Por Horacio Rivera
Sí, el pasado domingo 22 de febrero el Ejército Mexicano capturó y eliminó al Mencho. Pero no fue un día de campo. Según lo dicho por el general Ricardo Trevilla, secretario de la Defensa, más de veinte soldados murieron en el zafarrancho. Visto así el operativo para detener a uno de los traficantes más buscados del mundo no fue limpio. Parece que nuestros soldados de la Guardia Nacional son entrones como pocos, pero carecen del adiestramiento y el equipo necesarios
Como quien dice, los mandaron a la guerra sin fusil. O al menos los mandaron con armas menos poderosas de las que usaron los sicarios de CJNG para contestar el fuego. Sin camionetas blindadas, sin lanzagranadas, sin granadas. ¿Cómo se le puede ganar a un enemigo que trae una Barret calibre cincuenta, con balas que traspasan el metal como si fuera de papel? Se le hizo un nudo en la garganta al general Trevilla al momento de dar el pésame a los familiares de los soldados caídos en el operativo. No, no fue actuación ni montaje. La espontaneidad de la reacción del general demuestra que le caló muy hondo la muerte de sus hombres. Pero habría que preguntarle al general si la tristeza que lo embargaba en ese instante era de impotencia. La impotencia de saber que esos soldados, la tropa, carece del adiestramiento y del armamento para pelear una “guerra”. Aunque al gobierno no le guste llamarla así. La moral es algo muy importante dentro de un ejército. Y hoy la moral del nuestro está de capa caída. ¿Era necesario que perdieran la vida tantos soldados? ¿No se supone que un operativo como el implementado en Jalisco se ensaya una y otra vez? ¿No sabían a lo que se enfrentaban?
Odiosas comparaciones
Un hecho que podría tomarse como punto de referencia para entender la efectividad de nuestro Ejército, es la actuación del ejército gringo en una misión aun más riesgosa que la captura del Mencho, es decir la incursión en Venezuela para enfrentar a la Guardia Bolivariana y luego secuestrar al ex dictador Nicolás Maduro. Que se sepa, en ese operativo no murió un solo soldado gringo. Ni siquiera hubo heridos. Y no los hubo porque, más allá de las herramientas tecnológicas, el operativo se ensayó una y otra vez; se planeó. ¿O sea que a nuestros soldados los agarraron las prisas? Esa pregunta equivale a preguntarle a la presidenta Sheinbaum si el operativo debió hacerse antes o después de la Copa del Mundo, cuyo partido inaugural ocurrirá en la Ciudad de México. Cualquiera pensaría que lo más prudente habría sido permitir que pasara la fiebre del fútbol, para luego actuar. Con ello se habría eliminado en buena medida el riesgo de que algún turista o, un jugador de algún equipo de fútbol, se convirtiera en víctima de un atentado, como forma de venganza de los mañosos. Pero un Ejército no siempre cuenta con las condiciones ideales para atacar. En el caso del Mencho, el Ejército mexicano recibió la información de parte de los gringos acerca de dónde y en qué circunstancias se encontraba el objetivo. No había otra opción. Era el momento indicado para dar el golpe, más allá de las coyunturas políticas o económicas. Y se dio. Sólo que esta vez no fue la Marina, sino el Ejército el gran protagonista. Y la Guardia Nacional tuvo que bailar con la más fea. El costo fue muy alto.
Reclamo y venganza
No se puede dejar de lado el hecho de que durante el contraataque del CJNG, sus sicarios la emprendieron contra más de cincuenta sucursales del Banco del Bienestar en distintos poblados. Los ataques se pueden entender como un reclamo y una venganza contra el gobierno. Un gobierno que, al menos durante los últimos siete años, se condujo como socio del crimen organizado. Prenderle fuego a los bancos del Bienestar, cuya construcción estuvo a cargo del Ejército, fue la reacción natural de alguien que se siente traicionado por uno de sus socios. Para nadie es un secreto que fue la maña quien financió muchas de las campañas políticas que llevaron al poder a los meros machuchones del morenismo. Cabría esperar que luego del zafarrancho, la maña lance ataques contra otras instalaciones del gobierno mexicano, e inclusive, del Ejército. Por algo los gringos designaron al CJNG y, a otros tantos, como organizaciones terroristas.
Rumores
La falta de una narrativa confiable por parte del gobierno acerca de lo que realmente ocurrió ese domingo en Jalisco ha dado lugar a toda clase de especulaciones. La pregunta es obligada: ¿en realidad murió el Mencho en medio de las balas o fue muerto luego de su aprehensión para que no hablara sobre todo lo que sabía? Hay quienes sospechan que fue ejecutado a bordo del avión que lo trasladó a la Ciudad de México. Otros más fantasean con que continúa vivo, tras haber llegado a un acuerdo con los militares para “desparecer” de la faz de la tierra. También es cierto que hasta ahora no se ha mostrado por parte del gobierno un seguimiento (testimonio gráfico) de lo que ocurrió con el cadáver del Mencho. Ante el silencio y la opacidad, creerle al gobierno mexicano es sobre todo un acto de fe. Mucha fe.
Eso sí, hay que reconocer que el manotazo de Sheinbaum puso a temblar a uno de los cárteles más poderosos del mundo. Y a varios políticos mexicanos también. Lo que resulta incomprensible es que luego de haber ganado la batalla, la presidenta no se asuma como una líder. Alguien que ante el pueblo se responsabilice por el uso de la fuerza y tenga palabras de aliento y seguridad para calmar los temores más profundos de la gente. No, Sheinbaum desdeña lo que la vida le está regresando, como si se sintiera avergonzada por lo que pasó. Como si lamentara que con sus decisiones atenta contra el obradorismo. Sin miedo al éxito, dirían en el barrio. Hoy más que nunca el Ejército debe ver en su Comandante Suprema decisión y cabeza fría. Y sensibilidad para entender a ese Ejército. Desde aquí un humilde y profundo reconocimiento a los soldados caídos en el frente. A la tropa. Dieron la cara. Y la vida.
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