
Damas y caballeros, prepárense porque el inquilino anaranjado de la Casa Blanca ha emitido una declaración que merece estar en el Museo del Terror: Donald Trump asegura que lo único que puede frenar sus desvaríos geopolíticos es su propia moral. Sí, leyó bien: no la ley internacional, ni el derecho, ni el sentido común, sino su propia moral interna.
No es de sorprender entonces que, con esa brújula moral propia de un GPS descompuesto, Trump –pirado, pirata del Caribe– se haya autoproclamado presidente provisional de Venezuela, por supuesto que sin dejar de serlo de Estados Unidos, a donde llevó, después de secuestrarlo, a Nicolás Maduro para juzgarlo; todo con la complacencia y el aplauso de los petroleros multimillonarios y las insaciables corporaciones.
Una versión ridícula de la vieja Doctrina Monroe -ese documento de 1823 que originalmente advertía a potencias europeas que no se metieran con las Américas– ha sido rebautizada por analistas políticos y críticos como la “Doctrina Donroe”, el corolario Trump que a la letra dice: “Europa no puede meterse y nosotros podemos apoderarnos de lo que nos dé la gana”. Esto implica: amenazar con tomar Groenlandia -y que los groenlandeses respondan: “Gracias, pero no queremos ser norteamericanos ni daneses: ¡queremos ser groenlandeses!”; conminar a Cuba a alcanzar un acuerdo “antes de que sea muy tarde”; y amenazar con golpear o intervenir en otros países -como si tuviera una suscripción abierta al Netflix de las invasiones.
¿Y el narcotráfico? El elefante que nadie quiere mirar. Trump señala con el dedo una y otra vez el problema del narcotráfico (que en buena parte es resultado de años de demanda interna en EU); habla de droga, pero parece que lo que menos le interesa es combatir el narcotráfico, sino usarlo como pretexto para ejercer presión sobre países como México y Colombia. Mientras él grita que va a salvarnos de la “epidemia de drogas” las estructuras del narcotráfico siguen intactas, sólo son parte del discurso político para justificar injerencias. Trump usa el terrorismo y el narcotráfico como excusas para imponer su agenda global con moral a la carta.
Pero no todos los estadounidenses están orgullosos del ridículo y arriesgado espectáculo que su presidente está ofreciendo al mundo. Las protestas contra la brutalidad del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) como el asesinato de una mujer, Renee Good, en Minessota, han provocado que decenas de miles de personas de ciudades y pueblos estadounidenses hayan salido a la calle el sábado y domingo pasados para protestar por la política migratoria. La comparación del ICE con la Gestapo que circula en redes no es exagerada, ya que éste actúa con total impunidad, reprimiendo disidencias en vez de proteger derechos.
Muchos miembros del Partido Republicano que aún se consideran conservadores con sentido común, están viendo con alarma que el trumpismo no es una corriente política, sino una máquina que podría arrastrar a su país al aislamiento internacional o a la confrontación mundial y a su presidente a un juicio político en caso de perder la elección intermedia. Si Trump es derrotado en las urnas, los propios republicanos que aún creen en el sistema temen que los supremacistas y extremistas se queden sin su escudo político lo que alimentaría el caos y la lucha interna en el partido.
Hombres y mujeres de buena voluntad nos preguntamos: ¿Qué busca Trump con todo esto? ¿Salvar al mundo del terrosismo? ¿Combatir las drogas? ¿Hacer justicia? No. Lo que Trump busca es algo más simple -y peligroso-: control, poder simbólico y recursos estratégicos, todo envuelto en una narrativa moral propia que dice “yo sé lo que es justo” -aunque nadie más lo entienda.
Su objetivo no es la soberanía latinoamericana, ni erradicar el crimen organizado; sino la dominación hemisférica que pone bajo su mando lo que otros países quieran ofrecer o lo que él decida tomar. Y todo esto, con su moral como único freno. ¡Gulp!
Cortesía de El Economista
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