“Mátate, amor”: El ansia indestructible o en busca de la “cordura”


En la dicotomía que forman la cordura y la locura, ¿cuándo sé que he cruzado la frontera que las separa? ¿Están de verdad separadas? ¿Son dos territorios clara e incontestablemente diferenciados? ¿Son visibles sus linderos o tienen aduana para pasar de la una a la otra? Tal vez son como los mares: sus aguas están siempre juntas, aunque se llamen diferente.

“Mátate, amor” es la más reciente película de Lynne Ramsay (“Tenemos que hablar de Kevin”, “Nunca estarás a salvo”). Hay quien dice que, cinematográficamente, es una pieza menor en la filmografía de la cineasta escocesa. Puede que sí. Pero una pieza “menor” de Ramsay tiene más discurso, más carnita y más potencia que las grandes cintas de muchos.

El filme de Ramsay, basado en el libro de Ariana Harwicz, es producido y protagonizado por una Jennifer Lawrence indomable y magnética, quien tiene como coestrella a un Robert Pattinson que, para no perder la costumbre, es una aplanadora histriónica. La dupla es una suerte de dínamo interpretativo: su energía es palpable e inagotable. JLaw y Pattinson lo dan todo. Así, las estrellas y la realizadora nos ruedan una película que para mí está llena de buenas preguntas. Por ejemplo: ¿quién soy yo si mi deseo no es respondido/correspondido por el otro? Me refiero a esa persona que alguna vez atendió mis ansias.

Grace (Lawrence) y Jackson (Pattinson) son una pareja que no puede quitarse las manos de encima. Su pasión es frenética, alocada, silvestre… hasta que deja de ser así. Ella se embaraza, se vuelven padres; pero en ella el deseo no cesa nunca. En él, en cambio, hay una aparente renuncia al deseo. El apetito que en Grace no es satisfecho crece y crece hasta “cruzar” el ya citado límite que separaría la locura de la cordura, trasvolando los territorios del erotismo que se nos explican como manía.

Hay también en “Mátate, amor” un retrato de la soledad, del aislamiento que ocurre cuando el amor o el deseo no son correspondidos; un álbum de estampitas de las pulsiones que nos hacen ser “locos” frente al otro, que nos sacan del tejido de lo que se vale y que, por tanto, nos terminan metiendo en centros de salud mental como ocurre en cierto punto de la peli. Perdón por este pequeño spoiler, pero es necesario para comentar el filme.

Vemos en la película, también, algo que describo como un “cultivo” de la enajenación, de la obsesión, que no sé si es una fijación por el placer personal, por el deseo del otro o por una revoltura de ambas cosas. Eso me tenía, francamente, intrigado.
La película crece gracias a que filma el contraste entre un deseo que se apaga y otro que sigue, que se expande, que se vuelve inabarcable, imposible de satisfacer; y también por lo que dice sobre lo que le pasa al amor salvaje cuando pervive en uno, pero no en la pareja. Y, claro, lo erótico llevado al paroxismo, punto en el que volvemos desde las butacas -en la ficción y en la tripa- a la palabra “locura”.

Es cierto que no me encantaron algunas decisiones de filmmaking, donde siento que el relato se vuelve reiterativo de más, hasta dejarnos un rato atorados en ciertos recursos dramáticos de la trama. Pero, más allá de esos empedrados en la realización, su discurso sí me sometió.

“Mátate, amor” es una pieza confrontativa, un drama de acceso complicado, pero que da mucho para pensar y charlar. Es el relato de una mujer a la que -dice el marido, dice la suegra, dice la sociedad, dicen los psiquiatras, dice la frontera entre cordura y locura- hay que atarla, porque lo va devorando todo hacia afuera y se va devorando a sí misma también. Pero nada alcanza. Ella se convierte en algo inabarcable y nadie, nadie, lo ve. ¡Ese apetito! Lo insaciable es triste, ¿no? 

Platicando de este filme con una amiga psicoanalista (mi queridísima Xóchitl Romo), me dijo una cosa que no he podido sacarme de la cabeza: “el deseo es indestructible”. Y yo sólo he atinado a preguntarme: ¿entonces la liga del deseo voraz nunca, nunca se revienta… se estira hasta el infinito?

Cortesía de El Informador



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