¿Benjamín Vicuña es mejor actor que conductor?: cómo se maneja el chileno al frente de The Balls

El lunes 5 de enero, El Trece puso en marcha su nueva estrategia para las tardes con una doble apuesta que buscó renovar el aire del canal. Pasado el mediodía, Jimena Monteverde estrenó programa con La cocina rebelde y, a las 18.30, llegó el turno de Benjamín Vicuña como conductor de The Balls, el formato internacional -del que estuvo al frente Guido Kaczka– que combina preguntas, destreza física y un despliegue de producción poco habitual para la franja.

Dos estrenos, una misma intención: recuperar audiencia en un horario que desde hace años le viene costando al canal que comanda Adrián Suar.

La llegada de Vicuña al rol de conductor no pasó inadvertida. Con una carrera ligada casi exclusivamente a la ficción, el actor chileno asumió el desafío en un ciclo que exige precisión, ritmo y una conducción atenta a reglas estrictas y tiempos milimétricos.

La dinámica del formato holandés: dos equipos de cinco participantes eligen categorías, se posicionan sobre plataformas elevadas y deben evitar ser empujados al agua por enormes pelotas si fallan las respuestas. A lo largo de cinco rondas, los concursantes buscan mantenerse “secos” y acumular dinero, con la posibilidad de volver al día siguiente si resultan ganadores.

El debut marcó un promedio de 3 puntos de rating, una cifra modesta pero acorde al contexto actual de la TV abierta. En la segunda emisión, la del martes, el número bajó cuatro décimas y quedó en 2,6, mientras La cocina rebelde logró sostener su audiencia sin variaciones, con sus 3,1 puntos.

Más allá de los números, los primeros programas dejaron en claro que Vicuña no queda desdibujado dentro del engranaje del formato. Por el contrario, se lo ve cómodo, entusiasmado y con una energía constante, rasgos que le permiten ocupar el centro de la escena sin opacar a los participantes.

En un juego donde todo parece cronometrado, el conductor encuentra espacios para imprimirle un sello personal y transformarse en algo más que un mero presentador de consignas.

Su desempeño se apoya, claramente, en el oficio actoral. Vicuña utiliza su timing para llenar silencios, mantener la dinámica y sostener la tensión entre pregunta y respuesta. A veces ese esfuerzo se vuelve evidente, sobre todo cuando busca el chiste o la risa con insistencia, pero también resulta lógico en un arranque que todavía carga con nervios y con la necesidad de “ocupar” cada segundo al aire.

Lejos de paralizarlo, esa presión parece empujarlo a probar registros y matices, entre los que todavía se está descubriendo en este nuevo rol.

En pantalla, Vicuña actúa como un verdadero director de la maquinaria de The Balls. Marca climas, ordena el juego y se permite jugar con los participantes, a quienes interpela con bromas constantes, pequeños desafíos y guiños cómplices. También intenta generar mínimas polémicas dentro de los equipos, picantear decisiones y exagerar rivalidades, un recurso clásico del género que busca elevar la tensión sin perder el tono familiar.

El conductor pasa por distintos registros a lo largo del programa: irónico, exagerado, cercano y, por momentos, deliberadamente teatral. Ese “actor en escena” aparece con fuerza y se nota en la forma en que modula la voz, mira a cámara y construye climas.

Hay, además, un rasgo que Vicuña no abandona: el del galán. Piropea a las participantes, cuida las formas y mantiene un perfil de caballero clásico, heredero directo de sus años en la ficción. Esa marca personal le suma identidad al ciclo, aunque también lo encasilla en un rol.

Con apenas dos programas al aire, The Balls todavía transita una etapa de ajuste fino. En ese camino, el actor parece haber encontrado algo más que un nuevo trabajo: un espacio en el que actuar, conducir y animar se mezclan permanentemente. La respuesta definitiva sobre si es mejor actor que conductor llegará con el tiempo, pero en sus primeros pasos como presentador deja en claro que no piensa pasar desapercibido.

Cortesía de Clarín



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