día a día.

La primera fase: un cerebro que trabaja con precisión milimétrica
Apenas 80 milisegundos después de oler algo, el cerebro activa una señal rápida y constante asociada a la llamada “banda theta”. Esta actividad no tiene nada que ver con la opinión del individuo sobre el olor, sino con las propiedades más básicas de la molécula. En ese primer instante, el cerebro solo está leyendo la estructura del olor.
Lo interesante es que esa señal temprana resulta sorprendentemente exacta. La calidad de esa codificación inicial predice quién tiene mejores habilidades para discriminar olores, algo que las pruebas conductuales confirmaron.
Quienes mostraron una actividad theta más precisa también acertaban más al diferenciar olores parecidos, lo que indica que esta etapa es decisiva para el rendimiento olfativo.
Los autores comprobaron incluso que esta señal varía ensayo a ensayo: cuando un participante acertaba en una prueba de discriminación, la codificación en banda theta era más nítida que cuando se equivocaba. Esto demuestra que esa primera fase no es solo una respuesta automática, sino un elemento que influye directamente en el éxito o el error.
El segundo momento: cuando aparece la experiencia subjetiva
Tras esa lectura inicial, el cerebro entra en una segunda fase que emerge alrededor de los 720 milisegundos. En este punto domina la llamada “banda delta”, una actividad más lenta que ya no trata sobre la composición del olor, sino sobre su cualidad emocional. Es en esta etapa donde el cerebro decide si algo nos resulta agradable o no.
Esta señal tardía no se relaciona con la habilidad de discriminar olores ni con el rendimiento en las pruebas. Lo que predice es otra cosa: la sensibilidad afectiva hacia los olores en la vida cotidiana. Quienes responden con mayor intensidad a los olores —por ejemplo, quienes les asignan un peso emocional más alto— muestran representaciones más definidas de la agradabilidad en esta fase delta.
El contraste entre ambos procesos es claro. La banda theta identifica “qué es” un olor, y la banda delta define “cómo se siente”. Son dos funciones distintas, con tiempos diferentes y sin interferencias entre sí.
Esta separación temporal demuestra que la percepción del olor no es un único acto, sino una cadena ordenada de pasos.

Por qué este hallazgo es importante
El estudio ayuda a desmontar la idea de que los olores llegan al cerebro como una mezcla caótica de sensaciones. Por el contrario, el sistema olfativo parece estar diseñado para procesar primero la información objetiva y después la subjetiva, de forma secuencial y organizada. Este orden permite que la discriminación de olores sea más precisa y que la valoración emocional llegue cuando ya se ha descifrado la identidad del olor. El orden del procesamiento es lo que hace posible que el olfato funcione con eficacia.
Estos resultados también explican por qué algunas personas son capaces de distinguir olores con gran exactitud mientras otras no. La diferencia no está en la parte del cerebro que evalúa si un olor es agradable, sino en esa etapa inicial donde se interpreta la estructura de la molécula. Quienes tengan un proceso theta más sólido tendrán un mejor rendimiento olfativo sin depender de cómo se sientan respecto al olor.
Pero el interés del estudio no termina en lo teórico. Esta doble ruta temporal podría convertirse en una herramienta útil para médicos y especialistas en olfato, sobre todo en diagnósticos tempranos o en rehabilitación sensorial. Disponer de dos marcadores distintos permite evaluar de manera precisa qué parte del proceso está fallando.

Hacia nuevas aplicaciones clínicas y tecnológicas
Los investigadores sugieren que esta división en dos tiempos puede servir como base para desarrollar pruebas más finas para detectar problemas olfativos. En lugar de evaluar solo si alguien detecta o no un olor, sería posible medir la precisión de la actividad theta temprana o la claridad de la señal delta relacionada con la agradabilidad. Esto permitiría identificar alteraciones en el olfato incluso antes de que los síntomas sean evidentes.
También abre la puerta a terapias que estimulen etapas concretas del procesamiento del olor, algo especialmente útil para personas que han perdido parte de su capacidad olfativa tras infecciones, traumatismos o enfermedades neurodegenerativas. Si se sabe qué etapa se ha debilitado, la intervención puede ser más precisa y efectiva.
Finalmente, este trabajo contribuye a una comprensión más completa del olfato humano, un sentido que suele pasar desapercibido pese a su importancia en la vida diaria. Gracias a estudios como este, empieza a ser posible explicar por qué reaccionamos como lo hacemos ante ciertos olores y qué mecanismos cerebrales determinan esas respuestas. El olfato, a la luz de estos hallazgos, es mucho más ordenado y funcional de lo que se creía.
Referencias
- Kato, M., Okumura, T., Touhara, K., & Okamoto, M. Behavioral relevance of early neural coding of low-level odor features in humans. The Journal of neuroscience: the official journal of the Society for Neuroscience, e0203252025. doi: 10.1523/JNEUROSCI.0203-25.2025
Cortesía de Muy Interesante
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