
La caída del muro de Berlín fue un cataclismo muy mal evaluado, en nuestro pasado reciente. Sin duda una primera consecuencia es que las fronteras entre derecha e izquierda se borraron. Eso dejó al mundo un poco desnudo en materia ideológica, pero sobre todo de acción política. Había dos alternativas: seguir avanzando en las reformas socialdemócratas o declararse completamente echados a los brazos del capitalismo salvaje.
En ambos casos, sin embargo, la democracia liberal y el mercado se volvieron el dios al que todos debían rendirles. Dos cosas sucedieron, con ello, el avance sin freno del capitalismo replegó al estado, a un punto, en el que dejó de ser eficiente. Dejó de resolver a través de acciones colectivas. Dejó de comandar la realidad social. Dejó que los proyectos políticos de adelgazaran como el propio estado. Dejó de resolverle a la sociedad sus necesidades y demandas y que los políticos se volvieran sin sustancia; para que tener sustancia, si lo que importa es que la gente tenga, yo tenga y no importa desde dónde o con que color o ideología, hay que ganar el poder y desde donde sea hacer lo que se pueda mientras la política me da de comer y muy bien. Para ello hay que arrebatarles a los ricos y los que se creen dueños del capital, su posición predominante y hacernos ricos nosotros también. Hace unos 10 años, un sobrino inteligente y muy movido me preguntó, en momentos en que iniciaba sus intereses y actividades políticas en el edomex: Oye tío, tengo duda ¿en que partido debo militar para hacer más dinero? Asombrado me volteé con él y le dije: para mí la política no es sobre dinero, ni donde gano más, se refiere a otra cosa, pero me dejó tan asombrado que sólo comprobé las tesis de Bauman (La Realidad Liquida). Estaba haciéndome grande y ajeno a la realidad.
Lo segundo que desató la caída de Berlín y la perdida de ideologías fue un individualismo absoluto olvidándose de los demás y consumo desenfrenado que no encuentra llenadera, expresado en modelos de teléfono que cambian poco año con año y en un mundo del lujo que representa en 3.5% del consumo global. Y, con ello, algo peor: el rencor social y el odio entre los que tienen mucho y los que creen tener nada. Ahí florecieron los populismos de derecha e izquierda.
Resultado: tenemos una clase política, con certeza en México, que carece de sustancia, contenido, ideales y visión de estado, que no sea defender detentar el poder por el poder. Una clase política que apuesta todo a crear una clientela electoral que los mantenga ahí, representada en la frase: que mueran los ricos y que vivan los pobres . . . hasta el empareje. Que se ha hecho particularmente corrupta e irracional, autoritaria, vengativa y obediente hasta un grado que asombra y sorprende. Una clase política vil, que está dispuesta a pactar con quien sea, con tal de seguir ahí, amamantándose no impoorta de que manera, después de todo, el movimiento en realidad es un pacto de complicidad con el mismo objetivo, sin fijarse en el cómo, y por lo tanto de completa y impunidad. Por eso le cuesta a la presidente cumplir con las exigencias de Washington, porque todavía no se han emparejado. Nada más, pero nada menos, también.
Cortesía de El Economista
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