
La idea de que lo que ocurre en Gaza constituye un genocidio gana peso en diferentes países europeos, con especial fuerza en España. Un buen número de países apoyan la creación de un Estado palestino o están a punto de hacerlo de cara a la próxima reunión de Naciones Unidas. Incluso dentro de Israel hay cada vez más voces que coinciden –el escritor David Grossman hace muy poco— en tildar de genocidio la escalada bélica por parte de Israel, y una miríada de académicos en Europa y Estados Unidos. Pero Bruselas insiste en ponerse de perfil y no ha movido un solo dedo en los últimos tiempos. La UE no ha roto relaciones comerciales, los socios han seguido vendiendo armas, y sus mandatarios han pasado de puntillas por el conflicto o se han alineado con meridiana claridad del lado de los israelíes. En este contexto de tibieza, Josep Borrell reclama pasar de las musas al teatro. “Hay una voluntad clara de exterminación del pueblo palestino. ¿Incumple Israel los derechos humanos? Si es así, y todo hace pensar que sí, el siguiente paso es llevar a las instituciones europeas a los tribunales para hacer cumplir los Tratados”, ha afirmado Borrell en la clausura de un curso sobre Europa en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en Santander. “Eso lo podría hacer cualquier Estado miembro, y hay unos cuantos, como España, que han sido muy, muy explícitos. Es hora de que Europa actúe, esta inacción es intolerable. Los tratados dicen con claridad qué sucede si se incumple el derecho humanitario. Eso no es opcional”, ha explicado el que hasta hace unos meses era el jefe de la diplomacia europea.
Todo requiere filosofía, dice un personaje de Così fan tutte, la ópera de Mozart. La filosofía de Borrell era y sigue siendo encadenar puñetazos directos al mentón: el exministro, expresidente de la Eurocámara y exalto representante de la UE era un tipo articulado y lenguaraz cuando ejercía el poder, y lo sigue siendo fuera de esos cenáculos. “Europa necesita un revulsivo moral. Los europeos tenemos una visión de nosotros mismos que no se corresponde con la realidad: nuestra pretendida superioridad moral se ha esfumado en Gaza. Los valores han desaparecido. Europa ha perdido su alma”, ha dicho, para señalar posteriormente a los culpables. “Hay una generación de alemanes que nacieron en la posguerra y siguen en el poder, y que no son capaces de cambiar. Son una generación proatlantista y marcada por la culpa del Holocausto, y que están convencidos de que hacer lo correcto equivale siempre a proteger a Israel”, ha asegurado señalando sin citarla a la jefa de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. “Esa ingeniería social que es el complejo de culpa de Alemania, que se extiende a otros países como Austria y Eslovaquia, lo tiene todo bloqueado; hay un puñado de Estados miembros que son incondicionales de Israel”, ha asegurado. Para cambiar esas dinámicas, el exministro de Exteriores de Pedro Sánchez invita a los Veintisiete a usar la carta de los tribunales de justicia.
La memoria como obstáculo moral: esa forma de mirar hacia el pasado impide gobernar con tiento el presente. Ese bloqueo explica la parálisis europea en Israel por el influjo de Alemania, y también la insuficiente ayuda a Ucrania. “En el caso de Ucrania es menos la culpa y más el temor a la amenaza nuclear, que ha retrasado la ayuda militar a Ucrania. Si los tanques, los aviones y los misiles no hubieran llegado a Kiev a cuentagotas, el desarrollo de la guerra hubiera sido bien distinto. Pero en el caso de Ucrania no es solo un problema de las élites. Hay que preguntarse qué estamos dispuestos a hacer los europeos. ¿Estamos dispuestos a ayudar a ganar a Kiev, o solo a ayudar a que no pierda la guerra para evitar las represalias de Rusia? De ese dilema moral depende el desenlace de la guerra”, ha dicho.
Cortesía de El País
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