Cocinan el plato preferido de su desaparecido para recordarlo

Juan David Toro apenas recuerda de manera vaga a su hermana, quien desapareció en 1989, cuando él solo tenía diez años. Sin embargo, cada que hacían frijoles, la mamá la traía a la memoria diciendo: “así era como le gustaban a Salomé”.

FERIA DE SAN FRANCISCO

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Por eso cuando a él le propusieron estar en una especie de performance que buscaba hacer memoria sobre esos seres queridos a los que se llevó la noche y la niebla y que fuera a través de la comida preferida por ellos no dudó en que los frijoles verdes eran lo adecuado para evocar a Salomé Toro Duarte. Y eligió que los adobaría con cebollita y tomate, tal como ella se los pedía a la mamá.

La iniciativa para hacer este tipo de memoria de los sabores partió de Zahara Gómez Lucini, una fotógrafa y artista hispano-argentina nacionalizada en México, quien se ha dedicado por muchos años a documentar la violencia política y social, en especial la que tiene que ver con la desaparición forzada.

Ella cuenta que al ser hija de un argentino exiliado en los tiempos de la dictadura militar y además tener familiares desaparecidos en ese contexto, ese era un tema recurrente en su casa, con el cual creció, y empezó a tenerlo como un tema de interés intelectual desde su paso por la universidad.

Al ver exposiciones sobre este asunto, comenzó a cavilar hasta dónde, por bien intencionados que sean, los artistas que retratan estos tópicos les están dando participación a los personajes, es decir, a las víctimas, y hasta dónde el mensaje pasa solo de un círculo estrecho. Tras llegar a una respuesta negativa, ideó el proyecto de “Recetario para la memoria”, que comprende una parte vivencial con las familias buscadoras de desaparecidos y a partir de ahí se originan además exposiciones, obras de teatro, videos, cancioneros, charlas en universidades y libros para que la reflexión y las enseñanzas se extiendan a un público más amplio.

La primera experiencia al respecto la desarrolló en 2018 con las Rastreadoras del Fuerte, en Sinaloa, y desde entonces han salido dos libros, con 4.000 copias vendidas.

Zahara detalla su descubrimiento de lo importante que resulta la comida en los lazos afectivos, al punto de que en muchas familias dejaron de cocinar recetas desde que perdieron a personas entrañables por el dolor del recuerdo, pero estos actos de memoria y dignificación fueron una buena oportunidad para resignificarlas.

“Todos hemos sido alimentados, como todos hemos sido cuidados en algún momento, y evidentemente el alimento ahí toma un lugar muy especial porque no tiene que ver con el nivel gastronómico del platillo. Mi mamá nunca fue una gran cocinera, pero me acuerdo que entonces salían estas conversaciones y decía, ‘qué loco porque creo que todos tenemos un platillo preferido que tiene que ver con el vínculo’, y entonces para mí el platillo es huevo duro con sardina. Ese para mí es mi mamá”, le explicó a EL COLOMBIANO.

Según ella, ahí radica el éxito que ha tenido el Recetario en los lugares de América Latina donde lo ha puesto en escena, porque obedece a una especie de código universal del cual se ha valido para llevar un mensaje en formatos que resultan originales. “Memoria viva” es un término que emplea con frecuencia para referirse a ese sello de su trabajo.

“Si nosotros, como comunicadores y artistas, hacemos siempre la misma pregunta, siempre vamos a tener la misma respuesta. Cómo se está narrando esta situación, es nuestra responsabilidad”, añadió.

En julio pasado Zahara estuvo en Colombia trabajando con las familias buscadoras de Casa B, en Bogotá, y en Medellín con las Madres de la Candelaria Línea Fundadora, Mujeres Caminando por la Verdad, Casa Diversa, la Mesa de Víctimas y las Buscadoras con Fe y Esperanza, entre otras, a instancias del Museo Casa de la Memoria.

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En total hubo 24 participantes, de las cuales sólo uno, Juan David Toro, era un hombre. Otro aspecto importante es que se abrió el abanico para que no estuvieran solo víctimas de desaparición forzada en el marco del conflicto armado sino allegados a desaparecidos por otros motivos, que de todas maneras sufren un drama fuerte.

El director del Museo Casa de la Memoria, Luis Eduardo Vieco, resalta lo afortunado que fue el encuentro. Aunque en este espacio dedicado a las víctimas del conflicto en la ciudad ya habían hecho algunos ejercicios de cocina orientados a la memoria, la artista aportó una metodología novedosa.

“Ya manejábamos el tema de la “Huerta del arraigo y con un grupo de víctimas nos reunimos en temporadas para contar las historias y las memorias del conflicto armado a través de los alimentos, pero decidimos ampliar el objeto de lo que estábamos realizando con el Recetario para la memoria”, contó Vieco.

La metodología consistió en que una vez hecho el contacto inicial, se programaba la cocinada en la vivienda de cada participante, un ambiente íntimo. El Museo ponía los ingredientes y la gente aportaba la sazón.

Caso aparte fue el de las Buscadoras con Fe y Esperanza, que decidieron que su ejercicio fuera un compartir. Se reunieron nueve en la sede de la Corporación Primavera a hacer las recetas el 16 de julio, para degustar posteriormente los alimentos con el resto de sus compañeras. Hubo 30 personas que empezaron a las 8:30 a.m., disfrutaron del almuerzo con todo y un acto simbólico a la 1:30 p.m., y culminaron a las 4:30 p.m.

Zahara resalta que en cada país se observan menús muy distintos, utensilios diferentes, tiempos de cocción disímiles y formas de compartir el alimento distintos, porque no es por ejemplo igual la forma de congregar de los tacos mexicanos a las sopas colombianas.

Luego de que el fuego hacía lo suyo vinieron las historias, que en últimas es lo que le da el sentido al ejercicio, mientras que profesionales del Museo hicieron la relatoría que es como la materia prima para los productos intelectuales posteriores. Uno es la publicación editorial –el tercer Recetario para la memoria- y otro será una exposición temporal dentro de la sala Fabiolita (creada en honor a Fabiola Lalinde). “Adicionalmente, estamos tratando de hablar con los gestores de la alianza para que esto también repose en los archivos digitales del Museo (página web) y que haga parte de una nueva sala que estamos creando, que es el laboratorio de las memorias, porque entendemos que a veces son temas que se vuelven efímeros, se nos pierde la memoria, y la intención es que todas las personas puedan acceder a estos relatos”, detalló el director del Museo.

Ambos serían presentados dentro del evento Memorias Iberoamericanas, que se celebrará entre el 28 y el 30 de octubre próximo, y se convertirá en una especie de relanzamiento del Museo Casa de la Memoria. Algo que admiró a Zahara, además de la cantidad de caldos que se cuecen en nuestro país, es la unidad que se ha generado en las familias y entre las organizaciones de buscadoras para no desfallecer en una tarea donde es difícil conservar la esperanza y lo más común en otras partes ha sido desfallecer.

RECETAS PARA RECORDAR UNA TRAGEDIA DOBLE

Diana Vergara Gómez cocinó por partida doble, un mondongo y unos fríjoles con pescado, pues quería evocar a dos familiares desaparecidos: su madre y su tío.

María Elizabeth y Jesús Herney Gómez Gómez desaparecieron el 31 de diciembre de 1996 en Cáceres, Bajo Cauca antioqueño. Ella era la propietaria de una mina de oro y él administraba el entable. Un grupo al margen de la ley lo catalogó a él de guerrillero y a ella de colaboradora.

Cuenta Diana que un día llegaron a la casa diciendo que el patrón los estaba necesitando para ofrecerles un trabajo y no volvieron a saber más de ellos. En ese momento Diana tenía 18 años.

Tiempo después, en las audiencias de Justicia y Paz que se realizaron después de la desmovilización de las Auc, los familiares se darían cuenta que ese patrón era Ramiro “Cuco” Vanoy, el jefe del Bloque Mineros.

“Ellos siempre han estado en nuestra memoria, pensamiento y corazón; para nosotros, están de viaje, sin destino y sin fecha de regreso. La esperanza de encontrarlos con vida las perdí hace mucho rato pero guardo la esperanza de encontrar aunque sea los restos”, apunta Diana, que hoy día tiene 3 hijas y un nieto.

Ella cuenta como algo curioso que a ninguno de ellos les gusta el mondongo, un plato que en cambio a su madre le encantaba, por encima incluso del arroz con pollo y el hígado en bistec con patacones.

De hecho, ella no suele hacer mondongo y siempre que se antoja lo busca en la calle. Por eso esta primera vez, el día que lo preparó como un acto de memoria, dispuso que fuera en la casa de Ludivia, su tía materna, quien sí conocía al dedillo la forma de obtener el sabor que hacía extasiar a ese ser que le dio la vida en las pocas ocasiones que permanecía en la casa.

Según la orientó la tía, el secreto era poner arracacha picada en vez de yuca, echar una buena cantidad de aliños, el mondongo finamente picado acompañado de osobuco y en todo caso que no faltare el aguacate, banano y un buen arroz.

Para saber qué le gustaba al tío tuvo que preguntar en el chat familiar y ahí salió la anécdota de que este era muy “estirado, muy mal pobre” porque no le gustaban los frisoles con huevo solo, sino que tenían que estar acompañados además de carne y ojalá por pescado frito.

“Si le servían arroz con frijoles decía que eso no era comida, que estaba incompleta, y le tenían que dar era con carne o especialmente pescado, y como en Cáceres vivíamos a orillas del río, prácticamente no era sino bajar un poquito para comerse el pescado fresco”, dice.

En este caso, Diana estaba más ducha en la forma de preparar la receta, pues como todos en la familia se mueren por los frijoles y no menos por el pescado, ahí radica su deleite dos veces por semana. Esta vez el almuerzo fue mondongo y dieron frijoles en la cena.

HUEVOS CON ORÉGANO PARA FABIO NELSON

Cada que Fabio Nelson Marín estaba triste le pedía a su cuñada, Ilda Osorio, que le preparara huevos con orégano o que le diera un pedazo de pescado, también con orégano. El pepino relleno también le encantaba, quizás porque para él era la evocación de un afecto filial esquivo.

Ilda recuerda que desde que estaban muy niños, los hermanos de su esposo y él mismo (eran once) se volaban de la casa con frecuencia y así fue que Fabio Nelson terminó atrapado por las drogas y la calle.

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Una vez, no recuerda muy bien si en 2004 o 2005, lo tuvieron en la casa una temporada mientas se recuperaba de un tiro en el estómago, pero tal y como había ocurrido otras veces, apenas se estaba aliviando, la embarró y se fue.

Algunas veces Ilda lo buscaba; siempre le llevaba la comida predilecta y una muda de ropa ya que si le daban más, igual vendía las prendas para comprar vicio.

La última vez que lo vio, en diciembre de 2009, estaba en el Bronx, debajo del viaducto del metro. Ilda volvió después de la Navidad y no lo halló; cuando intentó de nuevo en enero, otro morador de las aceras le dijo: “No busque, que a él lo desaparecieron”.

-Después le pregunté por qué y respondió que “porque sí”. Fabio Nelson tenía si acaso 18 años.

“Todos los seres humanos merecemos una cristiana sepultura y que no muramos en el olvido de la familia y de un país”, dice Ilda, que es reconocida por sus dotes de escritora dentro del movimiento de víctimas.

Los huevos que a Fabio Nelson le gustaban se preparaban así, según Ilda: “Se echa mantequilla o manteca de cerdo -no aceite- en un sartén; se deja calentar un poquito, pica el orégano menudito y ahí mismo se vacían los huevos antes de que se vuelva negrito; se revuelve suave para que la yema quede un poco separada y no se deja en el fogón demasiado tiempo, para que queden tiernitos; después se sirven calienticos”.

COCINAR CUANDO LA SAZÓN NO ES LO DE MENOS

Cuando se refiere a la experiencia de recordar a su hermana desaparecida a través de la preparación del plato preferido de ella, Juan David Toro habla en plural y en femenino, por respeto a la perspectiva de género, sabiendo que él fue el único hombre que estuvo como partícipe del “Recetario para la memoria”.

-Varias del colectivo (Buscadoras con Fe y Esperanza) participamos –cuenta.

Salomé tenía 21 años cuando le perdieron el rastro; era 1988 y vivían en el barrio San Pedro Lovaina. Era una época en que grupos paraestatales iniciaron una cruzada de supuesta “limpieza social” contra supuestos drogadictos, prostitutas o personas que ellos creían que le hacían mal a la sociedad, entre las que también cayeron líderes sociales o gente que pensara diferente.

La historia que supo después Juan David, porque estaba muy pequeño entonces, es que Salomé salió del velorio de un hermano al que asesinaron y hasta tuvieron noticia de ella.

Cuando trataron de buscarla, alguien les dijo que la habían matado en San Carlos (Oriente antioqueño) y la arrojaron a un río.

Ya crecido, Juan David se hizo activista en derechos humanos y licenciado en Ciencias Sociales; ahora es candidato a magíster en Educación y Derechos Humanos. Se declara “perverso” para la cocina y en el ejercicio de memoria trató de seguir la receta de los frijoles verdes que le gustaba a Salomé, como se los hacía la mamá, aunque evidentemente no le quedaron igual “porque además debían llevar panela y se me olvidó”.

Él rescata el ejercicio por lo evocador, por lo dignificante y porque además no lo hicieron de forma colectiva en la Corporación Primavera. Hubo tres variedades de frijoles -al gusto de cada desaparecido “memoriado”-, otra hizo tamales; otra, unas arepas con queso, y así sucesivamente; nueve platos en total que degustaron al calor de las historias de las personas a las que estaban dedicados.

OBRAS DE INFRAESTRUCTURA HIDALGO

Cortesía de El Colombiano



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