Groenlandia evoca imágenes de hielo interminable y osos polares deambulando bajo la aurora boreal. Sin embargo, esta inmensa isla ártica –la más grande del mundo– es mucho más que hielo eterno: es el escenario de una historia humana antigua y fascinante. Desde cazadores prehistóricos hasta aventureros vikingos, Groenlandia ha sido testigo de hazañas, misterios y encuentros culturales que desmienten su reputación de páramo desolado.
Primeros pobladores en el extremo del mundo
Mucho antes de la llegada de los europeos, Groenlandia estuvo habitada por pueblos árticos que supieron adaptarse a un entorno extremo. Las excavaciones arqueológicas revelan que hace más de 4.000 años grupos de cazadores-recolectores llegaron a la isla desde Norteamérica, sobreviviendo a base de pesca y caza de focas en las costas heladas. Aquellas primeras culturas paleo-esquimales desaparecieron con el tiempo, pero les sucedieron otras. En el norte y occidente de Groenlandia florecieron comunidades de la cultura Dorset, un pueblo anterior a los inuit que ya ocupaba la isla cuando arribaron los siguientes visitante
Los ancestros directos de los inuit modernos no pisarían Groenlandia hasta alrededor del año 1200 de nuestra era. Estos recién llegados, pertenecientes a la cultura Thule y originarios de Alaska y Canadá, eran hábiles cazadores con kayak y trineo. En pocas generaciones se extendieron por las costas groenlandesas, convirtiéndose en los únicos habitantes humanos de la isla durante siglos. Esa cultura sentó las bases de la identidad inuit que perdura hasta hoy.
Aventureros vikingos: la llegada de Erik el Rojo
El aislamiento de Groenlandia terminó abruptamente en el siglo X, cuando aventureros vikingos divisaron sus costas lejanas. Según las sagas nórdicas, hacia 982 un enérgico explorador llamado Erik Thorvaldsson, más conocido como Erik el Rojo por el color de su cabello y su carácter fogoso, fue desterrado de Islandia tras cometer un homicidio. Sin nada que perder, Erik zarpó con su familia hacia lo desconocido y así llegó a una tierra nueva al oeste. Allí exploró los fiordos del suroeste de Groenlandia y encontró valles verdes en verano, con pastos abundantes que contradecían la imagen de un yermo glacial.
Cumplida su condena, Erik regresó a Islandia y convenció a otros de acompañarlo. Bautizó aquella tierra como Grønland (“tierra verde”) para seducir a posibles colonos con un nombre prometedor. En 985, zarpó un convoy de 25 barcos rumbo a Groenlandia liderado por Erik, de los cuales solo 14 lograron arribar a las costas. Así nacieron los asentamientos vikingos, con granjas dispersas en dos regiones principales: el Asentamiento Oriental, donde Erik estableció su granja en Brattahlid (hoy Qassiarsuk), y el Asentamiento Occidental unos 500 kilómetros más al norte.

Granjas vikingas bajo el cielo ártico
Durante siglos, Groenlandia fue hogar de una pequeña pero tenaz sociedad nórdica. Los colonos criaban ganado y ovejas en tierras sorprendentemente fértiles durante los breves veranos, y construyeron iglesias de piedra junto a praderas donde pastaba el ganado. Se estima que la colonia llegó a tener entre 3.000 y 5.000 habitantes en su apogeo. Imaginemos la estampa: caseríos de madera salpicando valles verdes, humo escapando de las chimeneas mientras mugen las vacas en los establos, todo rodeado por montañas nevadas.
Los groenlandeses nórdicos vivían al límite de lo posible, pero no del todo aislados. De hecho, comerciaban con marfil de morsa, que en Europa se vendía como cuerno de unicornio, y con pieles, a cambio de madera, hierro y otros suministros traídos en barcos cada verano. Con el tiempo, esta remota colonia pasó a depender del reino de Noruega en 1261, aunque los granjeros vikingos mantuvieron sus propias leyes locales. A finales del siglo XIV, Noruega se unió bajo la corona de Dinamarca, y Groenlandia quedó en la órbita danesa casi sin que sus habitantes lo notaran. La pequeña sociedad continuó con sus rutinas en el confín del mundo conocido, apenas enterada de los cambios políticos en Europa.
El misterio de Hvalsey y el fin de la colonia vikinga
Uno de los últimos rastros fiables de la presencia vikinga en Groenlandia procede de Hvalsey, un asentamiento del sur de la isla que hoy ocupa un lugar central en el relato de su desaparición. Allí se levantó, hacia el año 1300, una iglesia de piedra que se convertiría con el tiempo en el escenario del último acontecimiento documentado de aquella sociedad nórdica. En 1408 se celebró en ese lugar una boda entre colonos islandeses, un hecho registrado en fuentes escritas y que marca, de forma simbólica, el final de la historia vikinga en Groenlandia.

A partir de ese momento, el silencio. No hay más crónicas, ni registros administrativos, ni noticias procedentes de las granjas dispersas por los fiordos groenlandeses. En las décadas siguientes, la colonia desapareció sin dejar testimonios directos de su abandono. Las explicaciones que se manejan hoy son múltiples y ninguna definitiva: un enfriamiento progresivo del clima, la creciente dificultad para mantener rutas comerciales con Europa, el aislamiento extremo o los posibles conflictos con las poblaciones inuit pudieron contribuir a un colapso gradual. Sea cual fuere la causa, hacia el año 1500 ya no quedaba rastro de los europeos que habían habitado la isla durante siglos, solo los restos materiales de su paso y la huella de un experimento humano llevado al límite del mundo conocido.
De Noruega a Dinamarca: una isla bajo nuevas banderas
En los siglos siguientes, Groenlandia volvió casi al olvido para los europeos, habitada únicamente por comunidades inuit. Sin embargo, la memoria de la Groenlandia vikinga perduró en mapas y crónicas. En 1721, un misionero noruego llamado Hans Egede llegó decidido a encontrar a los descendientes de Erik el Rojo. No halló a ningún europeo, pero su llegada marcó el inicio de la colonización danesa de la isla al fundar una misión en la costa oeste. Desde entonces Groenlandia quedó definitivamente vinculada a Dinamarca, administrada como colonia durante más de dos siglos.
En el siglo XX, Noruega intentó reclamar la isla alegando las viejas conexiones vikingas, pero la disputa se resolvió a favor de Dinamarca. Finalmente, en 1979 Groenlandia obtuvo autonomía interna, un reconocimiento a la singularidad de su cultura e historia dentro del reino danés.
Groenlandia, una historia inconclusa
Lejos de ser un rincón congelado y olvidado, Groenlandia ha demostrado tener un papel único en la historia del Ártico. Sus paisajes helados han visto pasar a cazadores paleo-esquimales, guerreros vikingos, misioneros europeos y ahora también a turistas y científicos atraídos por sus glaciares imponentes. Y la historia continúa: en años recientes la isla ha vuelto a despertar el interés mundial. Se ha llegado incluso a especular con la compra de Groenlandia por parte de potencias extranjeras, una señal de que este territorio ártico sigue siendo codiciado y estratégico. La Groenlandia de Erik el Rojo y la Kalaallit Nunaat de los inuit coexisten en el imaginario, recordándonos que la historia de Groenlandia sigue viva, en disputa y con muchos capítulos por escribir.
¿Qué tiene de especial Groenlandia para Trump?
El interés de Donald Trump por Groenlandia, expresado de forma explícita durante su presidencia, no puede entenderse como una rareza aislada ni como una ocurrencia improvisada. En sus declaraciones públicas, Trump apeló sobre todo a razones de seguridad y defensa, un argumento que, aunque formulado en clave contemporánea, hunde sus raíces en una larga historia estratégica. Desde la perspectiva estadounidense, Groenlandia no es solo una isla remota del Ártico, sino una pieza clave situada entre América del Norte y Europa, en uno de los corredores geográficos más sensibles del hemisferio norte.
Ese razonamiento encaja con un hecho poco conocido fuera de los círculos especializados: desde 1941 existe un acuerdo que permite la presencia e infraestructuras militares de Estados Unidos en Groenlandia. Aquel acuerdo se firmó en plena segunda guerra mundial, cuando Dinamarca estaba ocupada por la Alemania nazi y Washington asumió la defensa de la isla para evitar que cayera en manos enemigas. Durante la guerra fría, esa presencia se consolidó. Groenlandia pasó a formar parte del sistema de vigilancia y alerta temprana frente a posibles ataques procedentes del bloque soviético, un papel que convirtió a la isla en un punto fijo del tablero estratégico global, muy lejos de la imagen de territorio aislado y marginal.
A esa dimensión geográfica y militar se suma un segundo factor que ha ganado peso en las últimas décadas: el subsuelo. Groenlandia alberga importantes reservas de minerales críticos, incluidas tierras raras fundamentales para la industria tecnológica, energética y militar. En un mundo cada vez más dependiente de estos materiales y con cadenas de suministro concentradas en pocos países, el interés por territorios capaces de diversificar esas fuentes resulta comprensible. No es un fenómeno nuevo: a lo largo de la historia, las grandes potencias han prestado atención a regiones periféricas no por su población o su desarrollo inmediato, sino por su potencial estratégico a largo plazo.
Visto desde esa perspectiva, Groenlandia vuelve a ocupar un lugar que ya había tenido en otras épocas: el de territorio clave precisamente por estar en los márgenes. Ni hielo eterno ni osos polares explican por sí solos ese interés. Lo que lo explica es una combinación de posición, historia y proyección futura que hace que, siglos después de los vikingos y décadas después de la guerra fría, Groenlandia siga siendo algo más que una isla blanca en los mapas.
Cortesía de Muy Interesante
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