Desde las cimas de colinas inexpugnables hasta los acantilados que se asoman al mar, los castillos de España han sido testigos de conquistas, asedios y acuerdos que han definido el destino de reinos enteros. Estas estructuras, que combinan arte, ingeniería y estrategia militar, no solo protegían territorios, sino que también servían como centros administrativos y residencias reales.
A lo largo de los siglos, los castillos evolucionaron de simples bastiones de madera a imponentes fortalezas de piedra con innovaciones arquitectónicas que reflejaban la constante lucha entre la ofensiva y la defensa. Desde las torres albarranas diseñadas para mejorar la protección de los muros hasta los complejos sistemas de fosos y matacanes, cada castillo cuenta una historia de adaptación y resistencia.
Pero más allá de su función militar, estas construcciones también eran símbolos de poder. Un castillo bien situado no solo ofrecía protección, sino que también proclamaba la autoridad de su señor sobre la región. En sus salones se firmaban tratados, se fraguaban conspiraciones y se tomaban decisiones que cambiaban el rumbo de la historia.
Del Alcázar de Segovia a Bellver: diversidad arquitectónica y legado medieval
El Alcázar de Segovia, con su inconfundible silueta que pudo haber inspirado a Disney, representa el ideal de castillo medieval con sus torres puntiagudas y su privilegiada ubicación sobre un peñasco. Sin embargo, la historia de los castillos en España es mucho más rica y diversa.
En la península encontramos fortificaciones de todo tipo: desde las robustas alcazabas de origen musulmán, como la de Almería o la Alhambra de Granada, hasta castillos góticos de planta irregular diseñados para adaptarse al terreno. Algunos, como el de Olite en Navarra, combinaban la funcionalidad defensiva con un lujo palaciego que reflejaba la influencia del gótico francés en la corte del reino de Navarra.
Pero si hay un castillo que destaca por su singularidad, ese es el Castillo de Bellver, una joya arquitectónica que rompe con los esquemas tradicionales de las fortalezas medievales. Construido en el siglo XIV por orden de Jaime II de Mallorca, su planta circular lo convierte en una rareza en Europa y una obra maestra del gótico mallorquín.

Los castillos españoles no son solo vestigios de un pasado medieval, sino parte fundamental de la identidad cultural del país. Muchos han sido restaurados y abiertos al público, permitiendo que visitantes de todo el mundo descubran sus secretos. Otros siguen envueltos en misterio, con leyendas que alimentan su aura de fascinación.
Ya sea el majestuoso Alcázar de Segovia, las torres de la Alhambra o la originalidad del Castillo de Bellver, cada fortaleza es un fragmento de la historia de España. Sus muros han sido testigos de conquistas y rebeliones, de juramentos de reyes y de las estrategias de los más astutos generales.
En este contexto, Castillos y fortalezas, coordinado por Pablo Schnell Quiertant y publicado por la editorial Pinolia, se convierte en una obra imprescindible para entender no solo la evolución arquitectónica de estas construcciones, sino también su impacto en la historia del país. A continuación, te ofrecemos en exclusiva un capítulo dedicado a Bellver, un castillo que rompe con la norma y nos invita a mirar el pasado desde una nueva perspectiva.
Bellver: la corona de piedra, escrito por Pablo Schnell Quiertant
Con su inusual planta circular, Bellver es uno de los castillos más singulares de Europa. Actualmente es Museo de Historia de la Ciudad y de la Colección Despuig de escultura clásica y está entre los monumentos más visitados de Palma. Fue construido en estilo gótico a comienzos del siglo xiv como palacio real del efímero reino de Mallorca. Jaime II encargó el proyecto para destacar entre los poderosos reinos mediterráneos por su belleza y originalidad arquitectónica. La historia convirtió a este excepcional castillo-palacio en prisión, y el haber encerrado entre 1802 y 1808 a un personaje como Gaspar Melchor de Jovellanos lo marcó definitivamente. En palabras del desventurado ministro «Bellver, al cual nuestras desgracias pudieron dar alguna triste celebridad».
Una obra sobresaliente por su belleza arquitectónica
Para Fernando Díaz-Plaja era el más engañoso de los castillos españoles, porque decía que lo habitual era que los que estaban fuera quisieran entrar, y aquí los que estaban dentro querían salir a toda costa. Se refería a la función de presidio que tuvo durante mucho tiempo, principalmente como depósito de galeotes. La paradoja es más válida como figura literaria que como realidad, ya que hubo otros muchos castillos españoles que se contaron entre las cárceles más severas de su tiempo, como Chinchilla o Cuéllar. En todo caso, ganó ese carácter al encerrar a uno de los más célebres reclusos españoles, injustamente castigado. Porque si bien todo reo considera inmerecida su pena, el caso del citado Jovellanos es distinto, pues es universalmente aceptado que fue recluido por la inquina de Godoy, valido de Carlos IV.
Pero no debe hacernos olvidar esta función represiva los grandes valores de Bellver. En la década de 1950, Oliver Washburn recorrió España visitando sus castillos y publicó un cuaderno de viaje. Su cultura estadounidense no se conmovió con la prisión de Jovellanos, que le era ajena, pero se lamentó de la reforma realizada en el siglo xvi para adaptar la fortaleza a la artillería, que afeaba un castillo medieval perfecto en su diseño. Una obra «sobresaliente por su belleza arquitectónica, única en su género en España y fuera de ella por su planta circular y elegante traza» en palabras de Carlos Sarthou.

Paisajes, arte y técnica
El primero de esos valores es el paisajístico, como indica su propio nombre, ya que bellver significa «bella vista, mirador»; bellvedere para los renacentistas. Destaca como una corona de piedra brillando entre el verde de los pinares sobre la bahía de Palma, el puerto de los mil colores, según Georges Sand.
Otros valores son los artísticos y técnicos, porque como decimos, es uno de los escasos ejemplos de castillos cilíndricos que conocemos. Su planta se genera con dos círculos concéntricos; el primero formado por el muro exterior, con el lienzo interrumpido por tres torres con planta en forma de D y garitones circulares con soporte en forma de embudo. El círculo interior lo forman los arcos del patio, organizados en dos filas superpuestas. La superior la componen 21 arcos ojivales ajimezados con columnas octogonales. La inferior tiene arcos de medio punto sobre pilastras cuadradas. A estas airosas galerías cubiertas con bóveda de arista nervada gótica daban las estancias palaciegas, hoy desaparecidas y convertidas en salas de museo. Todo el conjunto se rodea con un profundo foso seco que se salva por puentes que fueron levadizos.
La torre del homenaje es también excepcional por su forma cilíndrica y ser exenta (albarrana). Se accede a ella por un esbelto puente de piedra que en su momento también fue retráctil, para servir de último reducto defensivo. En su interior hay cinco salas superpuestas de planta circular. La inferior, llamada «la hoya», tiene forma de campana, sin más acceso que un hueco en su parte superior ni más ventilación que una saetera en el muro. Jovellanos, cuyo espíritu inquieto le llevó a investigar la historia de su prisión, la interpretó como mazmorra que «más parece una fosa de muertos que para custodia de vivos… el ánimo se horroriza ante el aspecto de esta tumba de vivos». No parece que esa fuese su función original, ya que contradice la apuntada para la torre del homenaje de ser la última defensa del castillo y en tal caso sería absurdo perder espacio en una prisión. La planta baja en las fortalezas solía albergar un aljibe o un almacén en el que se acumulaban los suministros necesarios para soportar un asedio, con una trampilla en el techo por la que se descolgaban las provisiones, de forma que su extracción podía racionarse mientras durase el sitio.
En muchos castillos estos aljibes y almacenes fueron empleados como mazmorras cuando ya no tenían funcionalidad militar e hicieron creer que se habían construido para tal fin. El espíritu ilustrado de Jovellanos, para el cual la Edad Media era un periodo de oscurantismo y barbarie y la trasposición de su desgracia debieron influir en su ánimo para imaginar la mazmorra. Los primeros meses de su prisión fueron muy duros. Recién llegado a Bellver desde la cartuja de Valdemosa, que fue su primer destierro, fue recluido en salas sin luz natural y se le negó el trato con nadie salvo su criado. Su salud se deterioró con este maltrato, que se fue suavizando hasta que en los últimos años tenía varios aposentos asignados, reunió una biblioteca, recibía visitas y podía salir al exterior bajo vigilancia. Fue entonces cuando decidió estudiar las vicisitudes del castillo que le aprisionaba y redactó las interesantísimas Memorias del castillo de Bellver. Cometió algunos errores, perfectamente justificables en una obra pionera redactada en los albores del siglo XIX y que en nada empañan tan notable trabajo, pero que se han repetido en algunas publicaciones modernas. Así ocurre con la atribución que hizo a Pedro Salvá como arquitecto de la obra y al pintor Caballé de la decoración mural. La investigación actual sitúa al primero como un notable maestro de obras y a Ponç Descoll, arquitecto de Jaime II de Mallorca, como autor de las trazas. Trabajó también en otras obras reales, como el palacio de la Almudaina o las capillas palaciales de Palma y Perpiñán.
Debilidades como fortaleza
Las obras de construcción de Bellver duraron de 1300 a 1314 y la intención del rey fue construir un castillo-palacio nuevo completamente de piedra, sorprendente por su diseño. Debía ser escaparate del modesto reino de Mallorca, que si no podía competir con sus poderosos vecinos en otros campos, podía destacar en el artístico, construyendo un palacio único. Su origen puede rastrearse en el Herodion alto; el palacio circular con torres semicirculares adosadas y gran torre-mirador construido por Herodes en Cisjordania. El valor simbólico como corte de un rey vasallo del Imperio romano era en esencia el mismo que en nuestro caso: competir con arte donde no se podía hacer política o militarmente. De hecho, el reino de Mallorca era, aunque a la fuerza, vasallo de Aragón.
Bellver fue residencia veraniega de los reyes de Mallorca hasta 1344, cuando Pedro IV de Aragón declaró felón a Jaime III de Mallorca, lo derrotó y se apoderó de su reino. El animoso alcaide del castillo prefirió resistir y el rey aragonés tuvo que recurrir a los almogávares para que lo asediasen y rindiesen. No fue el único sitio de la fortaleza, ya que hubo otro en 1391, en el marco de la revuelta campesina y menesteral que acabó con el asalto al Call (judería) de Palma. En 1521, en tiempos de la guerra de las Comunidades, que tuvo su reflejo mediterráneo en las Germanías, la fortaleza fue asaltada por última vez.
El palacio había ido perdiendo su función residencial regia y representativa, quedándose solo con la militar, que como hemos visto no era la más adecuada. Había sido diseñado para impresionar como palacio, aunque con elementos defensivos, pero como fortaleza sus debilidades eran varias. Los muros curvos no podían defenderse desde las torres, que perdían su misión de flanqueo y el exterior era demasiado estrecho para resistir impactos de proyectiles de catapulta o golpes de ariete. Por eso, cuando en el siglo XVI se le quiso modernizar para afrontar la amenaza turca, hubo que construir el recinto abaluartado exterior que tanto disgustaba a Washburn. Este era capaz de resistir las balas enemigas y adecuado para asentar cañones, quedando el cuerpo medieval en el interior como segundo recinto. Además se desmochó el castillo, derribando las almenas y convirtiendo sus adarves en parapetos corridos para el uso de armas de fuego.
Su siguiente uso volvió a ser residencial, pero cambiando las luminosas estancias de la corte por las lúgubres mazmorras de los prisioneros, y no fue Jovellanos el único recluso. Fue cárcel de Estado para presos políticos notables, depósito de galeotes y finalmente prisión militar. En ella se encerró a los franceses capturados en la batalla de Bailén (1809) que antes habían estado en la isla de Cabrera y recibieron un trato muy duro. El general liberal Lacy probó sus celdas y fue fusilado en su foso en 1817. El castillo siguió siendo prisión hasta la Guerra Civil de 1936-39, cuando los reclusos construyeron la carretera por la que se sube desde Palma. Muchos dejaron testimonio grabando su desventura en los muros; vivas y mueras a Napoleón, a Fernando VII o sencillamente sus nombres y las fechas de su cautiverio. El visitante puede buscarlos, mutilados por los grafitis vandálicos modernos.
Cova de la Mare de Deu
Se puede completar la visita a Bellver con algunos otros lugares de la isla relacionados con el castillo que descubren aspectos curiosos y otros episodios históricos. Los sillares de la fortaleza se extrajeron de varias canteras: la mayor parte del mismo monte donde se asienta, pero los mejores se trajeron de Santanyi y Portals Vells. Aquí se puede ver la cantera en una cueva en la que sorprenden unos curiosos altares tallados en la roca. Cuenta la leyenda que la tripulación de un barco italiano azotada por una tormenta se encomendó a la Virgen, prometiendo dedicarle una capilla si sobrevivían allí donde arribasen. Consiguieron refugiarse en la cala de Portals Vells y construyeron un primer altar, al que acompañarían otros con el tiempo. Por ello se conoce como «Cova de la Mare de Deu». Enfrente, la torre del Moro es una muestra de las numerosas atalayas y fortines que se construyeron entre los siglos XVI y XIX en las calas mallorquinas para impedir o al menos estorbar a los piratas, que usaban esos lugares para acechar a los navíos o desembarcar para robar, secuestrar personas y pedir rescate.

Joyas fortificadas cercanas
Cerca tenemos otra fortaleza poco conocida, pero muy interesante y con protagonismo histórico. Las excavaciones arqueológicas han demostrado que el Puig de Sa Morisca fue la primera fortaleza tomada en 1229 por Jaime I cuando emprendió la conquista de Mallorca. Se asienta sobre un poblado prehistórico talayótico, con característicos muros de grandes sillares ciclópeos, al estilo de los nuragos de Cerdeña. En Mallorca hay buenos ejemplos de estos poblados fortificados, entre otros, Ses Paises o Capocorp Vell.
Alaró es otro castillo con fuerte valor histórico y paisajístico, construido sobre una peña limitada por abismos cortados a pico en la sierra de la Tramontana. Por su inaccesibilidad fue el último refugio en el que resistieron los cristianos cuando la isla fue conquistada por los musulmanes a comienzos del siglo x y a su vez el último lugar de resistencia de estos cuando Jaime I conquistó Mallorca. De nuevo su aislamiento hizo que en esta peña se mantuviese el último pendón del rey Jaime II de Mallorca cuando Alfonso III de Aragón se anexionó la isla, sostenido por dos paladines; Cabrit y Bassa. Según la leyenda, tras rendir el castillo fueron asados en una parrilla como si fuesen cabritos, haciendo una broma macabra su nombre.
Quien tenga ánimo puede cruzar la sierra de la Tramontana hacia el mar por la carretera de Sa Calobra, que se retuerce en un vertiginoso descenso como una serpiente. En algunos foros se la presenta como la más peligrosa del mundo y el lector se mostrará escéptico, recordando las Yungas de Bolivia o el paso Zoji La en el Himalaya. Tal vez cambie de opinión si la ve un día de verano, recorrida por cientos de coches de alquiler (muchos conducidos por ingleses «al revés» que en su país), motoristas tumbándose en las curvas y turistas grabando el descenso en sus teléfonos. Llegados al mar, unas galerías talladas en la roca nos llevan hasta el Torrent de Pareis; un estrechísimo barranco que constituye una de las joyas naturales de la isla. Para adentrarse en él es imprescindible contar con equipo técnico y un buen guía.

Cortesía de Muy Interesante
Dejanos un comentario: