Menos presión por “ser feliz” y mayor énfasis en plenitud, el eje del bienestar para el 2026

El inicio de un nuevo año marca un giro en cómo entender el bienestar con una visión más integral, preventiva y personalizada. La salud mental gana centralidad junto a la física, el trabajo y la vida personal se replantean desde la sostenibilidad emocional. 

Ante un escenario de desgaste emocional acumulado y mayor conciencia sobre la salud mental, la idea de ser feliz como una meta ya comienza a perder fuerza. En su lugar, toma relevancia un concepto distinto: la plenitud.

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De acuerdo con Jorge Bolio, estratega de vida y facilitador de transformación personal, explica que cuando la felicidad se convierte en una exigencia permanente, deja de ser un motor y se transforma en una fuente de frustración. La plenitud, en cambio, pone el acento en el propósito, en el proceso, la responsabilidad personal y la capacidad de atravesar momentos complejos sin perder sentido.

“Este cambio refleja una mayor madurez social. Durante años, la felicidad se asumió como el estándar, pero hoy empieza a ser cuestionada como única medida de bienestar.

Bienestar

A escala mundial, más de 1,000 millones de personas tienen una afección de salud mental, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS); y trastornos como la ansiedad y la depresión se mantienen entre las principales causas.

Durante la última década, el bienestar se asoció con alcanzar metas como el éxito profesional o la estabilidad financiera. Sin embargo, esa lógica amplió la brecha entre expectativa y realidad y dejó mayor desgaste emocional, dificultad para regular las emociones, sensación de vacío tras cumplir objetivos externos y una desconexión persistente.

De acuerdo con el experto, la plenitud empieza a posicionarse como una alternativa. A diferencia de la felicidad entendida como un estado final y permanente, la plenitud es una decisión individual que se construye día a día, a partir de elecciones cotidianas y de una relación más consciente con el entorno personal, social y emocional.

“La conversación ya no es sobre sentirse bien o no, es sobre vivir con propósito. Eso implica aceptar que no todos los días son felices, pero sí pueden ser significativos”, explica Bolio.

Los pilares que explican el cambio

De acuerdo con Bolio, este enfoque se sostiene en tres elementos que cada vez aparecen más en conversaciones sobre salud mental y bienestar:

  • Responsabilidad individual. Significa asumir que las decisiones del día a día influyen directamente en cómo se siente cada persona. Ignorar ese impacto suele traducirse en cansancio emocional y frustración acumulada.
  • Gratitud activa. No se trata de optimismo forzado, sino de reconocer avances, valorar lo que ya se tiene y poner en perspectiva lo que falta. Esto ayuda a disminuir la sensación de carencia, que suele estar detrás de la ansiedad y el desgaste emocional.
  • Contribución. En lugares donde la desconexión social es creciente, involucrarse —aunque sea desde acciones pequeñas y sostenidas— fortalece el sentido de pertenencia y devuelve el propósito.

El inicio del año, generalmente, lleva a las personas a replantear las expectativas heredadas sobre el éxito y el bienestar. En ese proceso, la plenitud comienza a ocupar un lugar fundamental como una forma de enfrentar un año que arranca con desafíos emocionales y sociales evidentes.

“La felicidad puede ser un instante. La plenitud es decisión de cada persona y una forma de habitar la vida. Y ese cambio de enfoque está marcando cómo muchas personas van a comenzar el nuevo año”, concluye Bolio.

Cortesía de El Economista



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