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- Autor, Atahualpa Amerise
- Título del autor, BBC News Mundo
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Tiempo de lectura: 8 min
La violencia pandillera ha vuelto a causar estragos en Guatemala.
Reclusos de la mara Barrio 18 tomaron el control de tres prisiones, secuestrando a unos 50 rehenes, mientras sus compañeros en libertad perpetraban una serie de ataques que dejaron nueve policías muertos y varios heridos el pasado fin de semana.
Tras recuperar el mando de las cárceles, el presidente de Guatemala, Bernardo Arévalo, declaró el estado de sitio por 30 días.
Las primeras investigaciones apuntan a que Barrio 18 llevó a cabo la ofensiva bajo la dirección de su líder, Aldo Dupie Ochoa alias El Lobo, después de que las autoridades guatemaltecas se negaran a conceder una serie de privilegios penitenciarios y exigencias políticas.
La ola de violencia ha puesto de manifiesto el poder que en Guatemala aún tienen las pandillas, y en especial Barrio 18, que se disputa la hegemonía de las calles de Ciudad de Guatemala y otras localidades con su eterno rival, la Mara Salvatrucha 13 (MS-13).
El sicariato, la extorsión y tráfico de drogas son las principales actividades de estas maras, consideradas grupos terroristas por los gobiernos de Guatemala y Estados Unidos.
Pero ¿cuál es el origen de Barrio 18? ¿Cómo opera? ¿Quiénes son sus líderes? Lo analizamos.
De Los Ángeles a Ciudad de Guatemala
La pandilla Barrio 18 tiene su origen a miles de kilómetros de Guatemala y Centroamérica.
La formaron jóvenes de ascendencia mexicana en la década de 1960 en el este de Los Ángeles, y más específicamente en la calle 18.
Fue allí donde adoptaron el nombre de 18th Street Gang, en un entorno dominado por otras pandillas estadounidenses que se disputaban el control de los barrios en un contexto marcado por la pobreza, la delincuencia y la exclusión social .
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Con el tiempo, la llegada de migrantes centroamericanos -salvadoreños, guatemaltecos y hondureños- amplió su base social y territorial, reforzando su estructura y capacidad de expansión dentro de California.
En los años 90, las políticas migratorias y de seguridad de Estados Unidos derivaron en deportaciones masivas a Guatemala, El Salvador y Honduras de jóvenes vinculados a pandillas.
“Estos jóvenes se instalaron en los barrios de donde habían partido, en su mayoría en condiciones de pobreza o pobreza extrema, donde se organizaron en pequeños grupos o clicas, y se fortalecieron al dedicarse a actos delictivos para sobrevivir”, explica a BBC Mundo Eddy Morales, profesor de criminología de la Universidad San Carlos de Guatemala.
Es precisamente en Guatemala donde Barrio 18 tuvo más éxito, consolidando su presencia en áreas urbanas populares.
Entre ellas está la Zona 18, la más poblada y una de las más marginales de Ciudad de Guatemala, convertida en su principal bastión.
“La elección de la zona 18 de la capital como epicentro no fue casual, sino una forma de trasladar a Centroamérica la identidad forjada en Los Ángeles”, indica Morales.

Asesinatos y extorsión
Barrio 18 es de largo la mara más numerosa en Guatemala con unos 22.000 miembros, mientras que la MS-13 cuenta con aproximadamente 10.000, según estimaciones recientes del Ministerio de Gobernación guatemalteco.
El gobierno tiene identificados a unos 12.000 pandilleros y colaboradores en todo el país y otros 3.000 están en prisión, entre ellos algunos de los líderes de ambos grupos.
La actividad de las maras explica, en parte, el elevado número de homicidios en Guatemala: en 2025 se registraron 3.022, casi el 85% con arma de fuego, según el Ministerio de Gobernación.
La cifra supone un aumento del 5% respecto a los 2.869 del año anterior y sitúa a Guatemala a la cabeza de Centroamérica en muertes violentas.
Parte de estas muertes responden a la actividad de las maras, desde batallas entre rivales hasta asesinatos a sueldo, pasando por ejecuciones a comerciantes que no pueden o se niegan a pagar la “renta”.
La extorsión es, de hecho, la principal fuente de financiación de Barrio 18, que exige pagos periódicos a los pequeños y medianos empresarios de las zonas que controla.
Se cree que prácticamente todos los comerciantes de Guatemala sufren algún tipo de extorsión, el delito más extendido en el país con más de 1.200 denuncias cada mes, aunque los expertos estiman que la cifra real es infinitamente mayor ya que solo unas pocas víctimas acuden a las autoridades.
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Las clicas que vertebran la mara, tanto dentro como fuera de la cárcel, cuentan con estrictas jerarquías internas que determinan roles y funciones.
“Está el que lleva la palabra, el principal, al que llaman ranflero; después están los palabreros, luego los soldados, más abajo los banderas y, finalmente, los iniciados o aficionados. Así funciona normalmente en todas las clicas”, describe el criminólogo Eddy Morales.
La Mara Salvatrucha se caracteriza por su planificación operativa, mientras que el Barrio 18 actúa “de forma más errante”, lo que compensa con su superioridad numérica, explica el analista.
Barrio 18 desde dentro
Edwin Cordón, exmarero del Barrio 18 reconvertido en pastor cristiano, explicó a BBC Mundo cómo funciona la banda por dentro.
Criado en un ambiente marginal de la Zona 18, Cordón ingresó a la mara en su adolescencia, sobre el año 2000, tras superar el clásico ritual de iniciación.
“Tres miembros nos dieron la pateada durante 18 segundos. Esa era la regla: golpes en el cuerpo, no en la cara ni en los genitales. Tenías que aguantar de pie, no caer. Ese día nos bautizamos los tres: mi hermano, mi amigo y yo”, recuerda.
Asegura que esto ha cambiado con el tiempo: ahora no basta con el ritual de iniciación, ya que “hay que pasar periodos de prueba y chequeos” que reafirmen la lealtad absoluta al grupo.
“Eso es lo primero que se inculca: la lealtad al número 18. La pandilla se convierte en una entidad. Cuando estás ahí decís: ‘es que el barrio dice…'”, indica.

El número 18 es objeto de devoción entre sus integrantes, que se lo suelen tatuar en el cuerpo ya sea en números arábigos, en números romanos o en letras.
También manejan su propio lenguaje de signos: “el más común es puño cerrado. La seña más conocida de Barrio 18 es el XB3: con los dedos formás la X, el 3 y la B. Por otro lado, está el 18 con los dedos, o variantes propias de cada clica”.
Otra característica de Barrio 18 es la delgada línea que separa la vida y la muerte.
“Hoy te pueden mandar a matar porque te quedaste con dinero”, asegura el expandillero, y aclara que años atrás una falta de este tipo se solucionaba con un castigo menor.
Formar parte de Barrio 18 aporta a muchos jóvenes marginales guatemaltecos ciertos privilegios como dinero, poder o sentimiento de pertenencia.
En la otra cara de la moneda, a la mayoría de ellos les espera la cárcel o una muerte violenta.
“Mi hermano menor fue asesinado a los 16 años por un grupo contrario; mi mejor amigo también fue asesinado; y muchísimos compañeros”, recuerda Cordón.
El Lobo
Lejos de atajar el poder de estos grupos delictivos, las cárceles son el epicentro de muchas de sus operaciones.
“Desde prisión siguen dando órdenes debido al respeto que mantienen hacia la integración grupal, a sus códigos de silencio, de honor y de lealtad al grupo. Estos líderes encarcelados dirigen muchas operaciones”, indica el criminólogo Eddy Morales.
Explica que los jefes e integrantes de las clicas mantienen una comunicación constante “gracias a la corrupción imperante en el sistema penitenciario, que permite el ingreso de teléfonos celulares y routers”.
Estos medios les facilitan seguir delinquiendo mientras cumplen condena: la Fiscalía guatemalteca estima que entre el 80% y el 90% de las llamadas extorsivas se realizan desde prisión.
De hecho, se cree que el motín en tres prisiones y los ataques a policías perpetrados los pasados días se ordenaron desde una celda.
En específico, desde la celda del que muchos consideran el máximo líder de Barrio 18 en Guatemala: Aldo Dupie Ochoa Mejía, de 41 años, alias El Lobo.
“Él es quien dirigió la toma de los tres centros generales”, afirma Eddy Morales.
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El Lobo está recluido en el Centro de Detención de Máxima Seguridad para Hombres Renovación I, uno de los tres donde se produjo el motín, donde cumple una condena de 1.670 años de prisión por los delitos de asesinato, robo agravado y secuestro, entre otros.
Los motines se produjeron en respuesta a los operativos de las autoridades para restablecer el control en los centros de detención.
El gobierno de Arévalo endureció las condiciones carcelarias y las penas para los pandilleros en los pasados meses, pero se topa a menudo con un sistema judicial ineficiente y permeado por la propia delincuencia organizada.
Esto permite que los dirigentes puedan seguir dirigiendo las actividades delictivas de las maras desde sus celdas pese a, supuestamente, estar sometidos a aislamiento en prisiones de máxima seguridad.
“En Guatemala las cárceles solo tienen la máxima seguridad de nombre, pero en la realidad eso no existe”, sentencia el criminólogo.

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Cortesía de BBC Noticias
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