En los pasillos de los tribunales del norte de Inglaterra, entre 1660 y 1720, se desarrolló una historia que rara vez aparece en los manuales de Historia: la de mujeres que, sin formación, sin marido y muchas veces sin alfabetización, se enfrentaron a las autoridades de sus comunidades en nombre de los niños que no eran suyos.
Estas mujeres no tenían títulos ni propiedades, pero sí una responsabilidad colosal: criar y mantener con vida a los menores que el propio sistema desatendía. Y cuando el pago prometido por ese trabajo no llegaba, ellas hablaban. Lo hacían a través de peticiones legales —algunas escritas con ortografía tambaleante, otras dictadas a un escribano— que han llegado hasta nuestros días y permiten reconstruir una realidad poco conocida: la del cuidado de acogida en la Inglaterra del Antiguo Régimen.
Una red invisible de madres sustitutas
En una época en la que los sistemas de bienestar estaban apenas en formación, las parroquias eran las responsables de atender a los más vulnerables. Si un niño quedaba huérfano o si sus padres eran incapaces de mantenerlo, el clero y los responsables locales debían buscar una solución. A veces se recurría a la figura del aprendiz, otras se optaba por enviarlo a una casa vecina, bajo el cuidado de una mujer que, normalmente, ya vivía en condiciones precarias.
Estas mujeres —viudas en su mayoría, aunque también había solteras o esposas de trabajadores sin recursos— ofrecían un espacio, una cama y un plato de comida a cambio de una paga modesta. El término legal para estos acuerdos era “boarding”, pero hoy lo entenderíamos como una forma temprana de acogida.
Pocas cosas estaban reguladas en aquel sistema. No existían contratos oficiales ni protocolos estandarizados. Cada acuerdo se negociaba de forma informal entre la parroquia y la cuidadora. Y cuando las cosas salían mal, que era a menudo, la única vía de defensa era la palabra escrita: una petición al tribunal del condado.

Peticiones como arma de resistencia
Gracias a un archivo de más de cincuenta de estas peticiones en Lancashire, al norte de Inglaterra, es posible trazar un retrato de estas mujeres: quiénes eran, qué pedían y cómo se enfrentaban al poder local. Algunas habían cuidado a los niños durante años sin recibir un penique; otras reclamaban una subida en la cantidad acordada, señalando que el niño ya no era un bebé y comía como un adulto. En todas ellas se repite un elemento común: la insistencia en la justicia.
Curiosamente, muchas de estas reclamaciones fueron atendidas. Los jueces, representantes de una justicia masculina y jerárquica, fallaban con frecuencia a favor de las cuidadoras. ¿Por qué? Porque su papel era indispensable. Si estas mujeres decidían dejar de cuidar a un niño, el sistema se derrumbaba. Nadie más lo haría, y el menor acabaría mendigando o muriendo.
Esta dependencia les otorgaba un poder poco común. No tenían voz en el Parlamento, ni acceso a la educación, pero sí una capacidad real para influir en la vida pública de sus parroquias. Y lo hacían con argumentos sólidos: “me prometieron este dinero”, “llevo tres años sin recibir el pago”, “el niño ha enfermado por falta de ropa”.
Más poder que las madres biológicas
Una de las revelaciones más sorprendentes de estas peticiones es la comparación entre madres de acogida y madres biológicas. Las primeras tenían más margen de maniobra. Mientras que las madres naturales que solicitaban ayuda debían justificar su situación con humildad y pena —relatando enfermedades, viudez o discapacidades—, las cuidadoras de acogida hablaban desde la exigencia: habían cumplido con su parte del trato, ahora la parroquia debía hacer lo propio.
En ese sentido, el sistema reconocía, aunque de forma tácita, que estas mujeres no actuaban solo por compasión, sino que desempeñaban una función social remunerada. Criar a un niño, vestirlo, alimentarlo, protegerlo, era un trabajo. Y debía pagarse.
El salario estándar rondaba las 40 chelines anuales, una cifra muy por encima de lo que otras personas pobres recibían en concepto de ayuda social. Algunas cuidadoras lograban obtener incluso más, especialmente si atendían a varios niños al mismo tiempo o si el menor requería cuidados especiales.

¿Caridad o trabajo?
El debate sobre si estas mujeres actuaban por amor o por necesidad es tan antiguo como el propio sistema de acogida. En las peticiones aparece una mezcla de ambas motivaciones. Hay casos en los que las mujeres afirman haber acogido a los niños “por compasión”, con la esperanza de que la parroquia se hiciera cargo después. Pero cuando esto no ocurría, no dudaban en acudir a los tribunales.
En uno de los testimonios más conmovedores, una mujer declara que el niño al que cuidaba “ya duerme en la calle” porque no ha podido seguir manteniéndolo. En otro, una cuidadora denuncia que la falta de ropa suministrada por la parroquia ha provocado que el niño se quede cojo. No eran solo palabras: eran pruebas del abandono institucional.
Sin embargo, lo más revelador es que estas mujeres, muchas de ellas analfabetas, supieron utilizar las herramientas legales a su disposición. Aunque no escribieran con su puño y letra, sabían qué decir, cómo decirlo, y a quién dirigirse. Cada petición es una pieza de resistencia escrita, una prueba de que, incluso en un sistema profundamente desigual, era posible negociar, reclamar y ser escuchada.
Ecos en el presente
Hoy, el sistema de acogida sigue enfrentando tensiones parecidas: familias saturadas, promesas de apoyo que no se cumplen, pagos que se retrasan, abandono institucional. Las historias de estas mujeres del siglo XVII no son reliquias del pasado, sino espejos que nos devuelven una imagen incómodamente actual.
Lo que cambia es el contexto, pero no el fondo. Entonces y ahora, la sociedad se apoya en mujeres que cuidan cuando nadie más quiere o puede hacerlo. Entonces y ahora, su labor es esencial pero, muchas veces, invisible.
Al recuperar sus voces —aunque sea a través de documentos legales de hace más de tres siglos— se les devuelve parte de la dignidad y del reconocimiento que merecen. Estas madres de acogida tempranas no fueron simples figuras de compasión: fueron pilares activos del sistema de asistencia social. Y, sobre todo, fueron mujeres que no se resignaron.
Referencias
- Rhodes, E. (2025). Women as child carers: Arranging and compensating mothering in early modern Lancashire. The History of the Family, 30(1), 108–124. DOI: 10.1080/1081602X.2024.2403346
Cortesía de Muy Interesante
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