El Mundial de los Godinez

Por Horacio Rivera

Dicen que donde anda la bola, ahí anda el muerto. Me arrimo a la esquina de la calle de Moneda. Un viejillo gordito con labio leporino y voz gangosa está haciendo su agosto. Ya nomás le quedan unas cuantas camisetas de México, puras verdes talla 2XL. Para gordos. Las camisetas negras y las blancas ya volaron, igual que las de Portugal y las de Colombia. No duraron mucho colgadas de la rejita donde las puso el gangoso. Trescientos cincuenta baros cada una y no hay devoluciones. No está mal, en Correo Mayor están a cuatrocientos. No, no pienso gastarme más de trescientos en una camiseta que sólo voy a usar una cuantas veces, dependiendo de hasta dónde llegue la Selección. Aunque yo hace mucho que dejé de hacerme ilusiones. Pura fallas. Pero no puedo ir al Fan Fest sin mi camiseta. Claro que no. Si hasta me salí de la chamba por ver la inauguración. Ahora sí me valió madre, ni siquiera dije a dónde iba, nomás jalé camino. Eso sí, apliqué el viejo truco de dejar el saco colgado del respaldo de la silla. Ojalá y no me descuenten el día. Y si me lo descuentan, que les aproveche. Auxiliar contable. Pinche trabajo culero. Saco más en la moto repartiendo comida. 

-Tres cientos cincuenta. ¿Es lo menos, don? –le pregunto al gangoso mientras acaricio una de las camisetas que le quedan.

-Sí, mi cuate es lo menos. –me contesta con su vocecilla mermada.

-¿No se podrá que me la deje en trescientos, don?

-No. Si no son robadas. Son clones. Cien por ciento originales. Allá a la vuelta las están dando en cuatrocientos baros. 

A mis espaldas suena un trompetazo. La banda ya está llegando al Zócalo. ¿De dónde sale tanto canijo? Puros vagos y desempleados. Más o menos como yo.

-Orale, don. Déjeme la camiseta en trescientos. Es todo lo que traigo. 

-No puedo, carnal.

“Pinche gangoso, éste es de los que no aflojan”, me digo a mí mismo. Y mientras, en la lejanía se escucha la voz eléctrica de un hombre como si hablara por un micrófono. No puedo distinguir lo que dice, pero creo que es el presentador del Fan Fest. El ambiente ya se está poniendo sabroso. Como que no quiere la cosa, meto la mano a mi portafolio y saco una caguama. Todavía está bien fría. Le pego un buen sorbo. Pura vitamina para aguantar los rigores del fútbol.

-Trescientos veinte. Ni usted ni yo. –Le insisto al gangoso.

El gangoso abre una bolsa negra de un manotazo. Del interior saca una camiseta de las verdes. Es talla 3XL y está desgarrada de la parte de abajo, como si la hubiera mordido un perro. Nada grave. Me pone la camiseta en las manos y me exclama con ojos de codicia y gesto solidario:

-Orale, dame doscientos cincuenta baros.

Pinche camiseta, me queda enorme. Me parezco a Tontín, el enano de Blancanieves. No pasa nada. Le meto otro trago a la caguama, un trago generoso, hasta el fondo. Luego abandono la botella por ahí. Ahora sí ando bien entonado. Me invade una extraña felicidad. Y con esa felicidad comienzo a colarme entre el gentío que va entrando al Zócalo. En la pantalla gigante se ven proyectadas las miles de cabezas y cuerpos de todos los que estamos ahí. El murmullo es estremecedor. Ay, ay, ay, canta y no llores… Porque cantando se alegran, cielito lindo los corazones… Un hombre con un sombrero no para de golpear el tambor que cuelga de su cuello fofo. Más allá, una bola de gente tiene rodeado a un muchacho de ojos rasgados, trae puesta la camiseta de Corea. El coreano desaparece de pronto. Luego resurge de entre la bola; es como un monigote cuyos ojos de rendija se abren muy grandes, al tiempo que se eleva por los aires con el cuerpo descompuesto dando brazadas y alaridos. Abajo, los canijos que lo lanzaron sin piedad, usando una enorme bandera de México como plataforma de despegue, pegan de carcajadas. Tan pronto como el coreano volador aterriza sobre la bandera mexicana, lo vuelven a lanzar con la misma enjundia. Parece que se está divirtiendo. Entonces la veo a lo lejos. Es la contadora Juárez, la nueva tesorera de la empresa. Lo que sea de cada quien, la contadora es un bizcochito. Nalguita parada, ojitos soñadores, boquita pintada. Y además está solita. Quién la viera. También se dio su escapada. Ahora es cuando.

Comienzo a abrirme paso entre la perrada, antes de que algún malandro de todos éstos le haga la plática a la contadora. Voy sobres. Qué tal que con un poco de suerte, México le gana a los sudafricanos. Y de la pura emoción me voy a festejar al Ángel con la contadora. “Con permiso es una emergencia”, “Con permiso”. Estos canijos parecen sordos, nadie se mueve. Ya se me perdió la contadora. Y estos perros que no se mueven. “¡Ya ábranse, cabrones!” Ups… Tal vez no debí haber dicho eso. Al menos no tan recio ni tan golpeado. Siento un empujón en la espalda como si me hubiera embestido un camión. Por un instante veo la enorme bandera mexicana acercándose hacia mí como si me fuera a devorar. Luego retumba el griterío. Y entonces siento que salgo disparado por el aire. Debajo de mí, la turba me observa con sus caras enloquecidas y sus risotadas. Las torres de la Catedral, los balcones de Palacio Nacional, mi portafolio de auxiliar contable… Todo cruza frente a mis ojos como si fueran retazos de realidad. Veo desde lo alto a la contadora Juárez. Ahí está, entre el mar de gente, mirándome con cara compasiva. Por un segundo también puedo ver que en la pantalla gigante los jugadores de México y Sudáfrica ya están saliendo de los vestidores. Explota el griterío, toda la perrada corre hacia la pantalla. Voy cayendo. Caigo, caigo… Y de pronto el suelo duro y brutal se me incrusta debajo del espinazo. No sé más de mí, hasta que me despierta el gol de México.



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