En la historia urbana de Europa, los grandes cambios suelen dejar su huella en la arquitectura, los documentos o el arte. Pero a veces, las pistas más reveladoras se encuentran en lugares menos evidentes. Bajo las casas, los mercados y los ayuntamientos de una ciudad flamenca llamada Aalst, las capas de sedimentos acumuladas en antiguos pozos negros han conservado durante siglos un archivo inesperado: restos fecales humanos que hoy nos permiten conocer la evolución de la salud intestinal a lo largo de generaciones.
Un estudio paleoparasitológico ha analizado las letrinas de Aalst desde el siglo XII hasta el XVII, mostrando que al menos cuatro especies de parásitos intestinales convivieron con los habitantes de la ciudad durante más de 600 años, sin que los cambios arquitectónicos, sanitarios ni sociales consiguieran erradicarlos. Lejos de ser un detalle menor, este hallazgo revela la continuidad biológica de las infecciones en uno de los espacios más dinámicos y densamente poblados de la Europa premoderna.
Un laboratorio bajo los pies de Aalst
La investigación se basa en el análisis de siete letrinas urbanas, o más precisamente, de sus sedimentos, excavadas en distintos puntos de la ciudad entre 1999 y 2021. Las muestras abarcan desde pozos rudimentarios sin revestir del siglo XII hasta fosas con revestimiento de ladrillo propias del Renacimiento, lo que permite estudiar la evolución de la contaminación intestinal a lo largo de un amplio arco cronológico.
En total se procesaron 14 muestras de sedimento tomadas de las capas más profundas, donde se acumula mayor concentración de restos fecales humanos. En ellas se aplicaron técnicas de microscopía y análisis inmunoenzimáticos (ELISA) para detectar tanto huevos de helmintos como posibles rastros de protozoos intestinales. El resultado fue claro: todos los sedimentos contenían huevos de parásitos, y en la mayoría se detectaron más de una especie.
Cuatro especies que nunca se fueron
Los investigadores identificaron cuatro tipos de parásitos intestinales: Ascaris lumbricoides (lombriz intestinal), Trichuris trichiura (gusano látigo), Echinostoma (un tipo de duela o trematodo) y Dicrocoelium (duela hepática). Los dos primeros son los más abundantes y persistentes. Según los autores, “la dominancia de Ascaris y Trichuris en todos los periodos muestra que el saneamiento basado únicamente en letrinas no fue suficiente para romper el ciclo de reinfección”.
Estas dos especies se transmiten por contacto con alimentos o agua contaminada con heces, lo que indica una higiene deficiente, independientemente del estatus social de quienes usaban las letrinas. De hecho, los parásitos se hallaron tanto en fosas vinculadas a casas modestas como en otras atribuidas a familias acomodadas.
Los otros dos parásitos encontrados tienen un componente más interesante: son zoonóticos, es decir, pueden transmitirse entre humanos y animales. La presencia de Dicrocoelium sugiere el consumo de plantas mal lavadas o hígado de rumiantes poco cocido. En el caso de Echinostoma, probablemente su origen está en el consumo de pescado de agua dulce crudo, ahumado o poco cocinado, como indican también los restos de cocina encontrados en el mismo contexto arqueológico.

Cambios arquitectónicos que no marcaron la diferencia
Una de las hipótesis del estudio era que la evolución tecnológica de las letrinas podría haber reducido el riesgo de contagio. En los siglos XII y XIII predominaban los pozos sin revestir, excavados directamente en el suelo, mientras que desde el siglo XV se generalizó el uso de estructuras con paredes de ladrillo que, en teoría, limitaban la filtración de residuos al entorno.
Sin embargo, la evidencia no confirma esa mejora sanitaria. Los parásitos permanecieron presentes antes y después de la introducción de las letrinas de ladrillo, y con concentraciones similares. Como explican los autores, “nuestros hallazgos sugieren que el saneamiento en el siglo XVII no fue más eficaz para prevenir las infecciones que en el siglo XII”.
Una de las razones puede ser el uso habitual del contenido de las letrinas como fertilizante agrícola, una práctica común hasta el siglo XIX. Esto cerraba un círculo perfecto para la reinfección: los huevos de parásitos regresaban a los alimentos a través de la tierra.
¿Y los protozoos? Una ausencia reveladora
Aunque los investigadores esperaban detectar también protozoos intestinales como Giardia o Entamoeba, las pruebas ELISA dieron negativo en todas las muestras. Esto no significa que no estuvieran presentes en su momento, sino que sus estructuras son tan frágiles que podrían haberse degradado en el entorno ácido y húmedo de los pozos.
Otra posibilidad es que las personas que usaban esas letrinas no estuvieran infectadas en ese momento, o que las condiciones de conservación impidieran su detección actual. Sea como sea, esta ausencia contrasta con otros estudios realizados en ciudades cercanas donde sí se han hallado estos protozoos.
Comer pescado, compartir infecciones
Uno de los hallazgos más consistentes del estudio es la presencia de Echinostoma en letrinas de todas las épocas analizadas, entre los siglos XII y XVI. Este parásito requiere un huésped intermediario, normalmente peces o moluscos de agua dulce. Su presencia indica que el consumo de estos alimentos, posiblemente en crudo o poco cocidos, fue una constante en la dieta urbana de Aalst a lo largo de los siglos.
Los análisis de isótopos estables en esqueletos humanos del mismo periodo ya habían señalado una dieta rica en pescado, especialmente en varones. Ahora, los restos parasitarios confirman que esos hábitos alimentarios no solo eran comunes, sino que también eran una vía continua de transmisión de enfermedades invisibles.
Lo que dicen las letrinas sobre la vida urbana
Más allá de las cifras y las especies, este estudio ofrece una mirada íntima a la vida cotidiana en una ciudad medieval y moderna. Pese a los avances en urbanización, comercio y tecnología, los hábitos cotidianos ligados a la higiene, la alimentación y el uso compartido del espacio hicieron que los mismos parásitos acompañaran a generaciones enteras de habitantes de Aalst.
Este trabajo demuestra, además, el valor científico de los restos más olvidados: los residuos humanos. Lejos de ser desechos sin interés, son testigos microscópicos de prácticas sociales, desigualdades sanitarias y continuidades biológicas que los documentos escritos no suelen registrar.
Referencias
- Sophie Rabinow, Koen Deforce, Piers D. Mitchell. Continuity in intestinal parasite infection in Aalst (Belgium) from the medieval to the early modern period (12th–17th centuries). International Journal of Paleopathology, vol. 41 (2023), pp. 43–49. DOI: https://doi.org/10.1016/j.ijpp.2023.03.001.
Cortesía de Muy Interesante
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