Hannah Arendt, filósofa: “Al soldado no se le pedía que consultara la voz de su conciencia”

Durante décadas se ha intentado explicar el mal extremo recurriendo a figuras excepcionales. Se ha buscado en la crueldad consciente, en el fanatismo ideológico o en la perversión moral una explicación suficiente para crímenes que desbordan cualquier escala anterior. Esa necesidad de identificar monstruos responde menos a un análisis riguroso que a un mecanismo de defensa: si el mal pertenece a individuos anómalos, queda fuera del alcance de la normalidad social y, por tanto, fuera de nosotros.

El juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén obligó a Hannah Arendt a desmontar esa comodidad intelectual. Lo que encontró no fue a un demonio ni a un psicópata, sino a un burócrata corriente, obsesionado con su carrera, con el cumplimiento de órdenes y con la correcta ejecución de tareas administrativas. De esa constatación surgió una de sus ideas más incómodas y más malentendidas: la banalidad del mal. Y dentro de ese marco, una frase adquiere un peso decisivo: “Al soldado no se le pedía que consultara la voz de su conciencia”.

La banalidad del mal como ausencia de pensamiento

La banalidad del mal no describe un mal pequeño, trivial o irrelevante. Describe un mal que no nace de una voluntad demoníaca, sino de la ausencia de pensamiento. Arendt utiliza el término “banal” para señalar que el horror puede ejecutarse sin profundidad moral, sin conflicto interior y sin reflexión, cuando la acción se reduce al cumplimiento automático de una función.

En el caso de Eichmann, la clave no fue el odio personal hacia las víctimas, sino la incapacidad —o la renuncia— a pensar desde el lugar del otro y desde las consecuencias finales de sus actos. La maquinaria administrativa del exterminio permitía que cada paso se presentara como un trámite aislado, técnicamente correcto y moralmente neutro. En ese contexto, el mal no necesitaba justificarse ideológicamente a cada instante: bastaba con que funcionara.

Hannah Arendt. Fuente: Wikipedia

Obedecer sin consultar la conciencia

La frase de Arendt señala el punto exacto donde se rompe el vínculo entre acción y responsabilidad. No se trata de que al soldado se le prohibiera explícitamente pensar, sino de que el sistema estaba diseñado para que pensar no fuera necesario. La obediencia sustituía al juicio moral, y la legalidad ocupaba el lugar de la conciencia.

Al soldado no se le pedía que consultara la voz de su conciencia

Hannah Arendt

Consultar la conciencia implica introducir una pausa, una fricción entre la orden recibida y la acción ejecutada. Implica reconocer que obedecer no exime de responsabilidad. El régimen nazi eliminó sistemáticamente esa fricción. Cuando la norma se presenta como absoluta y la desobediencia como impensable, la conciencia queda relegada a un plano irrelevante, casi decorativo.

La legalidad invertida y el refugio burocrático

Uno de los aspectos más perturbadores del análisis de Arendt es la inversión de la legalidad. En un Estado criminal, lo ilegal deja de ser una excepción y se convierte en norma. El funcionario ya no se pregunta si algo es justo, sino si es conforme al reglamento. La ley, que debería proteger frente al crimen, se convierte en su principal instrumento.

La burocracia ofrece entonces un refugio moral perfecto. Permite ejecutar acciones devastadoras sin enfrentarse a su significado último. Cada decisión se diluye en un procedimiento, cada responsabilidad se reparte hasta desaparecer. El resultado es un mal que no necesita convicciones profundas, solo eficiencia.

Eichman, durante el juicio de 1961. Fuente: Wikipedia

Eichmann en Jerusalén: un libro que incomodó incluso a sus lectores

Eichmann en Jerusalén no escandalizó por los datos que aportaba, sino por la mirada que proponía. Hannah Arendt no escribió el libro para reconstruir el horror ni para dictar una sentencia moral adicional, sino para describir algo que el propio juicio había puesto de manifiesto y que resultaba mucho más inquietante: la posibilidad de que el mal extremo no necesitara fanatismo, odio ni convicciones profundas para ejecutarse.

El libro incomodó porque rompía con la expectativa de encontrar un monstruo, y obligaba a enfrentarse a una figura mucho más difícil de asimilar: un hombre corriente, perfectamente integrado en el sistema, que hablaba con el lenguaje de la administración y se refugiaba en la corrección formal de su trabajo. En ese sentido, Eichmann en Jerusalén no explica el mal, sino que desmonta las explicaciones tranquilizadoras que permiten mantenerlo a distancia.

Por eso la frase “Al soldado no se le pedía que consultara la voz de su conciencia” no es un detalle anecdótico del libro, sino su nervio central. Arendt muestra que el verdadero peligro no reside solo en las ideologías criminales, sino en los sistemas que hacen innecesario pensar, que sustituyen el juicio moral por la obediencia y convierten la responsabilidad en un trámite difuso.

La banalidad del mal y la buena sociedad

La banalidad del mal no se sostiene solo en estructuras autoritarias, sino también en la respetabilidad social. Eichmann se movía cómodamente dentro de lo que consideraba la “buena sociedad”, guiado por el éxito y el reconocimiento. La conciencia no le reprochaba nada porque hablaba con la voz del entorno que le rodeaba.

Este punto resulta especialmente incómodo, porque rompe con la idea de que el mal se sitúa siempre en los márgenes. Arendt muestra cómo puede instalarse en el centro mismo de la normalidad, alimentado por valores socialmente aceptados como la eficacia, la disciplina o la ambición profesional.

Pensar como forma de resistencia

Frente a este panorama, Arendt no ofrece una solución moralizante ni una receta ética sencilla. Su propuesta es más exigente y más frágil: pensar. Pensar como acto cotidiano, como diálogo interior, como negativa a delegar completamente el juicio moral en la norma o en la autoridad.

La frase “Al soldado no se le pedía que consultara la voz de su conciencia” no describe solo una práctica del pasado. Funciona como una advertencia permanente. Cada vez que la obediencia se presenta como virtud suprema y el pensamiento como obstáculo, el terreno queda preparado para que la banalidad del mal vuelva a operar, de forma discreta, eficaz y devastadora.

Cortesía de Muy Interesante



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