Había una vez, en un país muy, muy lejano —aunque peligrosamente pegado al nuestro— un orate que cuando le convenía se hacía pasar por una niña llamada Trumperucita Anaranjada, ella vivía en una enorme Casa Blanca, no tenía abuela, era feroz; tenía un anhelo: acabar con el lobo gris mexicano.—Ese lobo es peligroso —decía. —¿A quién atacó? —A nadie. —¿Entonces qué hizo? —Es mexicano. —¿Y? —¿Te parece poco?
Una mañana Trumperucita tomó su canasta y salió al bosque.
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