Por Horacio Rivera
Comenzaron a limpiarle los zapatos, y el presidente de la Suprema Corte, Hugo Aguilar, ni pío dijo. En vez de eso movió su gracioso piececillo a un lado como para facilitarle la limpieza a Amanda Pérez Bolaños, directora de comunicación social de la SCJN, quien puesta en cuclillas, hacía malabares con un Kleenex. Sin duda se trata de una imagen pocas veces vista en México. Es decir, a un “güerito”, limpiándole los zapatos a un indio. Se dijo que con la nueva Corte vendría un cambio. Y en efecto, el cambio llegó. Sólo que en forma de revancha
El desplante de Aguilar recuerda en mucho a aquellos relatos de la corte de Luis XIV, el famoso rey Sol, famoso por su petulancia y su afición a recibir halagos por parte de sus cortesanos. En el caso del presidente de la tremenda Corte, lo que descoloca a varios, es que la güerita se haya rebajado a limpiarle los papos a su jefazo. ¡Cómo! Si la güerita estudió en el ITAM y su jefazo en la Universidad Autónoma de Oaxaca. ¡Cómo! Si el jefazo es “pata rajada” y la güerita habla inglés. Sí. La escena que vimos en Querétaro por mucho tiempo ocurrió al revés. Es decir, quien que le limpiaba los zapatos al güero era el indio o la comitiva de indios que lo acompañaban. Y el güero se dejaba querer. Tal y como se dejó querer el presidente de la SCJN. Sí, porque ese cuento esgrimido por el propio Aguilar, en el sentido de que en cuanto vio que le estaban limpiando los rieles, le pidió a sus ayudantes que pararan con tal indignidad, es eso, un cuento. Lo que se ve no se juzga. Si lo único que faltó fue que, luego de la limpieza de zapatos, Aguilar le diera una palmadita en la cabeza a sus aduladores en señal de beneplácito y grandeza. Pero no se le puede culpar del todo. Pocos hay que, luego de sufrir una vida de humillaciones y carencias, como es al caso de Aguilar, no cobren venganza por las afrentas recibidas cuando el destino les presenta la ocasión. Pocos saben lo que ha tenido que pasar alguien como él en su tortuoso camino al poder. Un indígena oaxaqueño sin apellido rimbombante ni el don de la belleza física. Cuántos desdenes, cuánto racismo, cuántos sapos tragados siempre poniendo una sonrisa. Son sus 15 minutos de fama y, por lo que se ve, Aguilar no piensa dejar que se le escurran entre los dedos sin antes paladear las mieles del poder y los privilegios. Un poder, que si no se controla, puede convertirse en un ejercicio vergonzoso. Como ya vimos.
Lealtad
Para bueno y para malo, el proyecto de López Obrador empoderó a los agachados. En los pobres encontró docilidad, ignorancia y resentimiento. La mezcla perfecta para hacerse de una legión de seguidores incondicionales que lo acompañaran en su búsqueda de la Presidencia. No se necesitaba talento ni experiencia para pertenecer al movimiento de la “transformación”, sólo una gran lealtad. El incidente mismo de la “boleada lambiscona” retrata con lamentable precisión lo que puede ocurrir cuando la lealtad se convierte en servilismo. Y si alguien entiende el valor de lealtad extrema es el propio Aguilar, pieza clave en el plan indígena de López Obrador. Fue Aguilar quien se encargó de acercarse a los pueblos indígenas para convencerlos de que no se opusieran a los megaproyectos del obradorismo, como el tren Maya, los cuales, supuestamente, traerían incontables beneficios para sus comunidades. Aguilar fue un operador político, cuya lealtad incondicional le allanó muchos obstáculos al ex presidente. Y a cambio fue recompensado con el premio gordo. Nada menos que la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Los asegunes
El problema es que la lealtad y la sumisión, en nada suplen a la ignorancia. No basta con poner en un puesto clave a alguien “leal”. Haría falta que esa persona también supiera desempeñar con calidad el puesto que se le asignó. Queda para las vergüenzas de la historia el caso de la ministra de la SCJN, Lenia Batres, la autonombrada, “ministra del pueblo”. Un personaje autoritario, poco experimentado y déspota, el cual siempre termina por llevarle la contraria con los otros ministros de la Corte; pero no por que Batres lance agudas disertaciones o análisis, sino porque muchas veces ni siquiera se entera de lo que se está tratando en las sesiones. Al igual que Aguilar, en algún momento de su vida, Lenia perteneció al club de los políticos pobres y resentidos. Hasta que la “transformación” le hizo justicia.
En 2018, en Holanda ocurrió un incidente muy parecido al que protagonizó Aguilar en Querétaro. El en ese entonces primer ministro holandés, Mark Rutte, derramó un vaso con café al entrar al Parlamento de La Haya. El café cubrió el suelo brillante con una gran mancha. A diferencia de Aguilar, Rutte no esperó a que alguien interviniera para limpiar el desastre involuntario. Tampoco siguió de largo como si nada hubiera pasado. En vez de eso buscó a una mucama y le pidió que le prestara su trapeador con todo y jerga. Y sin más comenzó a trapear el piso hasta que éste volvió a brillar. Luego de eso, otras mucamas que se encontraban cerca comenzaron a aplaudirle. Humildad, seguridad, liderazgo. ¿Quieres conocer a alguien? Invístelo de gran poder. En el caso del presidente de la Corte, una de las cosas más preocupantes es el mensaje que queda luego de su muestra de soberbia. El mensaje de que la nueva Corte es aún más arrogante, más caprichosa que la que dejó Norma Piña. Por lo que aquellos que pretendan que se les haga justicia, más vale que tengan dinero suficiente para ser obsequiosos y lambiscones con los “ministros de la austeridad”. Tremenda arrepentida se debe estar dando la aludida, Norma Piña, cada vez que recuerda que también en Querétaro, hace años, al aparecer el presidente López Obrador, permaneció sentada en su silla en vez de ponerse de pie en señal de sumisión ante el primer mandatario. Y le costó la Corte.
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