Desafío diplomático

La política exterior de Estados Unidos, bajo la batuta de su presidente Donald Trump, se ha tornado cada vez más agresiva y abiertamente intervencionista, y ese giro tiene implicaciones directas para México y su soberanía.

En días recientes, el mundo fue testigo de una operación militar en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y llevarlo a una Corte de Nueva York, donde enfrenta cargos relacionados con narco-terrorismo. Una intervención que rompió los esquemas diplomáticos existentes y reavivó viejas prácticas de dominación hemisférica.

México, fiel a su doctrina histórica, condenó la acción por violar la soberanía venezolana y pidió respeto al derecho internacional. El discurso de la Presidenta Claudia Sheinbaum fue firme y la postura coherente. Pero el contexto es más complejo.

No hay que olvidar que Trump decidió clasificar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas y, reiteradamente, ha señalado que, si México no hace lo suficiente contra el narco, Estados Unidos podría hacerlo por su cuenta e incluso dibuja la posibilidad de tomar acciones concretas o incursionar por tierra.

Sheinbaum enfrenta una presión inédita. Por un lado, debe sostener la narrativa de cooperación bilateral en seguridad, migración y comercio. Por el otro, necesita blindar la soberanía nacional frente a un socio que habla cada vez más en términos de imposición, acciones unilaterales, operaciones extraterritoriales e intervenciones armadas.

Durante décadas, el combate al narcotráfico ha sido un tema compartido en la agenda bilateral, un tema lleno de claroscuros, fracasos y promesas recicladas. Pero ahora, el tono es diferente. El discurso cambió, al pasar de la cooperación a la advertencia, de la presión diplomática a la amenaza explícita.

Y eso coloca a México en una posición delicada: aceptar sin protestar sería abrir la puerta a una intromisión peligrosa; confrontar sin estrategia podría escalar un conflicto innecesario.

Es cierto que la popularidad del Presidente Donald Trump no está en su mejor momento. Las protestas que los actores Robert De Niro y Mark Ruffalo protagonizaron en la premiación del Golden Globes y la carta que legisladores demócratas enviaron al secretario de Estado, Marco Rubio, donde se oponen al uso no autorizado de la fuerza militar en México, son prueba de ello.

Sheinbaum requiere una política exterior activa, firme. Pero sobre todas las cosas, es preciso que México logre reunir aliados regionales, distantes de los regímenes autoritarios de Cuba y Venezuela que durante décadas se han caracterizado por la ausencia de democracia, represión sistemática de la disidencia y severas violaciones de derechos humanos.

Sólo un respaldo multilateral, un bloque con propuestas claras, impediría que México quede atrapado entre la narrativa del Estado fallido y la lógica de la intervención salvadora.

Desde siempre, la relación con Estados Unidos ha sido compleja, inevitable, incómoda. Pero ahora atraviesa una etapa distinta: más áspera, más ideológica, más impredecible.

La presidenta Claudia Sheinbaum tiene frente a sí el reto de defender la soberanía sin romper puentes, de exigir respeto sin cerrar el diálogo, de demostrar que México puede combatir al crimen sin entregar su territorio a intereses externos.

Porque cuando las palabras intervención, soberanía y seguridad se sientan en la misma mesa, no basta con discursos elegantes, comunicados de prensa ni llamadas telefónicas. Hace falta carácter, estrategia y, sobre todo, claridad. De lo contrario, las decisiones las tomará otro. Y no desde Palacio Nacional.

Cortesía de El Economista



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