La ciencia lo confirma: la caza humana, y no el clima, provocó la extinción de mamuts, rinocerontes lanudos y otros grandes mamíferos

Durante décadas, el debate sobre por qué desaparecieron los grandes animales del planeta parecía no tener una respuesta definitiva. ¿Fueron los cambios climáticos tras la última glaciación los responsables del colapso de la megafauna? ¿O fue, más bien, la aparición de un nuevo tipo de depredador: nosotros? Ahora, una revisión exhaustiva liderada por investigadores de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, ofrece una respuesta inequívoca y con un respaldo científico difícil de rebatir: los humanos fuimos los principales responsables de la gran extinción de megafauna durante el Cuaternario tardío.

El estudio, publicado en Cambridge Prisms: Extinction, revisa más de 300 investigaciones científicas de distintas disciplinas. Su conclusión no deja lugar a dudas: la caza sistemática por parte de los humanos acabó con al menos 161 especies de grandes mamíferos, muchas de ellas de más de una tonelada de peso. Y lo más revelador es que esta catástrofe no fue un hecho puntual, sino un proceso largo, escalonado y global que alteró de forma irreversible los ecosistemas terrestres del planeta.

Un fenómeno sin precedentes en millones de años

Hace unos 50.000 años, la Tierra estaba habitada por criaturas que hoy solo podemos imaginar en museos o reconstrucciones digitales: mastodontes, mamuts, rinocerontes lanudos, perezosos gigantes, castores del tamaño de osos, tigres con colmillos de sable, aves no voladoras enormes y reptiles descomunales. Estas especies, conocidas colectivamente como megafauna, eran el pilar estructural de los ecosistemas terrestres.

Pero, con la expansión del ser humano moderno desde África hacia todos los rincones del planeta, algo cambió. Allí donde llegaba el Homo sapiens, las especies más grandes desaparecían en pocas generaciones. En algunos lugares, como Australia, el 90% de la megafauna se extinguió en un periodo inferior a 10.000 años tras la llegada de los humanos. En América del Norte y del Sur, el patrón fue casi idéntico. Solo en África, donde los grandes animales llevaban millones de años conviviendo con homínidos, las pérdidas fueron algo más moderadas, pero igualmente significativas.

Según el estudio, esta extinción fue altamente selectiva. No afectó de forma masiva a plantas, insectos, peces ni aves pequeñas. Fue un fenómeno que se cebó únicamente con los gigantes: los animales de más de 45 kilos, especialmente aquellos que superaban la tonelada. De los 57 grandes herbívoros terrestres que existían hace 50.000 años, solo 11 han sobrevivido hasta nuestros días, y la mayoría están hoy en peligro de extinción.

La imagen muestra cuántas especies grandes se extinguieron según su tamaño y región. En negro, el total de especies; en rojo, las que desaparecieron
La imagen muestra cuántas especies grandes se extinguieron según su tamaño y región. En negro, el total de especies; en rojo, las que desaparecieron. Fuente: Aarhus University ECONOVO / Cambridge Prisms: Extinction

Cazadores con estrategia y paciencia mortal

Lejos de ser una caza desorganizada, la actividad cinegética de los humanos primitivos fue metódica y eficaz. Trampas para presas gigantes, lanzas con restos de proteínas animales, herramientas líticas diseñadas para atravesar pieles gruesas y huesos resistentes: la arqueología ha demostrado que nuestros antepasados sabían perfectamente a qué se enfrentaban y cómo abatirlo.

La clave del éxito humano fue doble: inteligencia colectiva y paciencia evolutiva. Los grandes animales, como los mamuts o los rinocerontes lanudos, tenían un ritmo de reproducción lento, ciclos vitales largos y pocos descendientes. Bastaba con presionar mínimamente sus poblaciones durante varias generaciones para que el colapso fuese inevitable.

Lo más inquietante es que estos patrones de caza fueron replicados en cada continente, con independencia del clima, el ecosistema o la especie concreta. En todos los casos, la llegada del Homo sapiens coincidió con el principio del fin de la megafauna local.

Ni el frío ni el calor los mató

Uno de los argumentos más utilizados para explicar estas desapariciones ha sido el cambio climático. Es cierto que el final del Pleistoceno trajo consigo una sucesión de glaciaciones y periodos interglaciares que transformaron los paisajes del mundo. Pero, según el equipo danés, ninguna de esas alteraciones climáticas provocó extinciones tan selectivas y sistemáticas como las ocurridas en los últimos 50.000 años.

De hecho, eventos climáticos anteriores aún más drásticos no generaron un colapso similar. Y lo más contundente: las extinciones ocurrieron incluso en regiones donde el clima se mantuvo estable, lo que desmonta por completo la teoría de que fue el entorno el que se volvió hostil.

Además, muchos de los animales extintos eran especies generalistas, adaptadas a múltiples hábitats y climas. No desaparecieron por falta de alimento ni por condiciones extremas. Desaparecieron porque alguien más los quería muertos.

Los seres humanos provocaron la desaparición de los grandes mamíferos
Los seres humanos provocaron la desaparición de los grandes mamíferos. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Una herida abierta en los ecosistemas

Más allá de la pérdida simbólica y cultural que representa la desaparición de estos gigantes, las consecuencias ecológicas han sido profundas y duraderas. Los grandes herbívoros y carnívoros no eran solo un espectáculo de la naturaleza; eran ingenieros ecológicos.

Su mera presencia moldeaba el paisaje: dispersaban semillas, controlaban la vegetación, fertilizaban suelos, creaban claros en los bosques, mantenían abiertas rutas migratorias. Su desaparición ha transformado los ecosistemas en todos los continentes, generando lo que algunos científicos llaman “el síndrome del bosque vacío”: hábitats aparentemente intactos pero profundamente desequilibrados.

Por eso, el artículo también lanza una propuesta provocadora: reintroducir grandes mamíferos donde sea posible. Es lo que se conoce como reintroducción trófica, una corriente de pensamiento ecológico que propone restaurar funciones perdidas mediante la vuelta —o sustitución funcional— de grandes especies animales.

Investigadores de la Universidad de Aarhus concluyen que la caza humana, y no el clima, fue clave en la extinción de grandes mamíferos hace 50.000 años. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian Pérez

Un espejo incómodo del presente

Aunque nos cueste imaginarlo, lo que ocurrió entonces no fue un accidente, ni una anomalía. Fue el inicio de una tendencia que continúa hoy. Desde hace milenios, el ser humano ha continuado empujando a los grandes animales al borde de la extinción: bisontes, elefantes, rinocerontes, tigres, osos polares… todos siguen la misma senda que recorrieron los mamuts.

Este trabajo no es solo un estudio sobre el pasado, sino una advertencia sobre el futuro. Nos recuerda que nuestra relación con los animales ha estado marcada por el poder, no por la convivencia. Y que, para cambiar el rumbo, necesitamos más que proteger: necesitamos restaurar, repensar y reconciliarnos con la naturaleza que destruimos.

Referencias

  • Jens-Christian Svenning et al, The late-Quaternary megafauna extinctions: Patterns, causes, ecological consequences and implications for ecosystem management in the Anthropocene, Cambridge Prisms: Extinction (2024). DOI: 10.1017/ext.2024.4

Cortesía de Muy Interesante



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