Einstein, Schrödinger y el libro que te hará entender el debate más profundo de la física cuántica

Desde hace siglos, los científicos más brillantes han perseguido una idea recurrente: que el universo no es un caos, sino un sistema ordenado que puede entenderse. Uno de ellos fue Albert Einstein, que una visión profundamente filosófica del cosmos. En su pensamiento, la figura de Dios aparece con frecuencia, pero no en el sentido religioso tradicional. Einstein hablaba del Dios de Spinoza, un filósofo del siglo XVII que concebía la divinidad no como un ser con voluntad, sino como el propio tejido de la naturaleza: eterno, racional, inmutable. Para Einstein, esa idea era mucho más que una inspiración; era la base de toda su forma de entender el mundo.

Esta perspectiva filosófica es uno de los temas que recorre Einstein, Schrödinger y el debate que definió la física cuántica (Pinolia, 2025), del físico y divulgador Paul Halpern. El libro cuenta cómo estos dos gigantes de la ciencia, tras ayudar a dar forma a la mecánica cuántica, se rebelaron contra ella. Ambos buscaban una teoría que fuera más allá del azar y la incertidumbre, y que revelara un universo regido por leyes firmes, no por probabilidades. A través de un relato accesible y lleno de detalles históricos, Halpern muestra cómo sus convicciones filosóficas, especialmente las de Einstein, marcaron profundamente su visión científica.

El orden por encima del azar

Cuando la física cuántica introdujo el concepto de que ciertos procesos en la naturaleza ocurren al azar, Einstein se opuso de inmediato. No porque rechazara los datos, sino porque le parecía que la teoría debía ser incompleta. En su visión, el universo tenía que obedecer reglas claras, aunque no las conociéramos todavía.

Para él, la idea de un mundo donde las partículas pueden “decidir” al azar si se comportan de una forma u otra era inaceptable. No podía imaginar que la realidad última dependiera de la suerte. De ahí su famosa frase: “Dios no juega a los dados con el universo”. Con “Dios” no se refería a una deidad personal, sino al principio racional que mantiene unida la naturaleza.

Esta forma de pensar no era solo una preferencia estética. Para Einstein, la ciencia debía aspirar a descubrir leyes que funcionaran siempre, sin excepciones. Lo que no podía explicarse con reglas firmes era simplemente una señal de que faltaban piezas en el modelo. Por eso nunca aceptó que el azar fuera una característica fundamental de la realidad.

Fuente: ChatGPT / E. F.

Spinoza como guía filosófico

La influencia de Baruch Spinoza es clara en la manera en que Einstein hablaba del universo. Spinoza defendía que Dios y la naturaleza son una misma cosa, una totalidad infinita que funciona según leyes necesarias. Todo lo que existe forma parte de esa unidad, y nada ocurre sin una causa.

Einstein admiraba esta idea porque le ofrecía una forma de espiritualidad sin superstición. No necesitaba imaginar un Dios que escuchara plegarias; le bastaba con contemplar la belleza del universo. Decía que su religión era “la admiración por la armonía de las leyes naturales”.

Además, Spinoza sostenía que la libertad humana no consistía en actuar sin causas, sino en comprender las causas que nos mueven. Einstein pensaba algo parecido: el libre albedrío era una ilusión útil, pero el comportamiento humano —como el de las estrellas— seguía un curso determinado.

Un universo inteligible

Einstein creía que el mundo era, en esencia, comprensible. Que nuestras mentes, al formar parte de la naturaleza, podían descifrar sus leyes. Esta idea, profundamente optimista, está en el corazón de toda su obra científica.

Y también aquí se nota la huella de Spinoza: si todo sigue un orden necesario, entonces no hay fenómenos misteriosos ni fuerzas ocultas que escapen a la razón. Incluso lo más sorprendente puede tener una explicación, si sabemos buscarla.

Esta confianza lo llevó a rechazar la interpretación cuántica ortodoxa, que aceptaba la incertidumbre como algo definitivo. Einstein, en cambio, veía la incertidumbre como una señal de que algo aún no se había entendido bien.

Retrato inspirado en Erwin Schrödinger. Fuente: Midjourney / Eugenio Fdz.

Entre ciencia y misticismo

Aunque rechazaba la religión organizada, Einstein no era ajeno al sentido de lo sagrado. Sentía un profundo asombro ante el universo, y esa emoción lo impulsaba a hacer ciencia. Su uso del término “Dios” muchas veces fue malinterpretado como fe personal, pero para él era una manera poética de hablar del misterio de lo racional.

Decía que “lo más incomprensible del universo es que sea comprensible”, y esa frase resume su visión: lo notable no es solo que el cosmos funcione, sino que nuestras mentes puedan descubrir cómo.

Este tipo de pensamiento —racional pero lleno de admiración— es una forma de espiritualidad sin necesidad de milagros. Una que no exige creer sin pruebas, sino maravillarse con lo que se puede entender.

El legado de una intuición

A pesar de que la mayoría de la comunidad científica terminó aceptando la visión probabilística de la física cuántica, Einstein nunca abandonó su búsqueda de una teoría unificada, que reconciliara la gravedad con el resto de las fuerzas. Su objetivo era encontrar una única ecuación que lo explicara todo, y que devolviera al universo su carácter determinista.

Esa teoría no llegó durante su vida, y muchos la consideraron una obsesión inútil. Pero con los avances actuales en física teórica, desde la gravedad cuántica hasta la teoría de cuerdas, su intuición ha cobrado nuevo interés.

Hoy, cuando aún debatimos si el azar es parte esencial de la realidad o solo una apariencia, el pensamiento de Einstein sigue vigente. No por nostalgia, sino porque plantea una pregunta esencial: ¿el universo tiene un plan o simplemente sucede?

OBRAS DE INFRAESTRUCTURA HIDALGO

Cortesía de Muy Interesante



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