Así fue el Desastre de la Gran Armada: la ‘batalla crucial’ en la que dejó de ser invencible

El marino encargado de dirigir la expedición que debía invadir Inglaterra iba a ser Álvaro de Bazán, pero su muerte obligó a reemplazarlo por Alonso Pérez de Guzmán, séptimo duque de Medina Sidonia. Este Grande de España, que no tenía ninguna experiencia marinera (se mareaba en los barcos) y que no deseaba tal puesto, resultaba tener un carácter dócil y una cuantiosa fortuna que lo hacían idóneo a ojos de Felipe II, pues podía adelantar el dinero que costaba la empresa.

El monarca puso a su lado al experimentado marino Diego Flores de Valdés y le indicó que, al llegar a Flandes, en donde debía embarcar a los tercios de Alejandro Farnesio, duque de Parma, cediese a este el mando.

Sobre estas líneas, Alonso Pérez de Guzmán y Sotomayor en una copia de un retrato de 1610. Como comandante en jefe de la Armada española o Capitán General del mar Océano, dirigió la Gran Armada de 1558. Foto: AGE.

En las bocas del Tajo se fueron concentrando navíos, marinos, soldados y suministros desde principios de 1588, pero las prisas y la falta de espacio impidieron embarcar, por ejemplo, suficientes municiones para mantener un importante intercambio de disparos. Parecía lógico, porque el objetivo era la invasión y no enfrascarse en una batalla naval en las aguas del canal de la Mancha.

El ambiente era de cruzada y todos los barcos tenían nombres de santos o apóstoles; en lo alto de los mástiles ondeaban imágenes de Cristo o la Virgen, así como el lema Exurge Domine et vindica causam tuam (“Álzate, Señor, y defiende nuestra causa”); cada día se rezaba el rosario y bajo sanción de fuertes penas estaba prohibido blasfemar y pelearse. Su nombre oficial era el de Gran Armadalo de “Armada Invencible” vendría despuésy estaban convencidos de su misión divina.

Canal de la Mancha
El Canal de la Mancha, también llamado Canal Inglés, es el brazo de mar del océano Atlántico que lo comunica con el mar del Norte y separa Francia de Gran Bretaña. Foto: ASC.

Rumbo a Inglaterra

El 28 de mayo de 1588, la Armada partió de Lisboa. La lentitud con que avanzaba explica que tardase dos días en salir a mar abierto. Nada más zarpar comenzaron los problemas meteorológicos, lo que hizo muy lenta la travesía; además, los diferentes tipos de naves hicieron que todos tuviesen que adecuar su velocidad a los cargueros más perezosos. El 19 de junio, la Armada tuvo que refugiarse en La Coruña ante una terrible tempestad. En ese momento, las dudas asaltaron al duque de Medina Sidonia, que propuso al rey el aplazamiento de la expedición para el año siguiente, pero Felipe II lo rechazó. El 21 de julio, se volvió a emprender la singladura.

A finales de julio, la Gran Armada, compuesta por 122 buques de guerra y de transporte (ya se habían perdido ocho en el camino), entraba en el canal de la Mancha, lo que provocó que los buques ingleses saliesen a su encuentro, aunque a una distancia que les evitase el combate. El objetivo español era llegar a Dunkerque, en las costas del Flandes español, en donde aguardaba Alejandro Farnesio con sus miles de hombres y sus cientos de embarcaciones.

Ruta de la Armada Invencible
De los puertos atlánticos partió la Armada a la que se debían unir los Tercios de Flandes en el canal de la Mancha. Rodeó las islas británicas por Escocia, bordeó Irlanda y regresó a España. Foto: ASC.

Según el plan, una vez allí se procedería a embarcar y a escoltar a esas fuerzas para cruzar el Canal rumbo a las bocas del Támesis. Su formación era impenetrable y los ingleses, cogidos desprevenidos, se limitaron a hostigarla desde los flancos. Al poco tiempo, todos los buques ingleses levaron anclas y se dirigieron a su encuentro. Su escuadra estaba comandada por el almirante Charles Howard, cuyo segundo era el célebre Francis Drake.

El 31 de julio, unos 70 buques ingleses navegaban ya a retaguardia de los españoles sin atreverse a tratar de romper su sólida formación de media luna, con los mercantes en el interior protegidos por los galeones de combate.

La estrategia inglesa del fuego a distancia constante

Las acciones hostiles se limitaban a cañoneos a distancia, y el duque de Medina Sidonia se dio cuenta de que, aunque las embarcaciones enemigas eran más pequeñas, también eran más rápidas y ágiles, por lo que jamás aceptarían el combate de abordaje que tantos éxitos había dado a España en el Mediterráneo ante los turcos, o en las Azores ante los galos. Los británicos se acercaban, disparaban y se iban. La Armada apenas sufrió daños, pero en esa jornada se perdieron dos galeones más por un accidente.

Durante esos días, la flota española navegó mientras se sucedían cañoneos de poca trascendencia. El 4 de agosto se intercambiaron más de 3.000 obuses, lo que suponía un gasto de munición imposible de reponer para los españoles en ningún puerto, mientras que el enemigo lo podía hacer sin problema en los suyos.

El 6 de agosto, la Armada ancló frente a Calais, a unos 40 kilómetros de su objetivo, habiéndose perdido solo dos galeones (el San Salvador y el Nuestra Señora del Rosario) fruto del acoso inglés. El jefe de la expedición, el duque de Medina Sidonia, trató de ponerse en contacto con el gobernador de Flandes para acordar el embarque de sus tropas y, de paso, se dispuso a reabastecerse de pólvora y municiones.

Pero los ingleses, resueltos a impedir el enlace de ambas fuerzas, no se limitaron a vigilar y esperar frente al puerto francés, sino que lanzaron en la madrugada del 8 de agosto ocho barcos incendiados (brulotes) contra la Armada, obligándola a levar anclas a toda velocidad, lo que provocó la confusión y la dispersión de la flota.

Burlotes ingleses contra la Gran Armada en Calais
El 8 de agosto, los ingleses lanzaron ocho barcos incendiados (brulotes) contra la Gran Armada, anclada frente a Calais, obligándola a levar anclas entre la confusión y la dispersión de la flota. La pintura de arriba fue realizada poco después de este episodio (quizás como diseño para un tapiz). Foto: ASC.

Aunque ninguna nave se incendió, muchas perdieron sus anclas y aparejos o sufrieron desperfectos en timones, palos y velamen. Esto fue especialmente problemático, pues hizo muy lentas sus maniobras, dada la gran sobrecarga que llevaban. Al día siguiente, varios de los buques dispersos fueron rodeados por naves inglesas y recibieron un severo cañoneo, que hundió cinco de ellos (el San Lorenzo, el María Juan, el San Felipe, el San Mateo y el San Martín) y causó unos 1.500 muertos. Los galeones españoles apenas pudieron responder al fuego y, cuando lo hicieron, causaron pocos daños.

La táctica española del abordaje

El modelo de la batalla de Lepanto seguía aún vigente por entonces, por lo que los barcos españoles estaban concebidos para una guerra de abordaje más de estilo mediterráneo, y no para mantener un fuego constante a distancia. A pesar de tener un imperio oceánico, España era una potencia terrestre que concebía los barcos como transportes de tropas y material. De ahí se derivaba una concepción de la marinería como algo muy inferior a la soldadesca, de modo que solo podían actuar de meros auxiliares en el combate.

Además, la táctica naval del duque de Medina Sidonia –que, como ya hemos comentado, jamás había pisado un barco y tuvo que soportar terribles mareos durante toda la travesía– se basaba en lanzar una única andanada para, seguidamente, buscar el choque del buque enemigo y su abordaje, en el que la infantería embarcada debía tener el papel protagonista. Ello se traducía en que las cureñas sobre las que estaban montados los cañones españoles eran muy pesadas, de solo dos ruedas, lentas de hacer retroceder para poder recargar los cañones por la boca.

Lucha entre la Armada y la flota inglesa frente a la isla de Wight
Reproducción a color de un grabado original de 1739 atribuido a John Pine y titulado Lucha entre la Armada y la flota inglesa frente a la isla de Wight. Foto: Álbum.

Las cureñas inglesas, en cambio, eran más ligeras, de cuatro ruedas, lo que hacía la recarga de sus cañones más fácil y rápida, aunque fuesen piezas de menor calibre. El resultado era que la flota inglesa triplicaba la cadencia de tiro de la española. También disponían del triple de culebrinas, pequeñas piezas artilleras de retrocarga que les permitían mantener un fuego graneado sobre los españoles. Además, al ser barcos más bajos y ligeros, sus cañones disparaban contra la línea de flotación, lo que no podían hacer los más altos galeones españoles.

Abortar la misión y volver a casa

La mañana del 9 de agosto, los vientos y las corrientes habían lanzado a la flota hispana frente a las costas holandesas, mientras los ingleses contemplaban el espectáculo desde lejos. No se había podido comunicar con Alejandro Farnesio y la situación era desesperada. La mejor infantería del mundo estaba encerrada en aquellos buques sin poder combatir, condenada a morir embarrancada.

Por suerte, el viento cambió de golpe y la Armada pudo adentrarse en mar abierto, aunque seguida del enemigo. Con el viento a favor, y ante las averías que presentaban muchos barcos, los españoles prefirieron no intentar alterar el rumbo para alcanzar algún puerto flamenco. Además, a muchos galeones no les quedaba munición, lo que haría muy peligroso enfrentarse a la escuadra inglesa, que podía reabastecerse en sus puertos.

La Invencible
En La Invencible (1892), el pintor malagueño José Gartner de la Peña recreó a la Gran Armada luchando en el canal de la Mancha en 1588 contra un enemigo inesperado: un mar embravecido por las pésimas condiciones meteorológicas. Foto: Álbum.

De esta manera, la Armada decidió abortar su misión y volver a casa. La idea era regresar por el norte bordeando las islas británicas, para aprovechar el viento y para evitar más choques armados. No había habido desembarco, ni abordajes, ni lucha cuerpo a cuerpo. De hecho, no había habido batalla alguna, solo cañoneo a distancia y violentos vientos, lo que resultó en el hundimiento de unos siete u ocho barcos y los 1.500 muertos citados. Por parte inglesa apenas hay datos, pero se calcula que sus bajas fueron de unos pocos cientos.

El 12 de agosto, la flota inglesa abandonó toda persecución. Comenzaba una tortuosa singladura por parte de las aproximadamente 114 naves de la Armada que quedaban (la mayoría) y que querían volver a casa. No había habido ningún triunfo inglés sino un estrepitoso fracaso español, pero Inglaterra supo hacer una magnífica propaganda presentando la acción como un brillante éxito de sus armas y ridiculizando las pretensiones militares de Felipe II. Además, ocultaron el gran número de muertes que sufrieron sus tripulaciones a consecuencia de las epidemias.

Felipe II (1580)
Retrato anónimo de Felipe II realizado en 1580, año de su proclamación como rey de Portugal. A sus 53 años, era la cabeza del primer imperio mundial (con territorios de todos los continentes habitados). National Portrait Gallery, Londres. Foto: ASC.

La flota española, sin suministros y maltrecha, siguió con su travesía de regreso. El 10 de agosto se dieron órdenes de racionamiento; el 13, de echar por la borda mulas y caballos; el 18, la flota se vio de nuevo dispersa por fuertes temporales. A partir de ahí, cada barco se las compuso como pudo y, en pequeños grupos, trataron de completar el viaje.

Lo peor estaba por llegar

Desde mediados de septiembre y a lo largo de octubre, cerca de treinta barcos naufragaron frente a las costas de Escocia y, sobre todo, de Irlanda, estando hoy en día más de la mitad de los pecios perfectamente ubicados y cartografiados. Durante ese tiempo, las borrascas se sucedieron e hicieron el suplicio interminable. Obviamente, los naufragios afectaron a los barcos más frágiles, como los cargueros, mientras que los galeones de guerra, a pesar de haber sufrido en mayor medida en los combates, soportaron mucho mejor la dura travesía.

Cuando algunas tripulaciones, agobiadas por el hambre y la sed, se aventuraban a recalar en algún punto de la costa irlandesa, las fuerzas inglesas o mercenarios irlandeses los pasaban a cuchillo para que no pudiesen recibir ningún apoyo de la población católica local. Las fuerzas de ocupación británicas temían que los españoles pudiesen alentar la latente rebelión irlandesa, por lo que tenían órdenes de no dejar a ninguno con vida. En otras ocasiones, los navíos se estrellaron contra los acantilados al no tener las anclas que habían perdido en Calais, y otros simplemente se hundieron.

Aparecieron cientos de cadáveres en las playas irlandesas, y a los pobres supervivientes que llegaban a ellas solo heridos no les aguardaba una mejor suerte, pues fueron casi todos masacrados sin piedad. Solo unos pocos cientos de náufragos más afortunados lograron alcanzar Escocia, con la complicidad de algunos señores católicos de Irlanda.

Allí encontraron refugio hasta que pudieron ser rescatados al año siguiente por Farnesio, que fletó cuatro buques desde Flandes. El suplicio no acabó hasta que volvieron a los puertos cantábricos en forma de lento goteo, entre finales de septiembre y octubre. Algunos barcos naufragaron incluso ante las costas españolas, dado el deplorable estado en el que se encontraban.

Juan Martínez de Recalde Larrinaga
Retrato del almirante español Juan Martínez de Recalde Larrinaga. Foto: ASC.

Entre los muertos figuraron muchos de los mejores capitanes, como Alonso de Leyva, Miquel de Oquendo o Juan Martínez de Recalde. El duque de Medina Sidonia, enfermo y deprimido, partió casi clandestinamente hacia su residencia en Sanlúcar sin pasar por la corte. Eso sí, no olvidó remitir a Felipe II un detallado informe sobre la fracasada expedición.

Parece que la famosa frase del rey lamentándose de que él había enviado una flota a luchar contra los hombres, no contra los elementos, no es cierta. Lo que sí es sabido es que tuvo un profundo desengaño y así lo expresó. Tenía unas hondas convicciones religiosas y se sentía legitimado por Dios en su empresa. El desastre, por tanto, lo encajó con un profundo dolor, pero también con callada resignación cristiana.

Las causas reales del desastre

Se pueden apuntar varias. Ante todo, hay que reconocer que sí es cierto que la tormentosa climatología tuvo mucho que ver; las numerosas y violentas borrascas sufridas fueron determinantes para que no se pudiese maniobrar y combatir conforme hubiesen deseado los españoles, en los días de travesía por el Canal, y para que en los dos meses siguientes gran parte de los buques fuesen destrozados mientras regresaban a España.

De no haber sido por las fuertes borrascas, posiblemente la formación cerrada de la Armada no se hubiese roto, ni los buques se hubiesen tenido que refugiar en las costas de Calais. Esto, unido a la fuerte presencia de barcos holandeses en aquellas aguas, hizo imposible que la Gran Armada tomase contacto con las fuerzas de Farnesio (quien, además, apenas tenía naves ni tripulaciones capaces de navegar y combatir para ayudar a los buques de la Armada).

Por otro lado, hubo una clara superioridad tecnológica y estratégica de la flota inglesa, que además puso en juego 208 barcos, casi el doble que los españoles, en los combates del canal de la Mancha. Lo cierto es que la marina inglesa estaba dotada de barcos más bajos y ágiles, mejor adaptados a las bravas aguas oceánicas que los españoles, cuyos buques eran demasiado altos y pesados, más pensados para aguas mediterráneas. Además, los ingleses podían ir constantemente a sus puertos, ubicados a muy poca distancia, a aprovisionarse de víveres, hombres y munición.

Los aciertos ingleses

Los ingleses, dada su condición isleña, sabían que su defensa y su futuro militar residían en una eficaz Marina. En 1512 ya habían creado el Almirantazgo como entidad independiente. La consecuencia es que al frente de su flota pusieron a excelentes marinos y navegantes como Charles Howard, Francis Drake, John Hawkins (padre e hijo) o Walter Raleigh, que además habían participado en el diseño de los nuevos galeones.

Asimismo, Inglaterra entrenó y cuidó a su marinería mucho mejor que cualquier otra potencia, lo que le garantizó una importante superioridad cualitativa ya entonces y en el futuro. De hecho, los británicos tuvieron la fama, durante siglos, de ser mejores marinos que soldados.

Fue también importante que los ingleses tuvieran el equipamiento idóneo para el cañoneo a larga distancia, pensado más para inmovilizar y hundir que para destrozar. Contaban con unas 1.800 culebrinas de pequeño calibre, pero capaces de alcanzar los 2.500 metros, y solo 55 cañones gruesos capaces de provocar grandes destrozos.

Derrota de la Armada Española
Philippe-Jacques de Loutherbourg recreó en Derrota de la Armada española (1796) el enfrentamiento que tuvo lugar el 13 de julio de 1558 en Gravelinas (cerca de Calais), en el que fueron acribillados durante horas a distancia dos de los tres únicos galeones que perdió la Gran Armada. Aunque solo quedaron dañados (ni se hundieron ni fueron capturados), se perderían después. Foto: Álbum.

El modo de combatir español, siguiendo el modelo mediterráneo de su lucha contra los turcos, se basaba en arrasar las cubiertas y los mástiles. El fuego artillero debía ser el paso previo al abordaje, y el choque de infantería en el mar, la culminación de la batalla naval. Llevaban a bordo 160 gruesos cañones, pero de un alcance inferior al de los ingleses más pequeños, y solo 600 culebrinas.

Por otra parte, en la cultura militar española la marinería no estaba tan formada ni mimada como en la inglesa. Se la consideraba de inferior clase, valor y prestigio que a los soldados de infantería; los marinos eran llamados, literalmente, “la chusma”. Esta era una diferencia clave entre una potencia continental como España, que basaba su empuje en el ejército, y una potencia naval como Inglaterra, que dependía de su flota. Estos diferentes modelos se mantendrían durante los siglos siguientes.

España, con el fracaso de la Armada, dilapidó unos 18 millones de ducados y perdió muchos barcos –aunque en un año serían reemplazados–, pero lo más grave fue la pérdida de experimentadas tripulaciones y de sus capitanes, carencias mucho más difíciles de suplir. Moralmente, fue un golpe terrible, y política y militarmente supuso el fin de las aspiraciones de acabar con el poder inglés en los mares y con el apoyo que daba a los rebeldes holandeses, por lo que la independencia de las provincias del norte de Flandes se consolidó.

Cortesía de Muy Interesante



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