
El mundo en el que vivimos se ha vuelto un tema recurrente en casi cualquier sobremesa. Mientras una generación recuerda quiebres tan definitivos como la caída del Muro de Berlín o el colapso de la URSS, otros recordaremos el día en que Estados Unidos arrestó a Nicolás Maduro. En América Latina, tras la incursión estadounidense en Venezuela, se habla cada vez más, y con mayor conciencia, de la magnitud del cambio que supuso el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.
Hace unos días escribí sobre las múltiples versiones del presidente estadounidense que operan al mismo tiempo, sin orden ni jerarquía. Esta semana se cumple, nuevamente, un año de su regreso a la Oficina Oval y abundan los balances sobre los últimos 365 días. El problema es que seguirle el ritmo resulta casi imposible. Trump no avanza en línea recta. Irrumpe. Acelera. Descoloca. Desordena. Y cuando parece que entendimos la jugada, ya pasó a otra.
Basta mirar los acontecimientos del último año: despliegue masivo de agentes de ICE en ciudades estadounidenses; amenaza de invocar la Ley de Insurrección; advertencias explícitas sobre tomar Groenlandia; demolición del ala este de la Casa Blanca; captura militar de Maduro; indulto total a los responsables del asalto al Capitolio del 6 de enero; humillación pública a Volodymyr Zelensky; investigaciones penales contra adversarios políticos y autoridades independientes; imposición de aranceles masivos y guerras comerciales globales; bombardeo de instalaciones nucleares en Irán; intento de eliminar la ciudadanía por nacimiento.
La lista no es exhaustiva, pero sí reveladora. Trump asumió sin ambigüedades el papel de hombre fuerte. Su estrategia es maximalista. Gobierna como quien estira una liga hasta casi romperla. Luego vuelve a hacerlo. Actúa porque puede, y con el tiempo sus decisiones se vuelven parte de la normalidad. La indignación dura poco; después, la vida sigue. Casi siempre, el sistema cede.
No gobierna en el vacío. Lo sostiene una parte de la sociedad, ya sea por adhesión o por cansancio. Y lo rodea una élite política, empresarial, tecnológica que aprendió que el nuevo idioma del poder consiste en halagar, conceder y evitar el choque frontal. La escena reciente con ejecutivos de las principales petroleras del mundo fue ilustrativa: “Yes, sir” y “Thank you, Mr. President” se repitieron con disciplina, pese a que nadie esté haciendo fila para invertir en Venezuela. Sumisión performativa. Cálculo pragmático.
Esto obliga a preguntarse por qué hay tan poca resistencia frente al trumpismo, o al menos tan poca que resulte efectiva. Por qué sociedades enteras aceptan la erosión de normas y derechos. Tal vez parte de la habilidad política de Trump consista en elegir batallas que parecen razonables, incluso cuando cruzan límites antes infranqueables. Pienso, de nuevo, en Venezuela. Después de todo, nadie va a salir a defender a un dictador.
La diferencia con su primer mandato es clave. Entonces había más indignación, más fricción, incluso dentro de su propia administración. Existía disenso entre asesores de alto nivel y burócratas de carrera que se asumían como contrapesos. Creían que Trump era una anomalía, un error que el sistema corregiría. Hoy, esa lectura se invirtió. Trump no es un accidente, sino el reflejo incómodo de Estados Unidos.
Un año después del regreso de Trump, la pregunta ya no es sólo qué tan lejos puede llegar, sino cuánto más puede ceder el entorno sin resistirse. Tal vez lo verdaderamente inquietante no sea lo que hizo en estos doce meses, sino la constatación de que el umbral de lo aceptable se ha desplazado, y que no hay certeza siquiera sobre si podrá revertirse o si habrá voluntad de intentarlo. Año uno, otra vez, y mundo cambió.
Cortesía de El Economista
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