De transiciones a transiciones


Los países requieren algunos elementos para su desarrollo: un marco jurídico estable, un sistema de instituciones confiables, un modelo educativo que forme cuadros directivos, intermedios y de base para proveer y fortalecer el aparato productivo; buenos empresarios, una estructura financiera que los apoye, una red de instalaciones para cuidar la salud del pueblo; de valores culturales, morales y éticos compartidos por los ciudadanos, ¡ah! y políticos comprometidos con la sociedad. 

Uno de los momentos más importantes en la vida de las naciones es la sucesión entre un Gobierno y otro. La democracia exige que sea tersa, ordenada y civilizada. Puede afirmarse que los términos y forma en los que esta se da, refleja puntualmente el nivel de desarrollo institucional de los países. No debemos confundir la democracia con el continuismo electorero.

En la República Federal Alemana, se eligió como sucesor de Ángela Merkel (Unión Demócrata Cristiana) a Olaf Scholz (Socialdemócrata de Alemania). El cambio de Gobierno se dio pacíficamente y sin contratiempos. Finalmente, la canciller se reincorporó a la vida ciudadana. El 14 de diciembre del año pasado, en la República de Chile, el candidato del Partido Republicano (derecha), José Antonio Kast, derrotó a la candidata del partido Convergencia Social (izquierda), Jannette Jara. Cabe señalar que el presidente electo es afín ideológicamente al ex dictador Augusto Pinochet. El actual presidente, Gabriel Boric, socialista, reconoció de inmediato el resultado y entregará el poder sin aspavientos. En Rusia, Cuba y Nicaragua, las elecciones son una pantomima, no hay cambio de la elite gobernante.

Es característica de nuestros tiempos, la disrupción en todos los órdenes de la vida. La política no podría ser la excepción. La reelección de Donald Trump ha ocasionado enormes desacomodos entre los pueblos del mundo, incluido el norteamericano. La permanente crítica al Gobierno anterior, el uso de la violencia contra las instituciones para llegar al poder y su ejercicio, han creado un ambiente antidemocrático, así como su comportamiento como dueño del mundo, que lo mismo “extrae” a un dictador venezolano, bombardea Siria en Medio Oriente y, ahora, amenaza intervenir en Irán. Pretender anexionarse Canadá, apropiarse -sin importar cómo- de Groenlandia; imponer restricciones económicas a quienes no se ajusten a sus propósitos hegemónicos y perseguir con saña a inmigrantes mexicanos, son síntomas de un desequilibrio mental. Mal asunto.

Entre nosotros, ya cumplió un año al frente del Gobierno la primera mujer que, por decisión de López Obrador y avalada por una amplia mayoría de ciudadanos, ocupa la presidencia. Mientras, desde su refugio en Tabasco, el supremo elector ejerce su influencia sobre la mandataria, que enfrenta problemas muy graves, tanto dentro del país, como los derivados de una vecindad sumamente complicada. Su ejercicio de gobierno ha sido marcado, en gran medida, por una visión dogmática y excluyente con aquellos que no comparten su ideología y por el predominio de las fuerzas armadas en tareas ajenas a su natural responsabilidad. De la lucha contra el narco y la corrupción, luego hablamos. 

Salta a la vista que no todas las transiciones de Gobierno son iguales.

Cortesía de El Informador



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