Por fuera parece una esquina cualquiera, en medio del pequeño pero ajetreado barrio chino. Por dentro es una de las cantinas más antiguas y auténticas que nos quedan: la Tío Pepe, un refugio del bullicio y una especie de túnel al pasado. Según el propio establecimiento, han servido bebidas –y bebidas solo– desde 1869.
“Se prohíbe la entrada a menores, mujeres, vendedores y ambulantes”, dice una placa colocada en las puertas de vidrio esmerilado, aunque del lado interior. Algunas clientas se enojan y exigen que sea removido, cuenta el mesero Armando Medina. Él siempre se disculpa y les pide que no lo tomen a mal. “Es parte de la historia de la cantina”, dice quien ha trabajado aquí los últimos 15 años.
También se mantiene la contrabarra de madera con decorados art nouveau, la canaleta o antigua escupidera, los vitrales de cierta marca de cognac y hasta unos timbres colocados en cada mesa de gabinete.
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