Las Camionetotas de la Discordia

Por Horacio Rivera

Después de que el país entero se les echo encima, los nuevos ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sí, los de la tómbola y los acordeones, no tuvieron más remedio que renunciar a las camionetotas blindadas que ellos mismos se asignaron como “herramienta de trabajo”. Vuelve a cobrar relevancia aquello de que un político pobre es un pobre político

No han transcurrido ni seis meses de la “elección” del nuevo Poder Judicial, y la Suprema Corte de Justicia ya se perfila como una de las instituciones más cuestionadas por el pueblo sabio. A pocos les importaba la Suprema Corte, hasta que las pifias y la ignorancia de algunos de sus ministros, como Lenia Batres, lograron lo que ninguna campaña publicitaria hubiera podido lograr, es decir, que la ciudadanía y los medios voltearan a verlos. En efecto, desde el principio el máximo tribunal dio visos de que quería hacerse notar. Así lo demuestra la folclórica y rutilante ceremonia de purificación y entrega de bastón de mando, que celebraron el 1 de septiembre los ministros electos en el Zócalo de la Ciudad de México, horas antes de rendir protesta ante el Senado. Entre los baños portátiles, el equipo de audio, el montaje del templete, el bastón de mando, los sahumerios, los acarreados y sólo Dios sabe qué más, la tremenda Corte se gastó en la ceremonia de purificación la nada despreciable cantidad de 1 millón 254 mil pesos. Todo sea por quitarse de encima las malas vibras.

El problema es que en México, cuando se obtiene la atención de la multitud, más vale andarse con pies de plomo. Le ocurrió a los militares en el sexenio de López Obrador. Les dieron manga ancha para que fueran protagonistas en la vida política del país. Lo mismo los veíamos haciendo grilla en las mañeras del ex presidente, que siendo testigos de los discursos y ceremonias más sentidas. Mientras los militares aparecían ante las cámaras y los micrófonos, comenzamos a enterarnos de sus maromas y transas. Fue por aquellos tiempos que se supo que el general Secretario de la Defensa, Luis Cresencio Sandoval, poseía un departamento de lujo con un valor desde unos treinta millones de pesos en uno de los fraccionamientos más exclusivos del Estado de México. A partir del escándalo, los militares se alejaron de los reflectores. En el caso de la nueva Suprema Corte, están tan embriagados con su cuota de poder y dinero, que no tienen ningún empacho en gritarlo a los cuatro vientos. Aun cuando la presidenta habla una y otra vez en sus mañaneras de que los servidores públicos deben mantenerse en la justa medianía. 

Ocurrencias

Visto así no deja de sorprender que haya habido alguien a quien se le ocurrió que era una estupenda idea comprar camionetas blindadas para dárselas a los ministros. El perpetrador de tan desafortunada ocurrencia no pudo haber sido otro que Hugo Aguilar, el presidente de la tremenda Corte. ¿Qué no pensó en todo lo que podía desencadenar su calentura de nuevo rico? Suponemos que no se aventuró solo, sino que consultó su idea con algún otro ministro, quien, como ya quedó demostrado, tampoco vio nada malo en gastarse algunos millones con cargo al erario. Igual que no vio nada de malo en mandar al diablo a la presidenta con su rollo de la austeridad. Si quiere que le hagamos el paro (a la presidenta) con los asuntos escabrosos, que no haga panchos, han de haber dicho los ministros cuando estaban escogiendo el modelo las camionetotas, con cuya compra, la SCJN se ahorró algo así como mil millones de pesos, según nos aclaró la presidenta Sheinbaum con esa convicción que la caracteriza. 

Y si hablamos de ahorros, los ministros pensaron en todo. Inclusive en cómo ahorrarse la tan temida tenencia que, por ley, deberán pagar cada año las camionetotas. Y es que un automóvil, con un valor de más de dos millones de pesos, que es el caso que nos ocupa, en la Ciudad de México pagaría algo así como 100 mil pesos de tenencia. Es una buena lana. Para evitarse tal abuso, nuestros flamantes ministros de la tómbola y el acordeón, aplicaron el viejo truco de emplacar las nuevas camionetotas en Morelos, que es uno de estados de la República donde no se cobra la tenencia vehicular, sino sólo un refrendo que no pasa de los mil pesos. Asunto arreglado. Vaya que parecen lejanos aquellos días en los que un Hugo Aguilar, con menos años y enfundado en modestas ropas, se tomaba fotografías al lado del Subcomandante Marcos allá en los Altos de Chiapas. Eran los tiempos de los ideales y las utopías. Hoy es el tiempo de la sumisión a cambio de las recompensas. 

No aguantaron el periodiacazo

Eso sí, nomás vieron que la prensa (su único y real contrapeso) comenzó a ventilar sus excesos, los ministros de la Suprema Corte se echaron para atrás. Entonces sí, Hugo Aguilar salió a decir que ante tal escándalo, sería mejor idea regresar las camionetotas de la discordia al lugar de donde nunca debieron salir. O en su defecto, dárselas a aquellos jueces que, por la naturaleza de su trabajo, corren peligro de sufrir un atentado. La decisión no le gustó a algunos de la 4T que también han sido señalados por sus excesos y despilfarros, como el senador Gerardo Fernández Noroña, quien calificó como un error inconmensurable que los ministros se echaran para atrás en su ambición de estrenar carrito. Y se entiende. Ya que como hemos visto, el “fantástico mundo Noroña” se rige por aquella frase, pronunciada en su momento por el poderoso priista, Carlos Hank González, que afirma que un político pobre es un pobre político. Queda asimism claro que Hugo Aguilar aún carece de esa malicia política que poseen algunos de los paladines de la “transformación”. Porque cualquier otro, digamos algún gobernador o gobernadora, incluso un senador o un diputado, difícilmente habrían renunciado a lo que consideran que les corresponde. Pero esto es sólo el comienzo. A ver cómo se ponen las cosas cuando haya más confianza. Y cinismo. 



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