Hace más de 70 años, dos huesos fósiles hallados al norte de Fairbanks, en Alaska, fueron clasificados como parte del esqueleto de un mamut lanudo. Se conservaban desde entonces en el Museo de la Universidad de Alaska del Norte, aparentemente sin levantar demasiada atención, hasta que un reciente proyecto científico decidió analizarlos con tecnología moderna. Lo que parecía una confirmación rutinaria se convirtió en un caso sorprendente de identidad equivocada: no eran huesos de mamut, sino de ballena.
El hallazgo sacudió momentáneamente una parte de la paleontología que creía tener clara la cronología de la extinción de estos grandes mamíferos. Aún más desconcertante fue descubrir que los huesos pertenecían a dos especies distintas de ballenas marinas, y que habían sido encontrados a cientos de kilómetros del océano. Un descubrimiento que no solo rectifica un error, sino que también plantea nuevas preguntas sobre el pasado geográfico, biológico y humano de Alaska.
Un hallazgo rutinario con una fecha inesperada
En el marco del programa Adopt-a-Mammoth, un proyecto de ciencia ciudadana promovido por el Instituto Geofísico de la Universidad de Alaska Fairbanks, los investigadores decidieron datar por radiocarbono cientos de restos óseos atribuidos a mamuts. El objetivo era ambicioso: encontrar el fósil más reciente de un mamut en Alaska continental. Dos muestras destacaron de inmediato por algo inusual: las fechas. Una arrojaba una antigüedad de unos 1.900 años, la otra de 2.700.
Estas fechas no solo eran sorprendentes, eran revolucionarias. “Esto superaría la fecha más joven por casi 10.000 años”, señaló el investigador Matthew Wooller, director del Alaska Stable Isotope Facility. Si realmente se trataba de huesos de mamut, serían los más recientes jamás encontrados en tierra firme, mucho más modernos incluso que los restos hallados en islas como San Pablo o Wrangel. El hallazgo parecía a punto de reescribir la historia de la extinción de los mamuts.
El papel de los isótopos estables: una dieta marina
Sin embargo, antes de lanzar afirmaciones contundentes, el equipo decidió ir un paso más allá y someter las muestras a un análisis de isótopos estables. Este tipo de análisis permite deducir la dieta del animal a partir de la química del hueso. Lo que encontraron no cuadraba con la biología de un mamut. Los valores de nitrógeno-15 y carbono-13 eran mucho más altos de lo habitual en animales terrestres y hervíboros. De hecho, eran propios de especies marinas.
Este fue el primer indicio serio de que las muestras no correspondían a un mamut. Como explica el propio Wooller: “Lo que vimos fue que esto no coincidía con ningún valor conocido para mamuts en Alaska. Si acaso, parecía indicar que este animal consumía recursos marinos”. Con esa pista en la mano, el siguiente paso fue decisivo: realizar un análisis de ADN antiguo.
El ADN aclara el misterio: no era un mamut, eran dos ballenas
Los análisis genéticos confirmaron lo inesperado: los huesos no pertenecían a mamuts, sino a dos especies distintas de ballenas. Una era una ballena minke (Balaenoptera acutorostrata) y la otra una ballena franca del Pacífico Norte (Eubalaena japonica), una especie rara y en peligro de extinción. El tipo de hueso—una placa epifisaria de vértebra—presenta una forma parecida en ambas especies, lo que había provocado la confusión visual inicial.
Aún más intrigante fue que las dos muestras provenían de animales diferentes. “Son la misma parte de una vértebra, pero de dos especies de ballena totalmente distintas. Ni siquiera del mismo individuo”, explicó Wooller. El hallazgo ponía punto final a la ilusión de haber hallado un mamut moderno, pero abría otra pregunta aún más desconcertante: ¿cómo llegaron huesos de ballena al corazón del interior de Alaska?

¿Qué hacían ballenas en el interior de Alaska?
Fairbanks, donde se hallaron originalmente los huesos, está a más de 400 kilómetros del mar más cercano. Esta distancia hace muy improbable que ballenas hayan llegado por su cuenta a esa zona, aunque hay precedentes raros de cetáceos que se adentran en ríos. En el caso de la ballena minke, podría no ser del todo imposible. Pero para una ballena franca del Pacífico Norte, una especie de gran tamaño y alimentación especializada en plancton, el escenario es francamente inviable.
Una segunda hipótesis sugiere que los huesos podrían haber sido transportados por grupos humanos antiguos. Se sabe que algunas culturas indígenas costeras usaban huesos de ballena para fabricar herramientas o como superficies de trabajo. Aunque no hay evidencia arqueológica directa de este tipo de intercambio en el interior de Alaska, no se puede descartar del todo.
Una tercera posibilidad es, sencillamente, un error en el registro de procedencia. Los fósiles fueron recolectados en 1951 por el arqueólogo Otto Geist, que trabajó en múltiples regiones de Alaska. El mismo día que se catalogaron estos huesos en el museo, también se procesaron más de 20 fósiles procedentes de zonas costeras. Es posible que en algún punto del proceso, las piezas fueran mal etiquetadas.
Una historia sobre ciencia, errores y correcciones
Lo que empezó como una promesa de redescubrimiento de los últimos mamuts en Alaska terminó siendo una lección sobre el funcionamiento real de la ciencia. En lugar de aferrarse a los resultados llamativos, los investigadores siguieron acumulando pruebas y revisando hipótesis. Las fechas radiocarbónicas, los isótopos y el ADN apuntaban todos en la misma dirección: no eran mamuts. Y no hubo intento de ocultarlo ni decepción pública: simplemente, era otra historia—igual de fascinante.
La anécdota también ilustra el valor de los museos y sus colecciones. Estas piezas llevaban más de 70 años archivadas sin ser analizadas. Fue gracias a un proyecto de financiación colaborativa que salieron a la luz nuevas preguntas, nuevas tecnologías y un resultado que, aunque inesperado, enriquece el conocimiento sobre la historia natural de Alaska. Como resumió Wooller: “Ahora tenemos dos especímenes de ballena antiguos, documentados y genéticamente identificados en el museo”.
Referencias
- Matthew J. Wooller, Patrick S. Druckenmiller, Megan C. Gaglioti, et al. Adopted “mammoths” from Alaska turn out to be a whale’s tale. Journal of Quaternary Science (2025). DOI: 10.1002/jqs.70040.
- Información oficial: Instituto Geofísico de la Universidad de Alaska Fairbanks (UAF)
Cortesía de Muy Interesante
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