Un hallazgo dentro de otro hallazgo: científicos recuperan el genoma de un rinoceronte lanudo de 14.400 años en el lugar más insospechado

Durante siglos, los restos de animales extintos han alimentado la imaginación de científicos y aventureros. Pero lo que pocos podrían haber imaginado es que una de las claves para entender la extinción de un coloso prehistórico, el rinoceronte lanudo, no saldría de un fósil enterrado ni de un hueso desenterrado en un museo, sino del estómago congelado de un cachorro de lobo que murió hace 14.400 años en los confines de Siberia.

La historia comienza en el remoto y helado pueblo de Tumat, en el noreste de Rusia, donde en 2011 unos buscadores de marfil hallaron los restos momificados de un lobo de apenas dos meses. Lo llamaron Tumat-1. El cachorro murió atrapado por el colapso de su madriguera, posiblemente a causa de un deslizamiento de tierra. Lo que nadie sabía entonces era que su última comida cambiaría lo que entendemos sobre la extinción del rinoceronte lanudo.

Un hallazgo dentro de otro hallazgo

Al realizar la autopsia del cachorro, los investigadores se toparon con un pequeño fragmento de carne cubierto por pelos dorados en el estómago del animal. No era un simple bocado: al ser analizado, reveló pertenecer a un ejemplar de rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis), una especie que vagó durante miles de años por Eurasia y que se extinguió abruptamente hacia el final de la última glaciación, hace unos 14.000 años.

Con ese diminuto trozo de tejido, casi intacto por la congelación y protegido de la descomposición, los científicos consiguieron algo inédito: secuenciar un genoma completo a partir de un animal ingerido por otro. Este rinoceronte, conocido como Tumat_14k, es uno de los últimos conocidos de su especie, y su ADN ha permitido reconstruir los últimos capítulos de su existencia.

El cachorro de lobo Tumat-1
El cachorro de lobo Tumat-1. Foto: Mietje Germonpré

ADN intacto, poblaciones estables

Uno podría pensar que una especie al borde de la extinción mostraría señales de agotamiento genético: pérdida de diversidad, aumento de mutaciones perjudiciales o indicios de endogamia. Pero lo que encontraron los investigadores fue todo lo contrario.

Al comparar el genoma de Tumat_14k con otros dos rinocerontes lanudos más antiguos, uno de hace 18.000 años y otro de 49.000, descubrieron que no existía una reducción notable en la variabilidad genética. Tampoco había evidencia de consanguinidad reciente ni de un incremento de mutaciones dañinas. Todo apuntaba a que la población siberiana de rinocerontes lanudos se mantenía sana y estable hasta pocos siglos antes de desaparecer para siempre.

Este dato desmonta una de las hipótesis más repetidas sobre las extinciones de la megafauna del Pleistoceno: que su desaparición fue un proceso lento, derivado de la presión humana y del desgaste genético. En el caso del rinoceronte lanudo, no hubo una decadencia paulatina. Lo que hubo, según este nuevo estudio, fue un colapso repentino.

Un cambio climático mortal

El momento clave en esta historia es el llamado Máximo Tardiglaciar, un periodo cálido abrupto que comenzó hace unos 14.700 años y duró unos 1.800. Durante este breve intervalo, las temperaturas se dispararon, los ecosistemas cambiaron y especies adaptadas al frío, como el rinoceronte lanudo, vieron cómo sus hábitats desaparecían de forma acelerada.

Todo indica que fue este cambio climático el principal causante de la extinción del rinoceronte lanudo en Siberia. Su desaparición, según los datos genómicos, se produjo en apenas 300 o 400 años, un suspiro en términos evolutivos.

Lo más interesante es que esta extinción rápida parece haber ocurrido sin señales genéticas previas de deterioro. El rinoceronte lanudo no murió enfermo ni endogámico. Murió adaptado a un mundo que, de repente, dejó de existir.

La especie del rinoceronte lanudo se extinguió hace unos 14.000 años
La especie del rinoceronte lanudo se extinguió hace unos 14.000 años. Foto: Istock

¿Y los humanos?

Durante años, se ha debatido si la caza por parte de los humanos modernos fue un factor decisivo en la desaparición de la megafauna del Pleistoceno. En este caso, sin embargo, los datos no apoyan esa teoría. Los humanos llegaron al noreste de Siberia unos 15.000 años antes de la extinción del rinoceronte lanudo, pero los genomas analizados no muestran señales de declive durante ese largo periodo de convivencia.

Esto no descarta que los humanos influyeran en la desaparición de la especie en otras regiones. Pero al menos en Siberia, todo apunta a que el clima fue el verdugo.

Lo más asombroso de este estudio no es solo lo que revela sobre el pasado, sino cómo lo revela. El estómago de un lobo congelado ha demostrado ser un archivo genético de valor incalculable. La carne no digerida, protegida del ambiente por el cuerpo del depredador, ha conservado su ADN durante más de 14.000 años.

Este caso abre nuevas posibilidades en la paleogenética. Ya no basta con buscar huesos o dientes; ahora sabemos que el contenido estomacal de depredadores extintos puede ofrecer acceso directo a la genética de sus presas.

Otros ejemplos empiezan a emerger. Recientemente se identificaron fragmentos de ADN de rinoceronte lanudo en coprolitos (heces fosilizadas) de hienas cavernarias. Lo que antes eran considerados simples restos sin valor, ahora son puertas abiertas al pasado genético de las especies perdidas.

Fragmento de tejido de rinoceronte lanudo hallado en el estómago del cachorro Tumat-1
Fragmento de tejido de rinoceronte lanudo hallado en el estómago del cachorro Tumat-1. Foto: Love Dalén/Stockholm University

Una especie sana en el borde del abismo

La imagen que emerge de este estudio es la de una especie que no daba señales de estar en peligro. A diferencia de otros grandes mamíferos del Pleistoceno, como los mamuts de la isla de Wrangel —aislados y genéticamente deteriorados—, los rinocerontes lanudos de Siberia mantenían su diversidad genética intacta hasta el final.

Lo que los mató no fue un proceso interno de deterioro, sino un cambio externo, violento y repentino. Algo que, en última instancia, los cogió por sorpresa.

Este hallazgo no solo reescribe la historia de una especie extinta. También lanza una advertencia silenciosa para el presente. Las poblaciones animales, por muy sanas que parezcan genéticamente, pueden desaparecer en cuestión de siglos si los entornos en los que viven cambian demasiado rápido.

Y, como demuestra este caso, los indicadores genéticos pueden no ser suficientes para anticipar una extinción. A veces, todo lo que se necesita es un giro inesperado del clima… o un lobo hambriento que se come el último testigo de una especie desaparecida.

Referencias

  • Genome shows no recent inbreeding in near-extinction woolly rhinoceros sample found in ancient wolf’s stomach, Genome Biology and Evolution (2026). DOI: 10.1093/gbe/evaf239

Cortesía de Muy Interesante



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