Por Horacio Rivera
El encontronazo (emboscada) entre el diputado priista, Carlos Mancilla, y el diputado morensita, Arturo Ávila, alias el “cero votos”, es un tiro cantado de parte de la cúpula priista al gobierno de la presidente Sheinbaum. Los gritos y los empujones fueron tan sólo un tibio adelanto de lo que podría ocurrir en las elecciones del 2027 y el 2030, si a la hora de los conteos, los perdedores no aceptan su derrota. Ya vaticinó alguna vez Alito Moreno, presidente del PRI: “Por las buenas no se van a ir…”
Al más puro estilo de un sicario de la maña, el diputado priista, Carlos Mancilla, venadeó a su víctima. Mancilla esperó paciente a que el “cero votos” estuviera rodeado de la prensa. Y cuando vio el momento precioso hizo su aparición ante las cámaras y los micrófonos. Todo estaba planeado. Mancilla topó a Ávila y se le plantó. Luego le estrechó la mano, como para distraer con un saludo. Y en lo que Ávila trataba de descifrar por qué su adversario político lo estaba saludando como si fueran los grandes amigos, Mancilla comenzó a soltarle la metralla. Lo menos que le dijo fue que le faltaban güevos. Y otras tantas linduras como que Ávila, además de ser traficante de armas, es proveedor del armamento que usa el crimen organizado. A modo de defensa, el “cero votos”, le contestaba una y otra vez con la voz quebrada: “Eres el porro de Alito”.
Lo curioso, y que no pareciera ser una coincidencia, es que la emboscada de Mancilla contra Ávila ocurriera luego de dos hechos que no deberían pasarse por alto. Uno: que Alito viajó esta semana a Washington para pedir a los gringos que le retiren la visa a algunos consejeros electorales del INE. Dos: que esta misma semana, tanto el contador del hermano de Alito, como uno de los colaboradores más cercano de Alito, cuando éste fue gobernador del estado de Campeche, fueron detenidos. Ambos acusados de delitos que tienen que ver con el fraude y el peculado. Un golpe duro y a la cabeza por parte del gobierno de Sheinbaum, que hizo tambalear al presidente del PRI, cuya respuesta fue feroz. Tan feroz como el mensaje que se oculta detrás de algo que, en apariencia, no es más que un pleito de esquina entre dos rivales políticos de mediano pelo. El mensaje que Alito manda por medio de Mancilla, su incondicional, es el mismo que no hace mucho puso en palabras en alguna entrevista: “Por las buenas no se van a ir”, dijo Alito, refiriéndose a que el gobierno de Morena, aunque pierda las elecciones, no va a soltar el poder, como no sea por medio de la violencia y la rebelión social.
Gringos y elecciones
Con esos truenos queda preguntarse cuál sería la respuesta de Alito si Morena perdiera alguna gubernatura en la elección del año entrante y el respectivo candidato se negara a aceptar su derrota. O bien, que la hipotética derrota de Morena ocurriera en la elección para presidente del 2030 y el partido acusara fraude por parte de la oposición. No sería raro que Alito llamara a la desobediencia civil. O a la defensa violenta del voto. Aunque quizá no habría necesidad de llegar a eso. Porque antes, los gringos ya habrían metido las manos en la elección. ¿Quién podría asegurar que el viaje de Alito a Washington fue sólo para pedir que la visa le sea retirada a los consejeros electorales? ¿No habrá ido para pedir a los gringos que también vigilen las elecciones? Lo cierto es que Alito se ha convertido en uno de los opositores más incómodos para el gobierno morenista. Una especie de “castigador” de la 4T. El senador Fernández Noroña ya lo comprobó en cuerpo y alma hace casi un año en la antigua sede del Senado. Aquella vez, que Alito jaloneó y vilipendió a Noroña, el diputado Mancilla también estaba presente soltando coscorrones y manotazos. O sea que trae escuela.
Bien podría decirse que esta vez el escándalo no fue menos explosivo. Y es que las acusaciones que Mancilla le hizo al “cero votos” son muy delicadas. No sólo le reclamó por ser el vocero de un “narco gobierno”, sino que además lo señaló de ser traficante de armas y proveedor del armamento que usan los mañosos. Por supuesto, si se diera el caso, lo dicho por Mancilla tendría que se probado. Extraña eso sí, que hasta ahora, en las entrevistas que los medios le han hecho a Ávila luego del “topón”, éste sólo se haya quejado del agandalle del que fue objeto, sin dar señales de querer llevar el asunto al siguiente nivel. Como podría ser una demanda por daño moral en contra de Mancilla. Por algo será.
Palabrería
Por supuesto un sainete como el que vimos en el patio central del Senado de la República, el pasado miércoles 12 de agosto, es la comidilla y, no sólo de la clase política, sino del pueblo sabio. Ver a alguien de la oposición cantándole el tiro al vocero del oficialismo, que por cierto es bastante pesadito, representa para muchos mexicanos un raro deleite, una especie de venganza anónima contra la prepotencia y la arrogancia del partido en el poder. Pero decir que ambos diputados estuvieron a punto de llegar a las manos, sería exagerar. Para darse de golpes se necesitan al menos dos. Y por lo que se vio, el “cero votos” no es muy entrón que digamos. ¡Cómo! Si salió corriendo luego del primer empujón. En el argot del pleito callejero se diría que Ávila “se abrió”. Esa es la percepción que queda después de los desfiguros de los flamantes diputados. Basta echarle una mirada a las redes para comprobar que para la gente el gran perdedor de la trifulca fue el vocero de Morena. Lo toparon y lo corretearon hasta que no tuvo más remedio que esconderse en alguna oficina de su partido. El tiro está cantado. Alito contra Morena. Esta vez fueron puras bravatas. ¿Y la próxima?
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