El control del fuego, la invención de la rueda y el desarrollo de las técnicas de conservación de alimentos son algunas de las grandes incógnitas tecnológicas sobre las que la historia sigue interrogando el registro material del pasado. Pero no son las únicas. Durante décadas, el arco compuesto se ha considerado una de las innovaciones tecnológicas más tempranas y revolucionarias de la prehistoria. Este instrumento, que combinaba distintos materiales como la madera, el cuerno y el tendón, se convirtió en un arma extremadamente eficaz. Permitió transformar en profundidad actividades humanas como la guerra, la caza y la movilidad.
Una de las teorías dominantes sobre su aparición sostenía que el arco compuesto había surgido ya en el IV milenio a. C., posiblemente de manera independiente en varias regiones. Sin embargo, un estudio reciente publicado en Journal of Archaeological Method and Theory cuestiona de forma sistemática esta narrativa y propone una revisión radical de su cronología.
¿Qué es realmente un arco compuesto? Una cuestión de definiciones
Uno de los pilares del nuevo planteamiento que propone el investigador Gabriel Šaffa es la necesidad de definir qué es un arco compuesto de manera rígida. En la literatura arqueológica, el término se ha aplicado con frecuencia a cualquier tipo de arco que combine más de un material, incluso cuando estos no tengan una utilidad directa en el almacenamiento de energía.
El estudio sostiene que solo debe considerarse arco compuesto aquel cuyos brazos integran, con fines utilitarios, la madera, el cuerno y el tendón en aquellas zonas sometidas a tensión y compresión. Esta precisión conceptual constituye la base que ha permitido a Šaffa reevaluar críticamente las supuestas evidencias de arcos compuestos en la antigüedad.

El problema de las evidencias tempranas: una iconografía engañosa
Gran parte de las propuestas que adelantaban el origen del arco compuesto se apoyaban en las representaciones iconográficas del IV y III milenio a. C. procedentes de Mesopotamia, el Cáucaso, Europa central o las estepas pónticas. Estas imágenes muestran arcos muy curvados, con perfiles complejos que, durante mucho tiempo, se interpretaron como indicios de tecnología compuesta. El estudio demuestra, sin embargo, que estas formas representan arcos simples de perfil doblemente convexo, fabricados con una sola pieza de madera.
El arco doble convexo, el gran protagonista olvidado
El análisis comparativo de imágenes, relieves y elementos del registro arqueológico ha permitido identificar un tipo de arco recurrente desde el Neolítico hasta bien entrada la Edad del Bronce: el arco doble convexo. Según el autor del estudio, este diseño, que se caracteriza por una profunda curvatura, podía generar siluetas engañosas cuando se representaba con la cuerda floja o en reposo. Muchos de los arcos considerados compuestos en la iconografía antigua, por tanto, habrían sido, en realidad, arcos simples de madera.

Las evidencias materiales que desmontan la cronología
Otro de los puntos que Šaffa expone en su investigación concierne a la datación del arco compuesto. En este sentido, los escasos restos arqueológicos conservados resultan reveladores. Ejemplos como el arco hallado en Wadi el-Makkukh, datado hacia 3800 a. C., o los arcos egipcios del Reino Medio, muestran sin lugar a dudas una construcción monomaterial. Ninguno de los arcos preservados anteriores al II milenio a. C., por tanto, presenta una estructura plenamente compuesta. Esta evidencia, por tanto, parece invalidar las hipótesis tradicionales.

Ni la domesticación del caballo ni la guerra a caballo explican su origen
Las evidencias genéticas y arqueológicas indican que la normalización de la equitación sería posterior a la aparición más temprana del arco compuesto. Los datos, por tanto, echan por tierra la idea de que esta tecnología nació específicamente para optimizar la eficiencia en la guerra montada.
Durante mucho tiempo, la arqueología asumió que el arco compuesto había surgido como respuesta a las exigencias de la guerra a caballo en las estepas euroasiáticas. El nuevo estudio cuestiona esta relación causal.
Si existe una innovación estrechamente asociada al surgimiento del arco compuesto, sin embargo, es el carro ligero de ruedas radiadas. Ambos se documentan de forma casi simultánea en amplias regiones del Próximo Oriente y Eurasia a comienzos del II milenio a. C. Por ello, Šaffa sostiene que el arco compuesto se habría integrado en un complejo tecnológico-militar que incluye carros, nuevas formas de armamento y cambios en la organización bélica.

Egipto y el Próximo Oriente como focos tempranos bien documentados
Las evidencias más antiguas e inequívocas de la presencia de arcos compuestos proceden del Egipto del Reino Nuevo, en especial a partir del siglo XVI a. C. Aunque estos arcos muestran una gran variabilidad constructiva, comparten principios tecnológicos comunes. Todo apunta a que esta tecnología se introdujo desde el Próximo Oriente, quizás a través de los contactos con las poblaciones de Siria y Anatolia.
Un origen único y una difusión rápida a escala continental: la reescritura de una tecnología
La revisión exhaustiva de las pruebas iconográficas, materiales y contextuales, por tanto, obliga a replantear la historia del arco compuesto. Frente a las teorías que sostienen la invención simultánea del arco compuesto en distintas áreas culturales de la antigüedad, el estudio de Gabriel Šaffa defiende su origen único. Desde ese núcleo inicial, la tecnología se habría difundido con rapidez por Eurasia, siguiendo patrones similares a los de la difusión del caballo doméstico y el carro de guerra. Los pueblos indoiranios habrían desempeñado un papel clave en esta expansión, con diseños tan influyentes como el arco escita.
Referencias
- Šaffa, G. 2025. “Reassessing the Evidence for the Composite Bow in Ancient Eurasia”. Journal of Archaeological Method and Theory, 33. DOI: 10.1007/s10816-025-09750-4
Cortesía de Muy Interesante
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