La fascinante historia del legendario diamante Florentino de la dinastía de los Habsburgo que reapareció tras estar más de 100 años desparecido

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    • Autor, Dalia Ventura
    • Título del autor, BBC News Mundo

Entre los millones de diamantes que existen en el mundo, solo unos pocos han capturado nuestra imaginación. Son piedras preciosas que coronaron a emperadores, viajaron a través de revoluciones o brillaron tan resplandecientemente que se tornaron en destellos de fascinación.

El diamante Florentino es uno de ellos, y tiene todos los ingredientes de una gema legendaria: tamaño, belleza, tramas imperiales e incluso el enigma de una desaparición sin resolver.

Sin embargo, a diferencia del diamante Hope o del Koh-i-Noor, habita en la historia más que en la cultura popular.

Aunque hay un puñado de libros y una que otra película con el Florentino como protagonista, durante décadas el exquisito diamante fue más que todo fuente de rumores entre conocedores que intentaban adivinar cuál había sido su destino.

Nadie lo había visto ni había sabido de él desde 1918.

El vacío de la incertidumbre se llenó con especulaciones.

Tal vez había sido despojado de todo su valor histórico tras haberse vendido o robado, y luego cortado y adquirido por compradores desprevenidos.

En otras palabras, podía haberse perdido para siempre.

Pero una versión más optimista contaba que había sido entregado a una persona de confianza para que se lo llevara a Sudamérica y lo mantuviera a salvo.

La realidad se la revelaron hace unas semanas al diario The New York Times las dos únicas personas que sabían lo que había pasado.

El diamante Florentino efectivamente había estado todos esos años en el continente americano, más específicamente, en la bóveda de un banco en Canadá.

Singular y fabuloso

Con su imponente tamaño de 137,27 quilates y su singular color amarillo pálido con sutiles reflejos verdosos, el Florentino es una gema extraordinaria.

Además, como señaló Grant Mobley en la revista Natural Diamonds, “su magistral talla doble rosa, con más de cien facetas, crea un efecto sin igual en las tallas modernas, difuminando la luz suavemente en lugar de refractarla con nitidez, como el brillante moderno.

“Los artesanos lo tallaron no para deslumbrar bajo la luz eléctrica, sino para que brillara con suavidad a la luz de las velas, tal como la nobleza renacentista admiraba sus joyas”.

Solo por esas cualidades físicas ya destacaría pero su linaje lo realza aún más, pues lo vincula a emperadores y dinastías que marcaron la historia.

Foto, dibujo y reproducción del diamante Florentino en diferentes monturas.

Fuente de la imagen, Manuela Rosi y Robert Prummel

Su propia historia empieza entre brumas, con varios relatos repetidos pero no comprobados.

Uno de los más cautivadores cuenta que el diamante era una de las posesiones más preciadas de Carlos el Audaz (más tarde, el Temerario / 1433-1477), el último de los grandes duques de Borgoña, un imperio rico y poderoso.

Llevó su ducado al apogeo, pero también a su colapso, al ser derrotado por feroces piqueros suizos más de una vez en el último año de su vida.

El cronista Philippe de Commines, al describir el botín que cayó en manos de los victoriosos al capturar el campamento borgoñés, mencionó: “El diamante más grande del duque, uno de los más grandes de la cristiandad, con un colgante de perla, fue recogido por un suizo, guardado en su caja y arrojado bajo un carruaje. Luego regresó a buscarlo y se lo ofreció a un sacerdote por un florín”.

Quizás ese era el Florentino, que aún no tenía ese nombre, o quizás no; hay otras versiones sobre su pasado.

Lo que sí está documentado es que llegó a Florencia, al tesoro de Fernando II de Médici, gran duque de Toscana, pues Jean Baptiste Tavernier, un viajero y comerciante de gemas de Francia, lo vio en su colección en 1657, cuenta Tim Brinkhof en la revista Artnet.

Es posible que hubiera estado ahí desde antes, pues se dice que a su madre, María Magdalena de Austria, esposa del patriarca Médici, Cosme II, le fascinaba lucirlo.

El caso es que esa obra maestra de la naturaleza, tallada magistralmente por artesanos desconocidos, permaneció con la familia que dominó la vida política y cultural de Florencia durante tres siglos, convirtiéndola en el centro del Renacimiento al apoyar con su fortuna a artistas como Miguel Ángel, Donatello y Botticelli.

Cuando murió el último varón de los Médici en 1737, el ducado de Florencia -y el diamante- pasó a manos de Francisco Esteban de Lorena y Borbón-Orleáns.

Se había casado recientemente con María Teresa de Austria, una unión que daría 16 hijos, entre ellos María Antonieta, la famosa reina de Francia.

María Teresa ya era poderosa. Había sido la primera y única mujer en gobernar los dominios de los Habsburgo y se convirtió en la última jefa de la casa de Habsburgo, pues a partir de su matrimonio la dinastía pasó a llamarse Casa de Habsburgo-Lorena.

Esa casa produjo a todos los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico desde 1440 hasta 1806, con la excepción del breve interregno de los Wittelsbach de 1742-45.

El primero de esa secuencia fue precisamente Francisco Esteban, quien lució el diamante Florentino en la corona en su proclamación pues María Teresa lo había sacado de Florencia para llevárselo a su nativa Viena.

Francisco Esteban vestido con un traje azul y dorado, medias blancas, cetro apoyado en mesa

Fuente de la imagen, Getty Images

Ahí permaneció, incluso después de que Napoleón disolviera el Sacro Imperio Romano Germánico en 1806, pues la misma familia siguió proporcionando todos los emperadores de Austria.

Un artículo del diario británico The Lady’s Newspaper de 1848, habla de la gran galería del Palacio Imperial de Hofburg, “…que contiene el tesoro imperial, en el que se depositan todas las joyas, vajilla, jarrones, relojes, reliquias religiosas, gemas, etc. pertenecientes a la Corona Austriaca, algunas de las cuales son extremadamente raras y de inmenso valor, especialmente el diamante Florentino, valorado en 1.043.334 florines (unos US$133.654)”.

Seis décadas y media después de la publicación de ese artículo, un asesinato desencadenaría la Primera Guerra Mundial: el de Francisco Fernando de Austria, el heredero al trono austrohúngaro.

Al final de la llamada Gran Guerra, con el colapso de otra poderosa dinastía, el destino del diamante Florentino volvería a cambiar.

Pero esta vez, ya no podría ser admirado pues sus poseedores confinarían su brillo a la oscuridad.

Pasaría de ser un símbolo de belleza y poder, a una metáfora de pérdida, exilio y misterio.

Un fantasma.

El hermético secreto

Cuando la Primera Guerra Mundial estalló, el emperador del Imperio austrohúngaro era el ya anciano Francisco José de Austria, quien murió en 1916.

Lo sucedió su sobrinonieto Carlos I, cuya esposa era Zita von Borbón-Parma.

Carlos intentó sacar a Austria-Hungría de la Primera Guerra Mundial mediante gestiones secretas con las potencias aliadas, que no sólo fracasaron sino que lo perjudicaron cuando se hicieron públicas.

Trató también de proponer soluciones a los reclamos de los movimientos nacionalistas de su multinacional imperio, pero tampoco tuvo éxito.

Así las cosas, el 11 de noviembre de 1918, día en que se firmó el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial entre los Aliados y Alemania, Carlos renunció a toda participación en los asuntos de Estado, aunque no abdicó.

Sin embargo, el Parlamento austríaco lo depuso en 1919, cuando estaba exiliado en Suiza.

Dos años más tarde intentaría en vano recuperar el trono húngaro, y sería enviado al exilio a la isla de Madeira, donde murió de neumonía.

En medio de todos esos ajetreos, nunca olvidó al diamante Florentino.

Dibujo del palacio Hofburg

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Cuando vio que su mundo se estaba desmoronando irremediablemente, lo envió a Suiza, junto con otras joyas de la familia imperial que consideraba privadas.

La sustracción desató controversia política en sus antiguos dominios, así como fuera de ellos, como registró un artículo de la revista Time de 1923:

“Cuando Carlos y Zita huyeron a Suiza tras la guerra, se llevaron consigo sus joyas, incluido el famoso diamante Florentino, de 139,5 quilates. Esta gema pertenece a Italia en virtud del Tratado de Saint Germain.

“Los exiliados reales la empeñaron para financiar algunas de sus empresas y recientemente corrió el rumor en Londres de que Zita tenía intención de venderla.

“La Embajada de Italia declaró: ‘El Gobierno italiano advierte al público que no adquiera ninguna joya perteneciente a la exemperatriz Zita, ya que el Gobierno italiano tiene prioridad sobre ella’. (…)

“Según la Comisión de Reparaciones, la emperatriz Zita tiene pleno derecho a disponer de las piedras preciosas como mejor le parezca”, informó Time.

Carlos había fallecido un año antes, y ahora sabemos que su muerte desencadenó un secreto centenario.

Zita decidió revelarles solamente a sus dos hijos dónde estaban las joyas, y les pidió que mantuvieran la misma discreción hasta que se cumplieran 100 años del deceso de su esposo, ocurrido en 1922.

Antes de morir, los hermanos transmitieron la información a sus propios hijos, le reveló Karl von Habsburg-Lothringen, nieto de Carlos I, a The New York Times.

Así, hace unas semanas se supo que el legendario diamante y otras joyas de la familia se encontraban en Canadá.

Habían viajado en un pequeño maletín de cartón clandestinamente de Madeira a España y luego, en 1929, a Bélgica.

Cuando los nazis se anexionaron Austria en 1938, y el príncipe heredero Otto fue declarado enemigo de Estado, Zita huyó con él y sus otros 7 hijos hasta que llegó a EE.UU. en 1940.

Finalmente se establecieron en la provincia de Quebec, Canadá, y fue por eso que el Florentino terminó escondido en la caja fuerte de un banco, donde se quedó, a pesar de que Zita regresó a Europa en 1953, y murió en Suiza 36 años después.

¿Privado o público?

Carlos y Zita con 5 niños en la sala de una casa

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Mientras se celebra la reaparición del diamante Florentino y las otras joyas de los Habsburgo, han resurgido las dudas de que se trate de bienes estrictamente privados, como reflejan varios medios austríacos.

En el diario Die Presse (7 de noviembre de 2025), el historiador Oliver Rathkolb advirtió que la cuestión de la propiedad es jurídicamente compleja pues, dada la historia de estas piezas, podrían existir posibles reclamaciones tanto por parte de Austria como de Italia, debido al origen toscano de algunas joyas como el diamante Florentino.

En el periódico Der Standard, en dos artículos publicados después de que se supo dónde estaban las joyas, la periodista Olga Kronsteiner citó a la historiadora Katrin Unterreiner resaltando que varios de esos tesoros no fueron simples pertenencias personales, sino patrimonio de la familia destinado a funciones de representación oficial de la dinastía.

Esa finalidad pública -sumada al hecho de que algunas piezas fueron adquiridas mediante acuerdos de carácter político entre Estados, y no mediante compras privadas- dificulta considerarlas como propiedad exclusivamente particular de los descendientes de Carlos I.

Si el último emperador austrohúngaro lo hubiera considerado propiedad del Estado, el diamante Florentino quizás habría estado todos estos años expuesto en algún lugar de Viena o Florencia para que muchos lo pudieran admirar, en vez de estar escondido de la vista de todos.

O quizás hubiera corrido con la suerte del diamante Rojo de los Romanov, una gema rojo-púrpura extraordinariamente rara, asociada a la joyería imperial de los zares, que desapareció tras la Revolución Rusa (1917), y nunca volvió a recuperarse.

La emperatriz Zita tal vez lo salvó, y ahora sus nietos quieren exhibirlo en el país que acogió a la familia.

“Debería formar parte de un fideicomiso aquí en Canadá”, le dijo Habsburg-Lothringen a The New York Times. “Debería exhibirse en Canadá de vez en cuando, para que la gente pueda ver esas piezas”.

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Cortesía de BBC Noticias



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