Al entrevistado le gustaría que su país entrara en guerra. No sólo quiere: lo desea fervientemente. Mira a cámara y dice: “Entreno para tener la sensación de desquitar mi odio con alguien”. Con esa curiosa ternura militar comienza el primer episodio de Marines, la serie que acaba de estrenar Netflix.
La producción documental, de cuatro episodios de casi una hora, sigue los días de entrenamiento de la 31° Unidad Expedicionaria de Marines de los Estados Unidos en el Pacífico. Las imágenes de los episodios son, mayormente, de las operaciones rigurosamente realistas que conforman la rutina del centro.
A lo largo de los minutos, se ven entrevistas con francotiradores muy hábiles, pilotos, oficiales, coroneles y algunos especialistas del mundo militar. También ocupan buena parte de los minutos los entrenamientos de riesgo, que simulan una batalla real. De hecho, en los Estados Unidos, según datos de la propia serie, mueren más marines en entrenamientos que en combate.
El acceso y la autorización para grabar esa preparación es, quizá, el punto más destacable del documental. Los episodios ofrecen una mirada íntima y cercana de los entrenamientos por tierra, mar y aire; muestran la relación con los líderes y el rigor físico y emocional. Pero, a menos que seas un fanático de la historia de la institución, de los procedimientos militares o pienses unirte a ella, la serie pierde interés con el correr de los episodios.
La directora Chelsea Yarnell busca un enfoque cercano y dinámico de la fuerza creada en 1775, pero se queda a mitad de camino. Las historias personales de algunos de sus integrantes no se desarrollan en profundidad y sus arcos narrativos resultan superficiales.
Los entrevistados, en ocasiones, son apenas cabezas parlantes sin tensión psicológica. Apenas se insinúan temas como la motivación para unirse, el sexismo y la salud mental. Todo muy llano sin un mínimo intento de análisis en profundidad.
El resultado es una sucesión de escenas de ejercicios y pasos operativos, que empieza a volverse pesada al cabo del segundo episodio. Si en una guerra hay que elegir las batallas que vale la penar pelear, Marines hace todo lo contrario. No es tan emocionante como una buena película bélica -carece de su contingencia “real”- ni tan profunda ni reveladora como un buen documental.
Pese al intento de la directora, no bastan las entrevistas a los familiares que esperan el regreso al hogar de sus seres queridos. Ni las frases sin alma de algunos marines, como las siguientes: “Quise matar gente desde que era chico” o “La violencia es lo unico que hace que la vida sea interesante”.
El estreno de la miniserie documental coincide con los 250 años de la institución. Tal vez la intención haya sido construir una pieza propagandística. Quizá buscaban mostrar cómo se entrenan esas máquinas de matar altamente competentes y orgullosas de “servir a mi país”. O buscaban un simple alarde del poderío militar de los Estados Unidos. Sea cual sea el propósito, nada alcanza para que las casi dos horas sentado frente a la pantalla resulten interesantes.
Protagonistas: Sebastian Junger, Chris Niedziochoa y Jack Wasek.
Creadores: Chelsea Yarnell.
Duración: cuatro episodios de 50 minutos.
¿Por qué no? El documental sobre el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos intenta crear tensión y añadir suspenso a los episodios. Pero no logra mantener el ritmo ni ser atractiva.
Cortesía de Clarín
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