Tres preguntas que ayudan a tomar una decisión si estamos paralizados

En una época en la que parece que podemos elegirlo todo, nunca nos habíamos sentido tan inseguros como ahora. La promesa de libertad ilimitada se ha transformado en una fuente constante de ansiedad. Tener más opciones no siempre significa más bienestar, a veces implica tener más dudas, más culpa y más vacío. Este fenómeno se ha llamado parálisis por elección y ocurre cuando el exceso de posibilidades nos impide decidir. El cerebro se bloquea, dudamos, comparamos, postergamos… Al final, elegimos con la sensación de haber fracasado en algo. Esa indecisión cotidiana es el reflejo de un malestar contemporáneo: la dificultad de tolerar la renuncia que implica cualquier decisión.

El psicólogo Barry Schwartz ha definido este conflicto como la paradoja de la elección: más opciones no nos hacen más libres, sino más insatisfechos. En una cultura que premia la perfección, el error se vive como un fracaso personal y activa el sistema de amenaza del cerebro. Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, demostró que nuestra mente no está preparada para procesar tanta información ni para sostener tanta ambigüedad. Dudamos porque nos invade el miedo a elegir mal. Aparecen el FOMO (miedo a perder algo) y el FOBO (miedo a elegir mal). Ambos bloquean el movimiento. El resultado es un tipo de ansiedad que muchas personas describen como agotamiento mental, procrastinación o insatisfacción amplificada por las redes sociales. Nos asomamos a vidas ideales y aparentemente perfectas. Elegimos desde la comparación y no desde el deseo genuino. Así, la identidad se vuelve un proyecto en permanente revisión. Y cuanto más nos comparamos, más nos alejamos de lo que somos. El filósofo Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, señala que la sobreabundancia de estímulos destruye el deseo. Demasiadas posibilidades saturan el sistema dopaminérgico. Mientras dudamos, cabe preguntarse quién gana en este sistema. Las plataformas digitales se benefician de nuestra atención dividida: cuanto más tiempo pasamos comparando o postergando, más rentables somos. El capitalismo emocional se alimenta de nuestra inseguridad y de la promesa de una opción mejor. Una sociedad indecisa, saturada y cansada es también más manipulable.

Las investigaciones en neurociencia muestran que más del 90% de nuestras decisiones se toman de forma automática, guiadas por emociones y experiencias previas. De hecho, como señala Gerald Zaltman, profesor de Harvard, “el 95% de nuestras decisiones se toman subconscientemente”, lo que refuerza la idea de que decidimos mucho más desde la emoción que desde el análisis racional. Por lo tanto, la indecisión no siempre tiene que ver con la falta de información o con que necesitemos más opciones, sino con la dificultad de una verdadera conexión emocional. Dudar de manera prolongada, en muchos casos, también es un mecanismo de defensa. Nos protege del malestar que imaginamos tras un posible error: la culpa, la decepción o la mirada ajena. Por ejemplo, una persona que rechaza un nuevo trabajo “porque no está segura” quizá no esté dudando del empleo ni necesite más información, sino que su conflicto viene de su incapacidad para tolerar el cambio o decepcionar a su entorno.

La psicología señala varios antídotos ante el vértigo de la elección: conexión con los valores y el sentido, pausa y reconceptualizar lo que significa la libertad. La terapia de aceptación y compromiso (ACT, por sus siglas en inglés), por ejemplo, propone un cambio de enfoque: elegir desde los valores, que no son metas concretas como tener éxito o ser feliz, sino direcciones vitales. Por ejemplo, si uno de mis valores es cuidar, puedo expresar ese valor siendo médico o maestro: lo esencial no es el rol, sino la coherencia con uno mismo. Esto está relacionado con el propósito como brújula interior que orienta las decisiones: para qué hago las cosas. La construcción de este sentido implica revisar vínculos y prioridades. Es importante parar para escuchar emociones y detener la voz autocrítica.

Existen algunas preguntas que pueden ayudar antes de decidir:

—¿Qué haría si no tuviera miedo a equivocarme?

—¿Esta decisión me da paz o ansiedad?

—¿De quién es el deseo que me mueve?

La parálisis por elección no es un defecto personal, sino un síntoma de una sociedad saturada de estímulos. Mucha de la insatisfacción del individuo actual emerge de ello y de nuestro entorno. Aprender a elegir no consiste solo en tener más opciones o analizarlas de forma obsesiva y neurótica, sino en conectar con lo esencial. Para ello es importante aceptar la pérdida que implica cada elección, sostener la duda sin huir de ella y decidir desde la coherencia interna más que desde el miedo. Quizás elegir hoy en día consista en eso: detenerse, aprender a escucharse y avanzar con sentido. No se trata de acertar, sino de vivir en paz con lo que se elija.

Cortesía de El País



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