En 2004, hace más de 20 años, se estrenó en cines La Aldea (The Village), una película de M. Night Shyamalan que narra la historia de una comunidad en el siglo XIX que vive apartada del resto de la civilización. La aldea está rodeada por un bosque que sus habitantes tienen prohibido cruzar debido a las criaturas que acechan en su interior. Sin embargo, una joven ciega llamada Ivy se adentra allí y eso la lleva a descubrir un oscuro secreto.
La cinta, que recibió críticas muy positivas, fue objeto de polémica cuando la editorial Simon & Schuster acusó a Shyamalan de haber plagiado ideas de la novela de Margaret Peterson Haddix, Running Out of Time. Sin embargo, lo cierto es que la inspiración para estas historias no está en la ficción, sino en un hecho ocurrido en la vida real: nos referimos al caso de la familia Lykov.
Una cabaña en medio de la taiga
En 1978, un grupo de geólogos sobrevolaba la taiga soviética en la región de Jakasia del sur, en Siberia, en busca de zonas de minería, petróleo y gas natural. Sin embargo, encontraron algo que no esperaban: una cabaña rodeada por un jardín y un pequeño huerto. Para los especialistas esto fue un hallazgo de lo más extraño, dado que el asentamiento humano conocido más cercano a aquella zona se encontraba a 200 kilómetros de distancia.
Galina Pismenskaya, una de las científicas que viajaba en el helicóptero, contó en 1994 al periodista Vasily Peskov que, al acercarse a investigar, se encontraron con un anciano de larga barba que parecía asustado. “Lo saludamos y, aunque no nos respondió de inmediato, a los pocos minutos nos dijo: ‘Si han venido desde tan lejos, le mejor es que sigan a nuestra casa’“.
El hombre en cuestión era Karp Lykov, padre de cuatro hijos que vivían con él en ese sitió agreste desde hacía 42 años: Savin, Dmitriy, Natalia y Agafia. De acuerdo con Peskov, en su libro Lost in the Taiga, los primeros intercambios entre los geólogos y la familia fueron difíciles, ya que, debido al aislamiento, los Lykov habían olvidado un poco el ruso y en cambio hablaban algo que “sonaba como un arrullo lento y borroso“.
Lo que sorprendió a la familia durante el primer encuentro era el televisor que los científicos llevaban para registrar el momento. Y es que, aunque sabían que había más personas viviendo en grandes ciudades más allá del bosque, ninguno de los miembros vivos, salvo Karp, había visto nunca algo como eso. Los Lykov vivían incomunicados, y no se habían enterado, por ejemplo, de la Segunda Guerra Mundial o de la llegada del ser humano a la Luna.
Según un artículo publicado en Smithsonian Magazine, la familia también rechazó mermelada, té y pan que los geólogos les ofrecieron. “No se nos permite eso“, murmuraron. Cuando Pismenskaya preguntó si habían comido pan alguna vez, el padre respondió: “Sí. Pero ellas no. Nunca lo han visto“, refiriéndose a las dos hijas.

Karp Lykov y su hija Agafia Karpovna Lykova, la única sobreviviente.
La familia que huyó al bosque para vivir según su fe
Pero, ¿cómo fue que una familia entera terminó aislada en la inclemente taiga siberiana? Para conocer esta historia hay que viajar a la Rusia soviética, cuando los “viejos creyentes” de la iglesia cristina ortodoxa fueron perseguidos, primero por el régimen zarista y luego por los comunistas tras la revolución bolchevique de 1917. El motivo fue la reforma de Nikon establecida en 1654, la cual buscaba, a grandes rasgos, simplificar el culto para hacerlo accesible a todos los rusos, algo que los viejos creyentes no aceptaban.
En 1936, una patrulla bolchevique le disparó al hermano de Karb, lo que llevó al hombre a retirarse al bosque junto a su esposa Akulina y sus entonces únicos dos hijos: Savin y Natalia. Durante 42 años antes de ser encontrados por los geólogos, la familia vivió de la caza, la recolección y de lo que producían en su pequeño huerto. Aunque sabían que en la civilización podrían encontrar comodidad, prefirieron la taiga, donde podían practicar su fe libremente.
Sin duda, la vida allí fue sumamente desafiante para los Lykov, en especial cuando no pudieron reemplazar las herramientas que llevaron con ellos desde Rusia. La familia contó que hubo un periodo de 10 años a los que llamaron “los años del hambre“, en los que sobrevivieron solo comiendo el cuero de sus zapatos y vistiéndose con las pieles de los animales que cazaban.
Akulina fue la primera en fallecer, en 1961. 20 años después le siguieron sus hijos Dimitry, Natalia y Savin. Los dos primeros, a causa de una infección en los riñones, mientras que Savin pereció a causa de la neumonía. Karb falleció de causas naturales en 1988. La única sobreviviente es Agafia, quien a pesar de que ha viajado a otras ciudades, prefirió quedarse en la cabaña donde creció y donde espera morir.
Cortesía de Xataka
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