
Enero suele llegar con una exigencia silenciosa pero implacable: empezar bien.
Arrancar con energía, con metas claras, con la sensación de que ahora sí —esta vez sí— todo estará bajo control. Nos decimos que un buen inicio es la antesala de un buen final; que si el año comienza fuerte, el resto se acomodará solo.
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Pero la vida —y el trabajo— rara vez funcionan así.
Cuando volteo a ver 2025, no veo un año perfectamente cerrado. Veo proyectos que no llegaron a donde esperaba, decisiones que tomaron más tiempo del previsto, planes que se redibujaron sobre la marcha y metas que, honestamente, no se cumplieron. Y, sin embargo, sigo creyendo que fue un buen año. Uno valioso. Uno necesario.
Un año que cerramos en calendario es, muy a menudo, una historia que continúa…
Porque quizá el error no está en lo que no logramos, sino en cómo evaluamos el éxito.
Nos hemos acostumbrado a medir los años como si fueran listas de pendientes; como una falsa promesa del todo o nada.
- ¿Se logró o no se logró?
- ¿Se cumplió o se falló?
- ¿Se cerró el ciclo o quedó abierto?
En las organizaciones pasa lo mismo. Evaluamos desempeño, resultados, KPIs, objetivos estratégicos. Hacemos cortes trimestrales, cierres anuales, juntas de balance. Todo parece pedir conclusiones claras, números definitivos, etiquetas. Y es muy valioso cada corte para comparar, analizar e identificar avances, pero hay procesos, los más importantes, que no se comportan así.
El crecimiento profesional, la madurez emocional, la consolidación de un liderazgo, la reconstrucción personal después de una pérdida o una crisis no avanzan en línea recta ni respetan calendarios fiscales. Son procesos acumulativos, a veces invisibles, casi siempre incómodos. Y aun así, indispensables.
Un año se parece más a construir un edificio que a una lista de propósitos para cumplir en doce meses. A veces pensamos en los años como productos terminados, cuando en realidad se parecen más a una obra en construcción.
Hay pisos que ya están habitables y otros que siguen en obra negra. Hay áreas que funcionan perfecto y otras donde todavía hay polvo, ruido y cables expuestos. Desde fuera, alguien podría decir que el edificio está incompleto. Desde dentro, quienes lo habitan saben que ya sostiene, protege y permite avanzar. Esa es la actitud que me gusta más pues el 2025, para mí, fue eso. No todo quedó terminado. Pero mucho quedó mejor cimentado.
Hubo decisiones que no dieron resultados inmediatos, pero sí dejaron aprendizajes profundos. Conversaciones difíciles que no resolvieron todo, pero abrieron nuevas formas de diálogo. Cambios que generaron más preguntas que respuestas, pero que rompieron inercias que ya no servían.
A veces confundimos no terminar con fracasar, cuando en realidad es solo seguir construyendo. Y en mi opinión, lo que no salió también cuenta.
En Capital Humano solemos hablar mucho de logros, pero poco de lo que no se alcanzó. Y sin embargo, ahí suele estar la materia prima del liderazgo.
- No logré todo lo que me propuse en 2025
- No avancé al ritmo que imaginé
- No todas las apuestas resultaron.
A veces el verdadero progreso no se nota en el tablero de indicadores, sino en la forma en la que reaccionamos ante la presión, el error o la incertidumbre. En cómo dejamos de forzarnos a cumplir con versiones antiguas de nosotros mismos.
Y como recomendación yo diría que empezar bien el año no significa empezar perfecto.
Hay una narrativa peligrosa alrededor de enero: la idea de que, si no arrancas con todo, ya vas tarde. Que, si no tienes claridad absoluta, disciplina impecable y entusiasmo inquebrantable desde el día uno, algo está mal. ¡No es cierto!
Empezar bien el año puede significar empezar honesto, aceptando el punto de partida, pero sin usarlo como ancla. Porque los años que realmente transforman no siempre se sienten bien mientras ocurren. Se entienden después. Cuando lo que parecía incompleto resulta ser justo lo que permitió sostener lo que viene.
Empiezo un nuevo año sin la pretensión de que todo esté claro. Con más conciencia que certezas. Con más criterio que prisa. Con el aprendizaje pasado y la vista en el futuro, con la motivación de las metas por alcanzar y la claridad del rumbo que seguir.
Que este año nuevo no nos encuentre perfectos, sino conscientes, dispuestos y en movimiento. Porque a veces, el verdadero comienzo no es lograr más, sino creer –otra vez– que todo es posible.
Cortesía de El Economista
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