Un análisis químico moderno revela los secretos del laboratorio de Tycho Brahe, donde preparaba elixires para la nobleza europea en el siglo XVI

Durante siglos, el nombre de Tycho Brahe ha estado vinculado exclusivamente a la astronomía. Observador incansable del cielo, impulsor de nuevos instrumentos de medición y protagonista de un cambio de paradigma en el estudio de los cuerpos celestes, Brahe representa una figura monumental en la historia de la ciencia. Pero su interés no se limitaba a las estrellas. Bajo el suelo de Uraniborg, su palacio-observatorio en la isla de Ven, se escondía un laboratorio de alquimia que durante mucho tiempo ha sido objeto de especulación y misterio. Hoy, gracias a un análisis químico moderno, algunas respuestas empiezan a emerger de entre los escombros.

Un hallazgo arqueológico que resucita preguntas olvidadas

Entre 1988 y 1990, un equipo arqueológico descubrió varios fragmentos de vidrio y cerámica en lo que fue el jardín de Uraniborg. En apariencia, simples restos de vasijas rotas. Sin embargo, su forma sugería que podrían haber pertenecido al laboratorio subterráneo del astrónomo, donde durante dos décadas practicó la alquimia de forma paralela a su labor astronómica.

El hallazgo permaneció durante años en el inventario del Museo Histórico de Lund. Fue en 2024 cuando un equipo liderado por Kaare Lund Rasmussen, experto en arqueometría de la Universidad del Sur de Dinamarca, sometió cinco de estos fragmentos a un análisis químico mediante espectrometría de masas con plasma acoplado inductivamente por ablación láser. El objetivo era claro: detectar rastros de sustancias químicas utilizadas en el laboratorio, tanto en la cara interna como externa de las piezas. Los resultados fueron sorprendentes.

Tycho Brahe retratado en un óleo pintado sobre lienzo hacia el año 1596
Tycho Brahe retratado en un óleo pintado sobre lienzo hacia el año 1596. Fuente: Wikimedia

El enigma del wolframio y otros elementos inesperados

En cuatro de las cinco piezas analizadas se encontraron concentraciones anómalas de elementos como oro, mercurio, plomo, estaño, antimonio, cobre, níquel, zinc y, para asombro del equipo, tungsteno (wolframio). Este último es especialmente llamativo, ya que no fue identificado como elemento químico hasta más de 180 años después de la muerte de Brahe.

La presencia de tungsteno, que en tiempos de Brahe solo podía haber llegado a sus manos en forma de mineral desconocido, plantea serias preguntas. ¿Pudo haber aislado accidentalmente este metal sin conocer su verdadera naturaleza? ¿Estaba utilizando minerales que contenían tungsteno sin saberlo, tal vez siguiendo tradiciones empíricas heredadas del saber alquímico medieval? Aunque no hay evidencia directa de que Brahe supiera lo que tenía entre manos, el hecho de que el elemento esté presente sugiere que, en cierto modo, su laboratorio llegó más lejos de lo que la ciencia de su época era capaz de comprender.

Un laboratorio oculto y meticuloso

Uraniborg no era solo un observatorio. En su planta baja albergaba una biblioteca y una sala de estudio. Pero en el sótano, un espacio circular de más de once metros de diámetro escondía dieciséis hornos distintos: algunos para destilar con arena, otros para calentar mediante cenizas, reverberatorios, digestores y sistemas de condensación con tubos que salían al exterior. Incluso el salón familiar llegó a incorporar hornos adicionales, lo que sugiere que la actividad alquímica no se limitaba a un espacio aislado, sino que impregnaba la vida cotidiana de la casa.

Aunque Brahe fue extremadamente reservado respecto a sus experimentos —al contrario de su prolífica producción en astronomía—, se sabe que trabajaba en lo que él llamaba ars spagyrica, una forma de alquimia medicinal inspirada en las teorías de Paracelso. No perseguía la transformación de metales en oro, sino el desarrollo de remedios para enfermedades graves como la peste, la sífilis, la lepra o dolencias crónicas como problemas gástricos o infecciones cutáneas.

Ilustración en color de un complejo astronómico medieval, con edificios abovedados rodeados por una muralla cuadrangular. Grabado coloreado del observatorio de Stjerneborg, situado en la isla de Hven, entre la actual Suecia y Dinamarca, construido por Tycho Brahe en el año 1584
Ilustración en color de un complejo astronómico medieval, con edificios abovedados rodeados por una muralla cuadrangular. Grabado coloreado del observatorio de Stjerneborg, situado en la isla de Hven, entre la actual Suecia y Dinamarca, construido por Tycho Brahe en el año 1584. Fuente: Wikimedia

El célebre elixir Tychonis es uno de los productos más misteriosos de la alquimia de Brahe. Sabemos que se componía de tres fórmulas conocidas como Medicamenta tria, pero sus recetas completas no han sobrevivido. Fragmentos de esas fórmulas fueron registrados décadas después por científicos como Pierre Gassendi o Thomas Bartholin, quienes citan ingredientes tan dispares como el oro potable, vitriolo de cobre, polvo de piedras preciosas, carne de víbora y aceites destilados. En su esencia, se trataba de una medicina de lujo, destinada a la nobleza y elaborada con procesos extremadamente complejos.

Uno de los ingredientes principales era el theriacum, un compuesto con más de 60 componentes, entre ellos opio y carne de serpiente. Se consideraba una panacea contra casi cualquier enfermedad. Tycho enviaba estas fórmulas a personajes tan poderosos como el emperador Rodolfo II del Sacro Imperio Romano Germánico, lo que revela el estatus casi mítico que había adquirido como médico alquimista.

Para Brahe, la conexión entre el cielo y la tierra no era metafórica: era científica. El Sol estaba relacionado con el oro y el corazón; la Luna, con la plata y el cerebro; Júpiter, con el estaño y el hígado; Venus, con el cobre y los riñones; Saturno, con el plomo y el bazo; Marte, con el hierro y la vesícula biliar; Mercurio, con el mercurio y los pulmones. Estas correspondencias —herencia de la Tabula Smaragdina de Hermes Trismegisto— justificaban su dedicación paralela a la astronomía y a la medicina alquímica. En su mente, estudiar las estrellas era también estudiar el cuerpo humano.

Grabado de Tycho Brahe realizado por un artista anónimo
Grabado de Tycho Brahe realizado por un artista anónimo. Fuente: Universal History Archive

Un laboratorio silenciado por siglos

Tras su muerte en 1601, Uraniborg fue demolido por orden real, y sus materiales reutilizados. El laboratorio, como sus secretos, desapareció. Sin embargo, los restos químicos hallados en simples fragmentos de vidrio y cerámica ofrecen hoy una ventana directa al pasado. La presencia de oro y mercurio valida el uso de metales preciosos como medicina. El rastro de antimonio y plomo apunta a las terapias minerales propias de la alquimia. Y el tungsteno, completamente inesperado, recuerda que el conocimiento puede anticipar, incluso sin saberlo, los hallazgos de siglos futuros.

Por primera vez, tenemos pruebas materiales —no solo conjeturas o documentos— de que Brahe no solo miraba a las estrellas, sino que también exploraba la complejidad de la materia en la Tierra. Su laboratorio ha empezado, lentamente, a hablar.

Referencias

  • Rasmussen, K.L., Grinder-Hansen, P. Chemical analysis of fragments of glass and ceramic ware from Tycho Brahe’s laboratory at Uraniborg on the island of Ven (Sweden). Herit Sci 12, 228 (2024). DOI: 10.1186/s40494-024-01301-6

Cortesía de Muy Interesante



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