Qué son las ingeniosas cajas de Ward y cómo transformaron la economía mundial

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    • Autor, Dalia Ventura
    • Título del autor, BBC News Mundo

La historia de los descubrimientos científicos está repleta de creaciones que tomaron un rumbo diferente al previsto.

Y también, de pasiones inspiradoras.

La del inglés Nathaniel Bagshaw Ward nació en un viaje a Jamaica cuando tenía 13 años, donde quedó prendado de la exótica flora.

Ward no estaba solo en su fascinación: en el siglo XIX, Inglaterra vivía una auténtica fiebre botánica, donde aficionados y científicos competían por cultivar especies de los rincones más remotos del mundo.

Así que, aunque cuando creció se convirtió en médico, también estudió botánica y entomología.

A pesar de que logró formar una extensa colección de ejemplares, le decepcionó descubrir que muchas plantas, en particular los helechos y musgos, no prosperaban en su jardín en Londres.

Reino Unido estaba en plena Revolución Industrial, lo que significaba que su casa estaba “rodeada e impregnada del humo de numerosas fábricas”, que asfixiaban a sus preciadas matas.

La solución se la dio, accidentalmente, un insecto.

Alrededor de 1829, intentaba criar una polilla esfinge a partir de una crisálida que había colocado sobre moho húmedo en un frasco sellado cuando se sorprendió al ver que había empezado a crecer un helecho.

Observó que el agua se evaporaba y se condensaba, antes de volver al moho, recreando aparentemente el ciclo básico de los sistemas climáticos terrestres.

¿Sería posible que ese microcosmos de vidrio era la manera perfecta de controlar la calidad del aire y la humedad, permitiendo que prosperaran especies que morían?

El invento de Ward fue simple: vidrio, madera, masilla, pintura… era básicamente un miniinvernadero sellado.

No fue una proeza tecnológica, pero sí el resultado de una mente inquisitiva: hasta entonces se creía que las plantas necesitaban el aire libre. Ward se preguntó si tal vez no lo requerían, subraya el periodista económico Tim Harford.

Retrato en sepia de Nathaniel Bagshaw Ward, sentado, leyendo una carta

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Sus primeros intentos de cultivar sus preciados helechos en ese pequeño ecosistema sellado prosperaron.

Entusiasmado, pensó que quizás había resuelto un problema que aquejaba a los cazadores de plantas: cómo mantenerlas vivas durante un largo viaje marítimo.

Si las ponían bajo cubierta, sufrían de falta de luz. Si las ponían sobre cubierta, el rocío salado resultaba letal.

Para probarlas, Ward envío dos de sus cajas de plantas a Australia.

Varios meses después llegó una carta del capitán del barco ofreciéndole “cálidas felicitaciones”: la mayoría de los helechos estaban “vivos y vigorosos” y los pastos “estaban intentando empujar la parte superior de la caja”.

El barco regresó con las cajas de Ward repletas de plantas australianas, también en perfecto estado.

Ward publicó un libro sobre su invento, y soñó con que tendría efectos de gran alcance. Tenía razón, pero no de la forma que esperaba.

Previó que los amantes de las plantas podrían tener selvas tropicales en miniatura en sus casas, y acertó: incluso recientemente los terrarios -cuya raíz está en las cajas de Ward-, se volvieron a poner de moda impulsados por las redes sociales.

Pero además, como médico, imaginó grandes invernaderos sellados en los que la gente podría convalecer del sarampión o la tuberculosis, sin tener que respirar el aire contaminado de las ciudades.

Lo que no anticipó fue que sus cajas estaban a punto de transformar la agricultura, la política y el comercio mundiales.

Sin permiso y con intención

Gracias a las cajas de Ward, el proceso de transporte de plantas de ultramar venía viento en popa.

En 1833, George Loddiges, un importador comercial, utilizó el método de Ward y dijo que “mientras que con el método que utilizaba antes perdía 19 de cada 20 de las plantas que hacían el viaje, 19 de cada 20 son ahora el promedio de las que sobreviven”.

Naturalmente, el método se popularizó.

Pero fueron mentes más estratégicas que las de su creador las que reconocieron inmediatamente el potencial de las cajas de Ward para reconfigurar la economía a favor de los imperios dominantes en esa época…

… Empezando por aquel cuya capital estaba en la ciudad en la que Ward había ingeniado sus cajas: Londres.

Pintura de una pareja mirando una caja de Ward en la exposición entre vegetación.

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Ward había publicado su libro en 1847, pocos años después de que Reino Unido ganara la Primera Guerra del Opio.

Cuando los chinos decidieron dejar de aceptar opio cultivado en India a cambio de su té, los británicos enviaron cañoneras para hacerles cambiar de opinión.

No era sólo porque les gustaba la bebida; los impuestos sobre el té representaban casi una décima parte de los ingresos del gobierno británico en aquel entonces.

Pero la poderosa Compañía Británica de las Indias Orientales, que prácticamente gobernaba el subcontinente indio en nombre de Reino Unido, decidió que necesitaba una estrategia alternativa: cultivar más té en India.

Eso significaba que era necesario sacar de contrabando plantas de té de China. Y había un hombre ideal para esa tarea: el botánico y buscador de plantas Robert Fortune.

Ya lo había intentado infructuosamente pero en su primera expedición había aprendido que si se afeitaba la cabeza, usaba peluca y ropa china, podía pasar prácticamente desapercibido.

Disfrazado, logró enviar en secreto “cajas vidriadas con plantas vivas a Inglaterra”, entre 1848 y 1851, según contó en sus memorias.

Y con ellas, se establecieron importantes plantaciones de té en las regiones indias de Assam y Darjeeling, rompiendo así el monopolio chino sobre el mercado del té.

Algo quizás igual de impactante ocurrió 25 años más tarde.

Ante la subida de los precios del caucho, el Ministerio de Asuntos Exteriores británico envió al botánico aficionado y emprendedor Henry Wickham al Amazonas para conseguir semillas de Hevea brasiliensis.

En 1876, envió unas 70.000 en cajas de Ward, que germinaron en Kew Gardens y las plántulas se enviaron al sudeste de Asia.

Brasil no pudo competir con las plantaciones coloniales y finalmente perdió su dominio en el comercio del caucho, al tiempo que este se convirtió en una de las industrias más rentables del Imperio británico.

Estos son dos grandes ejemplos, pero de ninguna manera no los únicos.

Chocolate con vainilla

No fueron sólo los británicos los que se beneficiaron de las cajas de Ward en su afán por dominar el mundo.

De hecho, fue otro de los grandes imperios coloniales europeos el que primero en lograr llevarse de Los Andes una de las plantas más cruciales para tal empresa: la Cinchona officinalis.

De su corteza se obtenía quinina, la poción milagrosa descubierta por los indígenas andinos, que, además de otras cosas, protegía contra la malaria, una amenaza mortal para los europeos que se aventuraban a explorar regiones tropicales, y que paradójicamente ellos habían introducido en América.

Dibujo botánico de la planta cinchona

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Justus Karl Hasskarl, un botánico alemán al servicio del Imperio neerlandés, fue el primero en trasladar con éxito plántulas de los Andes a la isla indonesia de Java en cajas de Ward (1854–1856).

Hacia finales del siglo XIX, esa colonia de los Países Bajos producía cerca del 90% de la quinina mundial, haciendo posibles las campañas coloniales y la expansión europea sin la mortalidad que antes las había acompañado.

Mientras la quinina abría el mundo tropical a los europeos, otra planta de valor incalculable estaba dando pasos decisivos hacia la globalización: el cacao.

Originario de la cuenca amazónica, durante siglos solo se cultivó de manera significativa en Venezuela y Ecuador.

Su fruto era deseado por aristócratas y comerciantes europeos, y los chocolates de lujo eran considerados casi un manjar divino: como comentan Sophie y Michael Coe en “La verdadera historia del chocolate”, los nobles europeos del siglo XVIII hablaban de él como “el néctar de los dioses”.

La introducción del cacao en África Occidental a finales del siglo XIX comenzó de manera más sencilla, sin necesidad de cajas de Ward: transportando vainas frescas y semillas viables, las primeras plantaciones prosperaron en Costa de Oro y Ghana.

Pero cuando el cacao debió viajar intercontinentalmente, hacia Asia, las islas del Índico o los jardines botánicos europeos, las cajas de Ward fueron decisivas: permitieron que las delicadas plántulas sobrevivieran meses de viaje desde América hasta Ceilán, Java o Reunión.

El resultado fue un cambio radical en la economía global: África Occidental pasó de producir nada a dominar casi la totalidad del cacao mundial a comienzos del siglo XX, mientras Ceilán y Java se convirtieron en exportadores importantes.

La fruta que había sido exclusiva de América pasó a formar la columna vertebral de imperios coloniales y redes comerciales transoceánicas (“Science and Colonial Expansion“, de Lucile Brockway; “An Empire of Plants“, de Toby y Will Musgrave).

Dibujos botánicos de la vainilla y el cacao

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Y si el cacao llevó el lujo del chocolate a nuevas latitudes, la vainilla lo hizo aún más exquisitamente.

Los europeos la codiciaban como un artículo de lujo: aromatizaba pasteles, confites y bebidas, y se la consideraba un símbolo de opulencia y refinamiento.

La orquídea Vanilla planifolia crecía silvestre en los bosques húmedos tropicales de México, Centroamérica y norte de Sudamérica.

Estudios históricos y etnográficos que señalan que los Totonacas de Veracruz (región conocida como Totonacapan) fueron unos de los primeros en domesticarla.

Lo cierto es que durante siglos, México tuvo un monopolio global de producción de vainilla, en parte porque era extremadamente delicada, y su flor solo fructificaba en presencia de su polinizador natural, la abeja melipona.

No obstante, los franceses, valiéndose de cajas de Ward trasladaron esquejes desde México hasta Reunión, Mauricio y Madagascar.

Pero persistía el problema de la polinización, y la clave no vino de botánicos ilustrados, sino de un muchacho esclavizado de 12 años de edad llamado Edmond Albius.

En 1841 descubrió en la isla de Reunión -un pequeño territorio francés en el Índico- un método sencillo y rápido para hacerlo a mano.

Su habilidad permitió que la flor fructificara lejos de su país natal y, en pocos años, Madagascar -no México- se convirtió en el mayor productor mundial.

La vainilla de Madagascar se convirtió en “el oro aromático del océano Índico”, apunta Tim Ecott en su libro “Vainilla, en busca de la orquídea silvestre”; la nación insular africana sigue aportando entre el 60% y el 80% de la producción global hasta el día de hoy.

Estos, por supuesto, son apenas unos ejemplos: desde hermosas orquídeas, fucsias y rosas, hasta deliciosos mangos y exóticas palmas navegaron por los mares cual tesoros protegidos de todo mal en esas sencillas cajas de cristal y madera.

Como resumió el historiador Luke Keogh, autor del libro The Wardian Case, “esta invención impulsó una revolución en el movimiento de plantas … y las repercusiones de esa revolución aún nos acompañan hoy”.

Lo que empezó como un experimento ingenioso de un amante de la flora, terminó siendo una palanca que transformó mercados, paisajes, y dejó una huella indeleble en la geografía botánica y agrícola mundial.

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Cortesía de BBC Noticias



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