Primeras damas en el siglo XXI

La cumbre de la OTAN en Madrid ha dejado una imagen poderosa, difícil de batir en los álbumes de fotos de familia de este tipo de eventos. Nadie recuerda los habituales fondos planos, sosos, de anteriores citas, pero permanecerá la estampa de los mandatarios junto a Las Meninas de Velázquez en el interior del Museo del Prado, convertido, durante unas horas, en cuartel general de la Alianza.

Foto de familia de los jefes de Estado y de Gobierno que han participado en la cumbre de la OTAN en Madrid.
Foto de familia de los jefes de Estado y de Gobierno que han participado en la cumbre de la OTAN en Madrid.A. Ortega. Pool (Europa Press)

La cumbre —lo han dicho el presidente del Gobierno y el líder de la oposición— ha sido un éxito de organización, pero no ha logrado todos sus objetivos, como el de “proyectar una imagen de modernidad”, en palabras de Pedro Sánchez. Porque hay algo en las imágenes de la agenda paralela y pública de los acompañantes de los mandatarios de la OTAN que chirría. En blanco y negro, y con la célebre voz del NO-DO narrando su visita a la sala de tapices del Palacio Real de La Granja, daría el pego de otro tiempo. Chirría porque al contrario que en aquella oscura etapa, ahora esos líderes que se reúnen para pactar estrategias contra el enemigo común son elegidos, sus parejas no. Y chirría porque al simultanear ambas agendas, ya sea una cumbre de la OTAN o del G-7, lo que se ve es: por un lado, a un grupo de mandatarios, con presencia abrumadora de hombres, hablando de la guerra, y, por otro, a un grupo mayoritariamente femenino haciendo turismo. Es un contraste injusto, pero es, también, lo que se proyecta.

En 2019, en la cumbre del G-7 en Biarritz (Francia), la imagen de las esposas de algunos mandatarios subidas a altos tacones en el campo y posando sonrientes con cestas rebosantes de pimientos provocó burlas. No ayudó que el entonces presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, difundiera un vídeo con el mensaje: “Melania, Brigitte, Malgosia y Akie. El lado luminoso de la Fuerza”, refiriéndose, por su nombre de pila, a las esposas de Donald Trump, Emmanuel Macron, Shinzo Abe y la suya, que miraban al mar, de espaldas, en alguno de los actos de entretenimiento programados. En la cumbre de la OTAN de 2017 en Bélgica, los acompañantes de los mandatarios visitaron el Museo Magritte, el Palacio Real y una tienda de accesorios de lujo mientras sus parejas hablaban sobre la lucha contra el yihadismo. En esa misma cita, la Casa Blanca omitió el nombre de Gauthier Destenay, esposo del primer ministro de Luxemburgo, en la foto oficial de los cónyuges de los líderes de la Alianza Atlántica. Diez horas después, tras un aluvión de críticas, rectificó.

Gauthier Destenay, en la segunda fila, rodeado de las primeras damas en la cumbre de la OTAN en Bruselas, en 2017.
Gauthier Destenay, en la segunda fila, rodeado de las primeras damas en la cumbre de la OTAN en Bruselas, en 2017.SASCHA STEINBACH (EFE)

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No es un problema español. Aquí, las llamadas primeras damas suelen tener un perfil bajo y varias han conservado sus trabajos, lo que ha evitado los problemas que ha generado esa figura, por ejemplo, en el país vecino, donde Macron promovió, incluso, la oficialización de sus funciones con un estatuto y un presupuesto propios. Pero España, como país anfitrión, ha sido el escenario de ese último despliegue de anacronismo. Ellos hablan de la guerra, mientras ellas hacen turismo y los medios comentan sus vestidos y los zapatos que han comprado.

¿Tiene sentido, en pleno siglo XXI, el concepto de “primera dama” cuando, lógicamente, ya hay varios “primeros caballeros”? ¿Tienen las parejas de los presidentes o presidentas que acompañarlos y mantener una agenda paralela y pública como cónyuges de? ¿Echó alguien en falta en las sucesivas cumbres y reuniones de alto nivel al marido de Angela Merkel, que vio por televisión la investidura de su esposa? Es más, ¿se acuerda alguien de cómo iba vestido en las escasas citas a las que sí asistió?

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Cortesía de El País



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