Causas profundas de la tendencia a procrastinar

“La procrastinación es la ladrona del tiempo”. Edward Young, poeta inglés.

Frecuentemente explicamos nuestra tendencia a procrastinar a partir de una explicación ampliamente difundida que sostiene que las personas postergan tareas porque el beneficio esperado no compensa el esfuerzo requerido. Esta explicación tiene que ver con la percepción de la recompensa a corto plazo frente a la mediana o la larga plazo. Cuando una tarea nos generará un beneficio, pero en un plazo más largo, tenemos menos estímulo para llevarla a cabo.

Sin embargo, esta narrativa resulta incompleta. En la práctica, muchas actividades relevantes, como cumplir una obligación fiscal, iniciar un trámite administrativo o comenzar un proyecto laboral o estudiantil complejo, tienen, evidentemente, un valor objetivo para la persona (ya sea como incentivos de refuerzo negativo o positivo), pero aun así evitamos iniciarlas. El problema no es que no reconozcamos el valor del resultado de realizar las tareas, sino que algo frena nuestra disposición a iniciar la acción. Ello es más frecuente precisamente en tareas que reconocemos como importantes, pero percibimos como incómodas, tediosas o emocionalmente desagradables.

La evidencia reciente muestra que existen causas adicionales, más profundas, derivadas de conductas básicas de nuestro comportamiento.

En el estudio “Motivation under aversive conditions is regulated by a striatopallidal pathway in primates”, de Jung-min N. OH et al, publicado en “Current Biology” y realizado en primates no humanos, se busca entender este fenómeno desde una perspectiva neuroconductual.

En el estudio se distinguen dos procesos de conducta que con frecuencia se confunden: por un lado, la evaluación del valor de un resultado y, por otro, la disposición a iniciar la acción necesaria para alcanzarlo. En los casos en que una tarea combina una recompensa con un costo desagradable, estos procesos pueden desacoplarse de forma sistemática, lo que motiva la procrastinación.

A los sujetos del estudio se les presentaron dos tipos de tareas: una solamente atractiva, en la que todas las opciones conducen a recompensas, y otra de conflicto, en la que para obtener una recompensa se requiere aceptar simultáneamente un castigo leve.

Lo que se destaca en el estudio no es que los sujetos elijan de manera distinta en uno u otro contexto, sino que, incluso cuando siguen valorando correctamente las recompensas, muestran una mayor propensión a no iniciar la tarea cuando se incorpora un componente negativo. La procrastinación aparece como una falla de arranque, no de juicio sobre el resultado final.

El estudio muestra que la conducta de procrastinación no depende del valor esperado del resultado, sino de un circuito específico del cerebro que detecta la presencia de algo negativo y actúa como freno para iniciar la acción. Cuando dicho circuito fue inhibido experimentalmente, los sujetos recuperaron su disposición a comenzar la tarea, sin que cambiaran sus decisiones ni su evaluación de costos y beneficios.

El problema no es que la recompensa “valga menos”, sino que nuestro cerebro eleva el umbral necesario para ponerse en marcha cuando prevé alguna incomodidad o algún factor percibido como negativo.

El estudio muestra que los errores previos que llevan a no iniciar una tarea, interrumpirla o abandonarla aumentan la probabilidad de volver a fallar en el intento siguiente. La procrastinación, entonces, no solo responde a la naturaleza de la tarea, sino que también se autorrefuerza a través de la conducta pasada y de la memoria.

Lo anterior explica por qué las tareas poco placenteras generan espirales de aplazamiento. No se trata simplemente de que no nos guste la tarea, sino de que cada intento fallido deja una huella que incrementa la resistencia a volver a empezar.

Otro elemento del estudio es la distinción entre señales rápidas y lentas en el proceso de motivación para iniciar (y sostener) la tarea. El cerebro detecta con rapidez que una tarea implica conflicto o incomodidad, pero la inhibición de la acción no es inmediata, sino que se produce de manera gradual. Esto explica por qué muchas personas pueden empezar el día con la intención de cumplir una obligación desagradable, pero terminan evitándola conforme avanza el tiempo y se acumulan los abandonos.

Estos hallazgos refuerzan la idea de que la procrastinación no es necesariamente un problema de preferencias o de cálculo defectuoso, sino una respuesta adaptativa ante contextos percibidos como negativos o poco placenteros.

Para combatir la procrastinación, no basta con recordar o visualizar los beneficios futuros; se requiere reducir la carga negativa asociada al primer paso e interrumpir la cadena que refuerza la inacción. En muchos casos, la clave no está en motivarse más, sino en hacer que empezar sea menos costoso y que implique una menor percepción de castigo desde el punto de vista psicológico.

Cortesía de El Economista



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