
Primero se pidió a la Presidenta Claudia Sheinbaum cabeza fría en sus reacciones a lo que hace y dice el belicoso (y veleidoso) Donald Trump, lo cual ella ha venido haciendo de manera impecable, y ahora se le pide con relación a marchas y bloqueos de inconformidad que han estallado en las últimas semanas. Lo último que se desea es una polarización política entre Morena y la oposición, en la que se involucre la presidencia entre epítetos y descalificaciones. Se necesita equilibrio y ecuanimidad en momentos en que la gobernabilidad y la certidumbre serán decisivos si queremos reactivar a la economía.
Pero, así como demandamos cabeza fría a la mandataria, tendríamos que exigírnosla nosotros mismos. La politización convierte a la opinión pública en rehén de comentocracia y medios de comunicación sobre excitados, que tienden a emitir condenas y juicios concluyentes de acuerdo con sus inclinaciones ideológicas. La lectura que se hace del desempeño económico es un ejemplo.
El Banco de México acaba de recalcular el pronóstico de crecimiento para este año, reduciéndolo a un magro 0.3%, inferior incluso al crecimiento de la población. Anticipa, además, que en 2026 podría llegar a 1.1% y a 2.0% en 2027, es decir, apenas por encima de 1% promedio anual en los primeros tres años del sexenio. A partir de estimaciones como esta los críticos han decretado, desde ahora, la inminente e inexorable debacle de la economía y, por ende, el fracaso del gobierno de la 4T.
Convendría no apresurarse, porque podrían llevarse una sorpresa. Enrique Quintana, director del diario “El Financiero”, da cuenta en su columna del viernes pasado de una estadística reveladora. Solo durante el sexenio de Enrique Peña Nieto (2012-2018) el país experimentó un mejor desempeño en los primeros tres años: 2.0% promedio anual. Con Felipe Calderón (2006-2012) y Andrés Manuel López Obrador (2018-2024) no sólo no creció la economía en la primera mitad del sexenio, tuvo un retroceso: -1.2 con el primero, -1.1 con el tabasqueño. Ambos fueron víctimas de un contexto internacional trágico. Calderón padeció la crisis financiera de 2009, mientras que López Obrador sufrió los efectos de la pandemia. Pero tampoco la primera mitad del sexenio de Vicente Fox (2000-2006) es para presumir. Apenas registró 0.1% promedio anual en el primer trienio. Es decir, prácticamente parálisis.
Los anteriores antecedentes tendrían que llevarnos a no interpretar una realidad a partir de su fotografía en lugar de su película. Incluso si se cumplen los negros vaticinios que anuncia el Banco de México, el desempeño de la primera mitad del sexenio de Claudia Sheinbaum habrá sido mejor que el de tres de los cuatro presidentes que la antecedieron. Con lo anterior no pretendo hacer pasar como un buen resultado algo que no lo es, por el simple expediente de compararlo con otros peores. Solo quiero señalar la necesidad de poner en contexto las cosas antes de decretar condenas absolutas o catastróficas.
Fox, Calderón, Peña Nieto y López Obrador tuvieron un segundo tiempo mucho mejor que el primero, para ponerlo en términos futboleros. Terminaron con un marcador superior al que habían obtenido al llegar al medio tiempo.
Y en este punto, habría que hacer un paréntesis. Con estos números no estoy considerando el desempeño de estos gobiernos respecto al tema de la desigualdad o la pobreza. El PIB del sexenio lopezobradorista fue más bajo que en administraciones anteriores, pero consiguió un cambio importante, al disminuir el nivel de desigualdad y sacar a 13.5 millones de personas de la pobreza. Para efectos del desarrollo se perdió en lo cuantitativo, se ganó en lo cualitativo.
Regreso al crecimiento. Normalmente el primer año es el más difícil en términos económicos porque la inversión pública de parte de un Gobierno entrante suele ser mínima, en tanto ajusta políticas públicas y presupuestos. Claudia Sheinbaum tuvo el infortunio, además, de que coincidiera con el tsunami que representa Donald Trump. Como sabemos, la incertidumbre en los mercados por la guerra tarifaria que desató el nuevo inquilino de la Casa Blanca, provocó una contracción mundial. En cierta forma habrá salido barato si conseguimos que este annus horribilis no termine con tasa negativa.
Se argumenta que el vaticinio de que México habrá de crecer más modestamente que el resto de los países latinoamericanos en 2025 y 2026, es prueba irrefutable del mal gobierno de la 4T. En realidad, la explicación tiene más bien que ver con el hecho de que ningún país es tan sensible al factor Trump, que hoy desestabiliza y paraliza la inversión en el mundo. No solo porque, a diferencia de las economías del sur del continente, nuestras exportaciones y buena parte de la producción nacional está inmersa en cadenas articuladas a nuestro poderoso vecino. También por la vulnerabilidad en la que nos deja la vida fronteriza, el turismo, las remesas, la migración o los temas de inseguridad. La pandemia afectó a la economía de todos los países de manera bastante generalizada; el efecto Trump, en cambio, tiene un impacto más desigual, en función de la vulnerabilidad de cada país frente a Washington. Y ninguna es mayor que la nuestra.
Y, pese a todo, la estimación de que el país estaría creciendo a ritmo de 2% en el tercer año del sexenio abre la posibilidad de que el segundo trienio tome un cauce positivo y termine con un desempeño más que interesante. No se trata de una posibilidad descabellada, ni mucho menos.
Se está saneando y profesionalizando la administración pública, se realiza un esfuerzo enorme para equilibrar las finanzas de Pemex a partir de 2027 y dejar atrás el boquete que hoy representa, se exploran modalidades de inversión mixta pública y privada en renglones estratégicos, se fundan parques industriales, se negocian incentivos a la inversión de cara al Plan México, se tienden puentes con el empresariado y para bien o para mal quedará atrás la revisión del tratado comercial (T-MEC) previsto para 2026.
Nada garantiza el éxito, pero lo cierto es que tampoco estamos condenados a la catástrofe inexorable que se quiere decretar con una lectura sacada de contexto e impulsada por una mirada política interesada en el fracaso. Un fracaso que en realidad sería de todos. En resumen, estamos experimentando un típico arranque de sexenio, aunque el imponderable esta vez sea Trump. Lo que siga dependerá de muchas cosas, pero la historia y lo que está en proceso muestra que hay una buena posibilidad que sean mejores de lo que habremos de vivir los primeros dos años.
Cortesía de El Informador
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