El hallazgo de heces humanas fosilizadas puede parecer, a primera vista, un detalle menor en una excavación arqueológica. Pero en contextos excepcionales, como las minas prehistóricas de sal en Hallstatt, Austria, estos restos se transforman en una fuente única de información sobre cómo vivían, comían y enfermaban las personas hace más de tres mil años. Allí, bajo tierra y protegidos por la sal, se conservaron restos orgánicos que hoy permiten reconstruir la vida cotidiana de los antiguos mineros.
Un estudio publicado en Scientific Reports ha logrado un avance notable en este campo: el equipo de investigación extrajo y analizó ADN antiguo de parásitos intestinales humanos contenidos en coprolitos (heces fosilizadas) de las épocas del Bronce y del Hierro. Se trata del primer registro molecular de Ascaris lumbricoides, el gusano redondo humano, correspondiente al periodo de la Edad del Bronce. Este hallazgo no solo ofrece una ventana directa al estado sanitario de los antiguos trabajadores de Hallstatt, sino que también arroja luz sobre sus condiciones de higiene, dieta y formas de vida comunitaria.
Coprolitos bajo tierra: cómo se recuperaron las muestras
El material analizado en el estudio proviene de 35 coprolitos humanos extraídos de distintos sectores de las minas prehistóricas de Hallstatt. Cuatro de estas muestras datan de la Edad del Bronce (entre 1158 y 1063 a. C.) y las otras 31, de la Edad del Hierro (750–662 a. C.). Estos excrementos, conservados de manera excepcional por la sal, fueron recuperados en excavaciones del Museo de Historia Natural de Viena, bajo estrictas condiciones de esterilidad.
Gracias a las condiciones estables del entorno subterráneo —baja temperatura, alta salinidad y ausencia de luz—, las heces fosilizadas conservaron su forma y contenido. El equipo investigador realizó un minucioso protocolo de rehidratación y análisis microscópico que permitió identificar, en el 91% de las muestras, huevos de helmintos intestinales: principalmente de Trichuris (gusano látigo) y Ascaris (gusano redondo).

ADN antiguo de parásitos: un logro técnico complejo
Recuperar ADN de organismos que vivieron hace más de 3.000 años no es una tarea sencilla. El material genético se degrada con el tiempo y es muy sensible a las condiciones ambientales. Por eso, el estudio empleó marcadores mitocondriales —fragmentos del ADN mitocondrial, más abundante y resistente— para identificar restos moleculares de los parásitos.
En total, se obtuvieron 19 secuencias fiables del complejo Ascaris lumbricoides, provenientes de tres genes distintos: cox1 (citocromo c oxidasa subunidad 1), cytB (citocromo B) y nadh1 (NADH deshidrogenasa subunidad 1). Dos de estas secuencias, las más antiguas, corresponden a coprolitos de la Edad del Bronce. Según el estudio, “estos fragmentos representan los primeros datos moleculares del género Ascaris de este periodo”.
En cambio, aunque los huevos de Trichuris fueron abundantes bajo el microscopio, no fue posible recuperar ADN funcional de este parásito. Los investigadores sugieren que la mayor fragilidad de los huevos de Trichuris, más expuestos al ambiente salino, podría haber afectado la conservación de su material genético.

Higiene, convivencia y enfermedades en la mina
El hallazgo de huevos de parásitos intestinales en casi todos los coprolitos analizados señala una elevada carga parasitaria entre los mineros de Hallstatt. “Los mineros estaban infestados con gusanos látigo y gusanos redondos al menos entre 1158 y 662 a. C.”, afirman los autores.
Estos parásitos se transmiten por vía fecal-oral: los huevos se excretan en las heces y, tras un periodo de maduración en el suelo, pueden ser ingeridos de nuevo al contaminar las manos, los alimentos o el agua. Su presencia indica condiciones higiénicas deficientes y una falta de separación entre zonas de cocina, trabajo y letrinas. En efecto, estudios arqueológicos previos ya habían mostrado que los trabajadores comían, cocinaban y defecaban en los mismos espacios dentro de la mina.
Además, la estructura comunitaria del trabajo minero —grupos de obreros trabajando muy próximos, con contacto frecuente— habría facilitado la circulación de estos parásitos entre los miembros del grupo. Como detalle interesante, los arqueólogos hallaron también hojas de pétasites, una planta usada aún hoy en la medicina tradicional para aliviar dolores abdominales, lo que sugiere cierta conciencia de las dolencias gastrointestinales en esa época.
Dieta de los mineros: entre cereales, legumbres y carne curada
Aunque este estudio se centró en los parásitos, las heces fosilizadas y otros restos conservados permiten reconstruir también la dieta de estos antiguos trabajadores. Análisis anteriores han demostrado que los mineros consumían estofados a base de mijo, cebada, legumbres y carne, probablemente cocinados durante largas horas. También hay evidencia molecular del consumo de alimentos fermentados como queso azul y cerveza en la Edad del Hierro.
Los estudios zooarqueológicos revelan además una importante actividad económica en torno a la carne curada. En Hallstatt se procesaba carne de cerdo, cabra, vaca y oveja, que era conservada con sal del propio yacimiento y distribuida en grandes recipientes de madera. Sorprendentemente, en esta investigación no se hallaron huevos de parásitos vinculados al consumo de carne cruda o mal cocida, como Taenia o Diphyllobothrium, a diferencia de otros yacimientos de la región.
Esto podría indicar un cocinado cuidadoso de los alimentos, una selección específica en los procesos de salado o simplemente una baja prevalencia de esos parásitos en la comunidad.
Una ventana genética al pasado prehistórico
Más allá del hallazgo puntual, este estudio representa un avance metodológico significativo. Obtener ADN funcional de parásitos en coprolitos tan antiguos permite rastrear la evolución de las enfermedades infecciosas humanas y las condiciones de vida prehistóricas con una precisión inédita. Los autores destacan que “actualmente, los datos moleculares disponibles no permiten diferenciar con certeza entre Ascaris lumbricoides (humano) y Ascaris suum (de cerdo)”, por lo que hablan de un “complejo de especies” que podrían haber afectado indistintamente a humanos y animales.
La robustez de los huevos de Ascaris y su grosor parecen haber sido claves en la conservación del ADN, algo que abre posibilidades para futuros estudios comparativos en otros yacimientos prehistóricos, sobre todo aquellos en ambientes salinos.
Un hallazgo pionero con proyección internacional
Este trabajo representa el primer registro genético confirmado de un parásito intestinal humano en Europa central correspondiente al periodo del Bronce. Aunque se han reportado hallazgos microscópicos de huevos en yacimientos similares —como en Irán, Israel, Italia o Reino Unido—, la mayoría carecían de confirmación molecular.
En el contexto internacional, el hallazgo más antiguo de ADN parasitario confirmado corresponde a un coprolito de carnívoro en Argentina, con más de 14.000 años de antigüedad. En Europa, sin embargo, los registros moleculares confiables aún son escasos, lo que realza la importancia de los resultados obtenidos en Hallstatt.
Como señala el artículo, “el estudio demuestra la viabilidad de extraer y secuenciar ADN parasitario antiguo en condiciones de conservación adecuadas”. Y ofrece una prueba concreta de cómo la biología molecular y la arqueología se cruzan para iluminar aspectos invisibles de la vida cotidiana en la prehistoria.
Referencias
- Barsch, E., Kowarik, K., Rodler, K., Hörweg, C., Reschreiter, H., Sattmann, H., & Walochnik, J. (2023). First molecular data on the human roundworm Ascaris lumbricoides species complex from the Bronze and Iron Age in Hallstatt, Austria. Scientific Reports, 13, 12055. https://doi.org/10.1038/s41598-023-38989-8.
Cortesía de Muy Interesante
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