Por Horacio Rivera
Según la CNN, el explosivo que el 28 de marzo mató a El Payín (operador del cártel de Sinaloa) en el Estado de México fue producto de una “operación” planeada por la CIA. Suena bien como trama para una película de ficción. Pero en el mundo real, surgen muchas dudas de que haya sido así. Lo que no se puede poner en tela de juicio es que la nota, lanzada desde Estados Unidos, desató un terremoto político que continúa sacudiendo al gobierno mexicano
El video tomado por un vehículo que iba delante de la camioneta en la que murió El Payín (presunto integrante del Cártel de Sinaloa) es explícitamente perturbador. Se puede ver a la camioneta Toyota envuelta en llamas, mientras rueda por la carretera de forma errática, hasta que invade el carril contrario y desaparece de cuadro, como si la escena hubiera sido parte de una película de acción, tipo la “Supremacía Bourne”. Era lo único que necesitaba la presidenta Sheinbaum para lanzarse contra los gringos. De por sí ya andaba nerviosa por lo ocurrido en la sierra de Tarahumara el 19 de abril, donde murieron dos agentes de la CIA.
La nota de CNN sobre el caso de El Payín sacó de sus casillas a Sheinbaum. Durante varios días dedicó el tiempo de su mañanera para desmentir los dichos, tanto de CNN como del New York Times. Se enganchó de tal manera, que el asunto terminó por volverse contra su narrativa. Sheinbaum no sólo no logró convencer al pueblo de que la CIA no participa en operaciones conjuntamente con agentes mexicanos, como quedó evidenciado en el caso Chihuahua, sino que además los gringos usaron la nota periodística como pretexto para endurecer aun más las presiones. Vinieron las advertencias y las amenazas. En unos cuantos días la nota de CNN logró su cometido: sembrar la duda entre la opinión pública y ponerla contra la presidenta y su partido. Se creó la percepción generalizada entre los mexicanos de que Sheinbaum les estaba mintiendo. Aunque no haya sido necesariamente así.
Modus operandi
Y es que afirmar que la CIA estuvo detrás del asesinato de El Payín es aventurado. Habría que decir, por lo menos, que la explosión de la camioneta en medio de una carretera transitada y el perfil de la víctima (un operador de mediano rango del Cártel de Sinaloa) no coinciden con la manera en la que la CIA suele operar. La CIA no usa la estridencia ni sensacionalismo en sus intervenciones. Como tampoco pierde tiempo ni recursos en eliminar gente que recibe órdenes de otros más poderosos. En todo caso van por el mero jefe, el efectivo. ¿Quién puso la bomba? Pudo haber sido la contra. O quizá todo se debió a una granada que explotó de forma accidental dentro de la camioneta. No sería la primera vez. Durante semanas nada se supo de las investigaciones realizadas por la Fiscalía del Estado de México acerca del asesinato de El Payín, hasta que CNN lanzó el dardo envenenado. No debería causar sorpresa que hubiese sido la propia CIA quien se encargó de filtrar la nota a CNN. Podría parecer una contradicción, pero luego del ver el duro impacto causado en el gobierno de Sheinbaum, la estrategia comenzaría a cobrar sentido. Y mientras la presidenta dirimía en su mañanera el papel de la CIA y estaba distraída rasgándose las vestiduras por la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, los gringos dejaron que el escándalo llamado Rocha Moya se le viniera encima. Fue tan duro el golpe, que la presidenta se vio obligada a dar un viraje en sus prioridades. Se concentró entonces en exigir a los gringos pruebas y más pruebas acerca de la culpabilidad de Rocha. Y las pruebas no tardaron en llegar. Sólo que llegaron caminando, pero no a Palacio Nacional, sino a Estados Unidos. De tal suerte que, antes de que la semana pasada concluyera, Gerardo Mérida Sánchez, secretario de Seguridad Pública y Enrique Díaz Vega, secretario de Administración y Finanzas, ambos pertenecientes al gobierno de Rocha, ya se habían entregado a las autoridades gringas. Casi al mismo tiempo, el director de la CIA, John Ratcliffe, se apersonaba en Cuba para reunirse con el ministro del Interior cubano y decirle que en Washington están pensando seriamente en abrir un expediente contra Raúl Castro, hermano de Fidel Castro, por el derribo en 1996 de dos aviones (Cessna 337), que pertenecían a la organización de exiliados cubanos en Miami. Y aprovechando el viaje a la isla, Ratcliffe también exigió a los cubanos que cierren las estaciones de espionaje rusas y chinas y tomen medidas para abrir la economía de la isla.
Espías
Hace unos días, durante la visita de Donald Trump a China ocurrió algo inesperado. En una cena a la que asistía la plana mayor, tanto del gobierno gringo como del chino, el presidente Xi Jinping, se levantó del lugar que ocupaba en la mesa principal y se ausentó por un momento. Trump se hizo el disimulado y, cuando pensó que nadie lo veía, se acercó a la carpeta que Xi Jinping había dejado sobre la mesa y comenzó a hojearla. Sólo le faltó sacar el teléfono para tomar fotos de lo que veía en la carpeta. Cualquier espía de la CIA, hasta el más osado, palidecería ante la audacia y la desvergüenza del presidente gringo. Podría parecer un descuido, una travesura sin importancia, pero en el fondo el incidente revela el talante traicionero y obsesivo de alguien que sabe que a los adversarios hay que espiarlos para estar un paso delante de sus movimientos. Si así es el patrón, sólo habría que imaginar cómo serán los empleados. Tal vez hace más de un año, cuando Washington propuso al Ronald Johnson, ex agente de la CIA, como embajador de Estados Unidos en México, la presidenta Sheinbaum debió pensar que no era buena idea. Pudo rechazar la propuesta de los gringos, pero por alguna razón aceptó a Johnson. ¿Será que alguien la está espiando?
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