Durante más de un siglo, la figura de Shadrack Byfield fue tratada como una curiosidad histórica. Un soldado británico de infantería que perdió un brazo durante la Guerra de 1812 y que, a pesar de su discapacidad, logró escribir una de las pocas memorias existentes de un combatiente raso en aquel conflicto. Su libro de 1840, titulado Narrative of a Light Company Soldier’s Service, era citado con frecuencia en libros de historia y documentales en Reino Unido, Estados Unidos y Canadá. Hasta ahí, la historia parecía cerrar perfectamente: un veterano heroico, estoico, valiente.
Pero todo cambió cuando el historiador Eamonn O’Keeffe, de la Memorial University de Newfoundland, halló en los archivos de una biblioteca de Ohio un ejemplar olvidado de un segundo libro de Byfield, publicado en 1851 y titulado History and Conversion of a British Soldier. Este hallazgo, junto con el estudio profundo de fuentes inéditas y correspondencia oficial, ha permitido reconstruir una vida mucho más compleja, dura y fascinante de lo que se creía. El resultado, publicado en el Journal of British Studies, no solo reescribe la historia personal de Byfield, sino que ofrece una ventana única al mundo de los veteranos británicos de comienzos del siglo XIX.
El joven que desafió a su madre y acabó perdiendo un brazo
Shadrack Byfield nació en 1789 en la localidad de Bradford-on-Avon, en Wiltshire, en el seno de una familia de tejedores protestantes. Aunque estaba destinado a seguir el oficio de su padre, a los 18 años tomó una decisión que marcaría el resto de su vida: se alistó en la milicia local. Su madre, según narraría después, quedó tan conmocionada que murió pocos días después.
Poco después ingresó en el ejército regular británico y fue destinado a Canadá en 1809, como parte del 41.º Regimiento de Infantería. Cuando estalló la Guerra de 1812, ya estaba en servicio en la frontera del Niágara. Sobrevivió a combates encarnizados, recibió un disparo en el cuello y continuó luchando. Pero en 1814, durante una escaramuza, una bala le destrozó el antebrazo izquierdo. La amputación fue inevitable, realizada sin anestesia, y su brazo terminó arrojado en un montón de desperdicios. Byfield lo recogió con rabia, construyó un ataúd improvisado y le dio sepultura con sus propias manos.

De héroe a marginado
A su regreso a Inglaterra, se encontró con una situación bien distinta de la que se suele contar en las crónicas militares. Su pensión, de apenas nueve peniques al día, no le permitía sostener a su familia. Aunque el relato de 1840 afirmaba que vivió “cómodamente” como tejedor, usando una prótesis que diseñó él mismo tras soñarla, su segundo libro y las fuentes estudiadas por O’Keeffe pintan una realidad mucho más precaria: pobreza, endeudamiento, enfermedades crónicas y rechazo social.
En su desesperación, Byfield buscó la ayuda de altos mandos retirados, como el coronel William Napier, quien movió hilos para que le aumentaran la pensión y consiguió publicar su primer libro. A cambio, Byfield se mostró en aquel texto como un soldado ejemplar, disciplinado y leal. Pero su verdadera personalidad y sufrimiento quedaron reservados para su segundo libro, donde reconocía, por ejemplo, haber desertado temporalmente del campamento para saquear junto a otros soldados. Esa sinceridad le habría costado cualquier ayuda si la hubiese expresado en 1840.
La fe como refugio… y como trinchera
El segundo volumen no solo revela su lucha por sobrevivir como veterano discapacitado, sino también su proceso de conversión religiosa. Shadrack se convirtió en un ferviente protestante, fundó una pequeña capilla y llegó a registrar un lugar de culto con su propio nombre. Pero su entrega a la causa religiosa lo llevó también al conflicto.
Durante los años 50 del siglo XIX, Byfield se vio envuelto en una batalla campal por el control de una iglesia baptista en Gloucestershire. El enfrentamiento acabó en un tumulto durante el culto, con acusaciones de agresión, insultos y enfrentamientos con la policía. Byfield fue acusado de herir a un adversario con el gancho de su brazo ortopédico. Aunque no fue condenado, perdió su empleo como cuidador de un monumento local y con él, su vivienda.
La caída fue tan dolorosa como su anterior ascenso. Para muchos de sus vecinos, había pasado de veterano ejemplar a paria pendenciero. Lo que los relatos hagiográficos habían omitido —su carácter fuerte, su resistencia a la injusticia, su activismo— emergía ahora como motivo de persecución y aislamiento.

Un tercer libro, un final silencioso
En 1867, ya con casi 80 años, Byfield trató de publicar un tercer libro titulado The Forlorn Hope, del que no se conserva ninguna copia. A esas alturas, su vida era la de un anciano empobrecido, dependiente de la caridad y olvidado por las autoridades a las que tanto había servido. Murió en 1874 a los 84 años, en la misma localidad donde había nacido, sin reconocimiento oficial ni lápida conmemorativa.
Curiosamente, su hija eligió poner en el certificado de defunción, en lugar de su oficio como tejedor o cuidador, su rango militar y regimiento. Ese detalle final, según O’Keeffe, resume mejor que nada el impacto que la guerra y la experiencia militar dejaron en su identidad personal.

El testimonio que reescribe la historia
Lo verdaderamente revolucionario del trabajo de O’Keeffe no es solo haber recuperado un texto olvidado, sino el haber devuelto la humanidad a un personaje que había sido simplificado hasta la caricatura. Byfield no fue un héroe de cartón piedra. Fue un joven que tomó decisiones difíciles, un mutilado que construyó su propia prótesis para sobrevivir, un hombre que luchó contra la indiferencia del Estado, que abrazó la fe, que fue acusado de delitos, que cayó en desgracia, pero que nunca dejó de pelear por lo que creía justo.
Su caso obliga a replantearse la historia de los veteranos británicos después de las guerras napoleónicas. Lo que se creía una transición serena a la vida civil, fue para muchos un campo de batalla invisible: con pensiones insuficientes, desprecio social, enfermedades sin tratamiento y un sistema que los prefería silenciosos, agradecidos y ejemplares.
Gracias a la investigación de O’Keeffe y a las palabras que Byfield dejó escritas, aunque olvidadas durante más de 150 años, hoy podemos mirar a esos soldados no como estatuas, sino como personas reales. Personas con heridas abiertas, con fe, con ira y con dignidad.
Referencias
- O’Keeffe E. From Amputee to Author: Shadrack Byfield and the Making of a War of 1812 Veteran. Journal of British Studies. 2026;65:e1. doi:10.1017/jbr.2025.10169
Cortesía de Muy Interesante
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