Miles de médicos han ido hoy a la huelga en toda España para reivindicar un estatuto propio, distinto del general que el Ministerio de Sanidad ha acordado con los sindicatos mayoritarios de la sanidad. En el tercer paro de los galenos, que dura miércoles y jueves, reivindican a todas las administraciones competentes —sobre todo el ministerio y las comunidades— mejores condiciones laborales y salariales, con el sistema de guardias como uno de los principales caballos de batalla.
El seguimiento, sin embargo, ha sido muy bajo, según los primeros datos oficiales que han proporcionado las comunidades autónomas: Galicia (19,99%), Asturias (11,65%), Cataluña (6,5%), Comunidad Valenciana (3,09%), Castilla y León (2,68%), Aragón (1,47%). Algunos sindicatos territoriales, sin embargo, la elevan a más del 70%.
Parece ser, en cualquier caso, un seguimiento muy desigual en función de los centros, tal y como ha sucedido con las anteriores y por lo que han podido comprobar los periodistas de EL PAÍS en varias ciudades de España, que en general no han apreciado grandes afecciones a la atención sanitaria.
Existen servicios en los que no hay ninguna afección, ya que ninguno de los profesionales secunda el paro, y otros en los que se tienen que cancelar citas. En cualquier caso, los servicios mínimos garantizan siempre la atención más urgente.

La huelga ha sido convocada por la Agrupación Profesional por un Estatuto Médico y Facultativo (APEMYF), integrada por 16 organizaciones médicas de toda España, que no incluyen a los dos sindicatos que habían organizado las dos anteriores: la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM) y el Sindicato Médico Andaluz (SMA). Estas entidades también han amenazado, junto a otras, con nuevos paros que podrían ser incluso indefinidos.
En el centro de salud La Alameda (Madrid), los recepcionistas parecen sorprendidos con la pregunta sobre la huelga. El funcionario de la recepción dice que funcionó “como un día cualquiera”. Mientras, en ecografía del Hospital 12 de Octubre han salido a anunciar que no atendían y se han ido todos los pacientes que estaban esperando. Así lo cuenta Rafael Pozo, que aún espera su cita para una prueba de radiología. “Yo entiendo la huelga, pero estoy en horario de trabajo, he pedido permiso para venir y es un jaleo, entra y sale gente y nadie dice nada”. Dudaba si irse o si seguir esperando: “Esto pasa y te tienes que aguantar, pero te fastidia, porque has pedido permiso en el trabajo para venir y ahora me va a tocar venir otro día”.
Gonzalo López Peña, residente de cirugía torácica del Hospital Gregorio Marañón, en Madrid, cuenta que en su servicio no han querido parar la actividad quirúrgica. “Nadie nos ha puesto ningún impedimento en que hagamos huelga, pero nosotros hemos decidido venir, aunque respetamos la reivindicación”. El residente, que lleva tres años en este hospital, asegura: “Cambiar las guardias de 24 horas es nuestra prioridad”.
El Hospital Clínico de Valencia respira cierta tranquilidad durante la jornada de huelga provincial de médicos de este miércoles. “Ni me había enterado”, dice una fisioterapeuta que toma un café en una terraza frente al hospital. En el interior de una cafetería, tres médicas de anatomía patológica conversan. “La huelga es necesaria. Tenemos que unirnos. Falta un poco de corporativismo médico. Las condiciones son tan precarias que no nos dejan ni pensar”, señala una de las facultativas.

“Es muy difícil hacer huelga en anatomía patológica porque día que no vienes, ya te apañarás para esa faena. Como somos tan pocos y estamos a tope, recaería sobre los compañeros. Pero secundamos las protestas”, añade.
Manifestaciones
Varias manifestaciones se han sucedido para dar visibilidad a la huelga. Una en Madrid salió esta mañana del Congreso de los Diputados hacia el Ministerio de Sanidad con unas 300 o 400 personas, según la policía.
Entre pancartas con lemas como “La ministra maltrata a los médicos”, “Estatuto adecuado para médicos” o “Más batas, menos corbatas”, y coros que dicen “24 sin parar no se puede trabajar”.

Cristian Vale, facultativo de 34 años del centro de salud Las Panaderas, en Fuenlabrada, participa en la manifestación convocada por Amyts. Ha acudido porque considera que los médicos no están suficientemente representados en la mesa de negociación del estatuto marco. A su juicio, son un colectivo minoritario dentro del sistema sanitario y cree que otras categorías más representadas están decidiendo sobre las condiciones para todos. “Somos un sector minoritario en volumen dentro de la sanidad y otros deciden lo que tenemos que hacer”, lamenta.
Vale defiende la necesidad de una normativa específica para los médicos. Considera insuficiente que el estatuto marco trate de forma homogénea a colectivos con responsabilidades muy distintas. “Si la ministra [Mónica García] crea un apartado propio para los médicos, aunque no quiera llamarlo estatuto propio, en la práctica es lo mismo”, apunta, pero reclama que se legisle de manera acorde a sus obligaciones, que, según él, no son comparables a las de otros profesionales sanitarios.

En Barcelona se ha convocado una concentración en la plaza de Sant Jaume, frente al Palau de la Generalitat. Allí estaba Alex Ternianov, médico de atención primaria, de origen búlgaro, que lleva 18 años ejerciendo en España. “He visto la privatización de la sanidad pública en mi país y no quería que eso pasara aquí”, ha explicado. Ternianov atiende a más de 40 pacientes al día en un centro de atención primaria y subraya que el tiempo asignado a cada consulta dificulta una atención adecuada: “Entiendo a los pacientes, es imposible comprender sus problemas en cinco minutos”.
A unos 300 metros del recorrido de la protesta, el centro de atención primaria del Gòtic funcionaba con normalidad. “Algunos médicos están de huelga, pero muchos no”, ha comentado una trabajadora, que pidió no ser identificada. Según ella, la atención se mantiene con los mismos tiempos de espera. Como en el CAP del Gòtic, el del Raval seguía también con su rutina diaria: pacientes aguardando con mascarilla por los casos de gripe y por citas programadas.
Cortesía de El País
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