Por Horacio Rivera
–¡Órale, vamos a meternos al edificio aquél! ¡Rápido! –le digo al Grandote mientras cruzamos la calle apurando el paso. A lo lejos, el mar que se encuentra del otro lado del malecón, brilla en absoluta calma. Como si sus aguas estuvieran dormidas.
-¡Ya nos vieron, mi comandante! –Me contesta el Grandote y su cara se desencaja.
Le echo un ojo a la nueve milímetros que traigo en el cinto. Está lista. Con una bala en la recámara para lo que se ofrezca. Ni tiempo tuvimos de sacar los “erre” de la cajuela de la Suburban. O mejor dicho, sí tuvimos tiempo, pero nunca imaginé que ese domingo iban a ir por mí. Yo ya sabía que me andaban buscando. Es el precio que un policía tiene que pagar por no aceptar el dinero de la maña. Qué me costaba agarrar los ochenta mil dólares que me ofrecieron. Pero no. Soy necio. Bajaron los cuatro que venían en una camioneta roja. Los otros dos, que estaban en el Golf blanco, se quedaron dentro haciéndose pendejos con el teléfono celular. Los malandros son todos iguales. Pocos son los que saben disimular su ansiedad. Es como si siempre tuvieran prisa por hacer su jale.
El edificio está en obra negra, sólo concreto y varillas. Subimos dando zancadas por las escaleras de metal. En la lejanía despunta el muelle de Manzanillo y, más allá, el enorme recinto fiscal donde permanecen los contenedores, inmóviles y apretujados, debajo del feroz sol de medio día. Los cuatro tipos vienen cruzando la calle. Ni siquiera disimulan los cuernos de chivo que traen al hombro. Tienen órdenes. Y a menos que las cumplan, no van a recibir un solo centavo de lo que les prometieron. Caray. ¿Cómo me metí en esto? Si sólo estaba haciendo mi chamba. Desde el día que llegué comisionado a Manzanillo se me ordenó que, junto con mis muchachos, “cerráramos la pinza” en la aduana. Y eso fue justo lo que hicimos. Empezamos a decomisar la merca que venía de todos lados. Muchas veces nos avisaban en qué barco estaba escondido el perico o los precursores químicos, otras, era pura suerte. Revisar un contenedor debajo del sol de Manzanillo es una chamba ingrata. Se necesitan muchas manos para vaciar los contenedores. La revisión de un solo contenedor puede llevar una mañana completa. Claro, es más fácil permanecer en la sombrita, hacerse de la vista gorda y dejar pasar toneladas de merca a cambio de un buen billete.
Además, cuando le juegas al policía honrado, haces encabronar a mucha gente poderosa, comenzando por la gente de tu propia corporación. Llegas a tirarles el negocio. Un negocio que ya está perfectamente engrasado. Un negocio que no sólo da para pagar lujos, sino que de refilón sirve para cubrir muchos de los gastos de operación de la propia policía. El mundo real no es como las series de televisión. En el mundo real un comandante, además de sus propios gastos, tiene que atorarle con los gastos de sus agentes. Gasolina, comidas, gratificaciones. Y hasta las chelas. Todo sale del bolsillo del comandante. ¿Y al comandante quién le da? No queda de otra más que rascarle de donde se pueda. Vienen subiendo, se escuchan sus pasos raspando el piso de cemento recién colado. El Grandote me mira y también mira su treinta y ocho. Nunca he visto a un hombre sudar tanto. Tiene las axilas empapadas igual que la frente y el cuello. El hombre tiene miedo. ¿Y quién no tiene miedo? La única diferencia es que algunos saben gobernar ese miedo mejor que otros. Se va a poner bueno. A ver quién le jala primero. Tal vez debí aceptar los ochenta mil dólares. Se ve fácil, pero una vez que aceptas el billete te echas un alacrán al hombro. Miro el muelle a lo lejos. Le ordeno al Grandote que no haga ruido. Nos arrimamos a un muro, nos quedamos quietos. Siento como si se me saliera el corazón del pecho, tengo las piernas engarrotadas. El Grandote mira con alarma la entrada del cuarto. Algo cruje debajo de mis pies. Es un sonido metálico, hueco. Bajo la mirada y golpeo con el pie, el piso cubierto de polvo vuelve a crujir. Es la tapa de una coladera. La coladera no es muy grande, pero al menos permite la entrada de un cristiano. Levanto la tapa, me asomo. Un tufo rancio a humedad me pega de lleno. Mis ojos van y vienen en la penumbra. Sólo Dios sabe lo que hay al final del ducto.
“¡Órale, hijos de la chingada, van a salir o les parto su madre!”, grita una voz con furia del otro lado del muro. Comienzan a retumbar los plomazos. Las ráfagas son ensordecedoras. Las balas cruzan por todos lados; se incrustan en el techo y en los muros desnudos arrancándoles el polvo. Miro la coladera una vez más y enseguida todo se vuelve oscuridad. Frente a mis ojos el aire se pinta de negro. Tengo la espantosa sensación de estar cayendo. Sólo escucho el alarido que surge de mi garganta. ¿Y el Grandote? Siento de pronto como si el cuerpo se me congelara desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Suena en mis oídos el estallido de agua, el frío me aguijonea las piernas. He dejado de caer, mis pies yacen apoyados sobre algo que no alcanzo a distinguir. Escurro agua por todo el cuerpo. Los brazos me tiemblan en medio de la oscuridad. El tufo a mierda y orines es insoportable. Apenas puedo contener las nauseas. Trato de abrirme paso entre el agua hedionda y densa, que me llega por arriba de la cintura. Algo brilla a lo lejos. ¡Es una luz! Tal vez estoy muerto. Y en realidad me encuentro en el famoso túnel, ese que dicen haber visto todos aquellos que iban camino a la muerte y que, por alguna razón, regresaron a la vida. No, no puedo estar muerto. Porque si lo estuviera, no percibiría la pestilencia del agua nauseabunda que me rodea. ¿Y el Grandote…?
Dejanos un comentario: